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El fantasma y el tesoro del Hospital Vidal

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Escuche, doctor”, sentí a mis espaldas. Iba por calle La Rioja entre Quintana y Plácido Martínez. Al voltearme, una señora muy arreglada se acercaba a mí con alguna agitación. 

“Señora, tanto tiempo”, expresé. “Quería hablar con usted - contestó- ¿Me recuerda?”. La verdad es que la conocía, pero no recordaba su nombre. Sin dejarme hablar, siguió: “Soy Paulita, vivía con los Iglesias por calle La Rioja casi frente a su estudio con el dr. Blanco”. Volvieron a mi memoria los grupos que armábamos para comprar libros, novelas  y de otro tipo, con el dr. Blanco, Bubú Artieda, Graciela Gehan Conte, Marito Arqué, Eulogio Sena, Martín Solís, Yiyo Iglesias, Elsa Collantes, entre otros. Luego de leído por todos, se sorteaba la propiedad. Tiempos hermosos, Paulita formaba parte del grupo. 

“Tengo que contarle algo -continuó-. Cuando trabajaba de enfermera en la sala 31 del Hospital Vidal, una vez que los médicos terminaban su recorrido, volvían a la sala contigua y se encontraban con un señor vestido de blanco. Era un médico más, o eso creían ellos. No hablaba con nadie y tampoco le preguntaban. Se suponía que era un profesional, un poco a la antigua, pero médico al fin. Una siesta, ingresé a la sala y estaba el señor, quien con una voz extraña, más de ultratumba que de este tiempo, me dijo: Paulita, veo que sos buena persona, ayudás mucho al prójimo. Te voy a expresar un secreto. En el patio que da al lateral de la sala 31 hay una piedra casi roja. Cuando yo era médico, en los inicios de este nosocomio, me enfermé gravemente, tenía conmigo algunas joyas, estaba solo en este mundo y las enterré debajo de esa piedra. ¿Podés sacarla?”. 

Paulita, blanca como el delantal que llevaba puesto, no podía articular palabra. El médico siguió: “Estoy cansado de cuidarlo, me voy. Y lo que encuentres es tuyo, no hay maldición en ese pequeño tesoro. Como supondrás, me morí hace mucho. Paulita dio un paso hacia atrás y casi cayó de espaldas, pero una silla la aguantó en su descenso. 

El espíritu desapareció. Paulita, comenzó a plantar flores en el patio lateral. Todos la admiraban, por supuesto, utilizaba una azada y una pala. Durante varios meses regaba las plantas, las cuidaba y ya nadie se fijaba en lo que hacía. Iba frecuentemente a la capilla del hospital, que todavía tenía monjas, y rezaba por el alma del médico muerto en servicio. 

Una mañana trajo una bolsa de arpillera con abono (bosta) para la tierra. Fue colocando y como quien no mueve un dedo, levantó la piedra, cavó un poco y encontró una caja quirúrgica de las antiguas, de acero, bastante oxidada. La puso en la bolsa, rellenó el lugar, llevó la bolsa y las herramientas hasta la salida. Volvió a su casa, abrió la caja y para su sorpresa había joyas y bastantes monedas de oro. 

Con alcohol las limpió y mientras estaba en la tarea, la figura de blanco apareció y le expresó: “Con esto te anuncio, cambiará tu vida y serás muy feliz”. Dicho y hecho. Tuvo suerte, se casó, tuvo hijos y vive recordando ese encuentro con el fantasma al cual continúa rezándole. 

Nota del editor

Este relato forma parte del cuento “Algunos que otros tesoros de la ciudad”, que integra el tomo II del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas en Corrientes”. Con la licencia del autor, El Litoral publica aquí el extracto correspondiente al caso del Hospital Vidal. 

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