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Libros y documentos en la pared

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Los libros guardan en sus cuerpos el alma de los escritores, el espíritu de los lectores y todos aquellos que los tuvieron en sus manos por cualquier motivo; son los transmisores de espíritus que se revelan ante quienes los aman y los leen. 

El lector vive lo que otros hace muchos años sintieron y percibieron a través de sus páginas, una marca, una señal, un comentario o un subrayado que van sumando espíritus a los libros. Si le preguntáramos a un libro en dónde estuvo, su respuesta sería muy vaga y anchurosa, vaya uno a saber qué secretos nos cuenta.

Es conocido que muchos autores y libros tuvieron que vivir escondidos según su ubicación en el mapa del mundo, censores e inquisidores de diversos credos, colores o pensamientos resultaban implacables para ellos, lo que motivó al poeta Heine a dejar, en una placa de bronce en la plaza de la Universidad Humboldt en Berlín, su pensamiento que dice apocalípticamente: “Cuando los hombres comienzan quemando libros, terminan quemando seres humanos”, no se equivocaba; ya había ocurrido antes y ocurrió después.

El Contrato Social de Rousseau, presuntamente fue quemado en la plaza mayor, frente a la iglesia de la Merced, durante la invasión paraguaya a Corrientes después de 1810. Durante las dictaduras militares en la Argentina ocurrió lo mismo. Atestiguan los autores de este latrocinio que ven espíritus diferentes a los de sus víctimas humanas, en sus sombrías noches de soledad y miseria en las cárceles; otros con mayor suerte, en sus casas.

Volvamos al camino del cuento o leyenda. 

Refaccionando una casa antigua como la ciudad misma, en la manzana fundadora, por la calle Salta, la misma del antiguo Cabildo, hoy jefatura de policía, se produjo el siguiente episodio. Al iniciar el trabajo de instalación de un calefactor, en la vieja pared que da a una galería, muy cerca del acceso a un antiguo aljibe, la misma cedió ante el asombro de los albañiles; la codicia se dibujó rápido en sus espíritus. 

El encargado y tres de los operarios se llamaron a silencio para hurgar en el fondo de la doble pared que se hallaba perfectamente preparada y revocada en ambos lados. Metieron la mano, palparon buscando algún tesoro oculto, sacaban papeles, libros y cartas, que por supuesto los descartaban entre los escombros. Decepcionados por no haber encontrado oro u otros objetos de valor, me llamaron a que observe su descubrimiento y poder reparar el hueco. Al acercarme, intuí lo que pasó y me reí. 

—¿No encontraron ninguna moneda de oro, por si acaso?— pregunté. 

—No, patrón— gritaron casi al unísono. 

Les respondí: 

—Porque si fuera así, lo llevan de acá, no quiero nada que tenga valor metálico, ni maldiciones encima que vienen con ellas—. 

Ante mi sorpresa, me mostraron la basura que había dentro. Observé con delicada prudencia los veteranos y añosos papeles, libros encimados que sumaban tres, los fui limpiando y acopiando con amor y dulzura. Necesitaba desentrañar los secretos que guardaban, eran pura historia metida entre paredes de barro y ladrillos grandes de otros tiempos, en que la casa brillaba por su importancia y hermosura.

El capataz me soltó una frase lapidaria: 

—Usted juntando porquerías como siempre, doctor—. 

—Sí— respondí como al descuido y llevé mi tesoro a otro espacio.

Los libros conservaban su encuadernación de cuero y estaban bastante deteriorados, sus hojas juntaron alguna humedad con los restos de lo que habrá sido una bolsa de lona.

 Los limpié con cuidado casi acariciándolos, respetando los alientos que contienen, escudriñando los rastros de otros lectores durante su existencia. Me hablaban del alma, de sus autores y de sus lectores anteriores. Antiguos diarios con noticias viejas tanto como su fecha de edición. Sentía y percibía los rastros de manos extrañas halagando sus páginas.

Al atardecer de una noche templada, sentado en la misma habitación donde se exhibía el nuevo calefactor, apilados los libros y otros papeles, me dispuse con finura a leer unas cartas que estaban enlazadas con un cordón de cuero, al límite de su extinción, al que se adosaba un pedazo de cinta de seda roja.

Fui leyendo una a una las epístolas. La letra era el dibujo de un artista lleno de galanura en expresión, se notaba y apreciaba el sortilegio de un amor expresado a su amada, que evidentemente vivía en esta casa donde reposa su espíritu hasta hoy. 

La pasión de esas expresiones quedó sin respuesta, no supe ni pude averiguar si el amor floreció, si formaron familia, vaya uno a saber qué... Quedé con la incógnita del final del relato. Nunca diré sus nombres y apellidos porque es una cuestión entre la entonces señorita y yo. Ese secreto lo guardamos juntos durante poco tiempo. 

Una tarde que tenía que trabajar un sábado, al caer la luz que se extenuaba en el horizonte del oeste para dar paso a la oscuridad que trae secretos ocultos del sol moribundo hacia él sobre el río, escuché que el sillón del salón del estudio se hamacaba, lenta y parsimoniosamente; me pareció oír un arrullo musical inconfundible con mi niñez. 

Siguiendo el rastro romántico del cántico me dirigí hacia el recinto o salón, desde mi despacho observé, ante mi asombro, una silueta femenina que acunaba a un bebé, transparente y brillante a la vez como quien la mecía. Sentada en mi sillón, la presencia etérea me miró con dulzura regalándome una sonrisa como solo mi madre sabía hacerlo. Quedé azorado unos segundos; recuperado del impacto emocional, le agradecí a la aparición con una leve inclinación de cabeza mostrando respeto. De pronto se expandió un profundo olor a azahares y jazmines, brotando de la nada, que me cautivaron de tal manera que quedé impregnado del perfume de quien desde el más allá me obsequió con su visita uno de los regalos más exquisitos que recibí en la vida. 

El perfume es parte de la respuesta al interrogante a las cartas que me intrigaron un tiempo. Todo quedó resuelto. Muchas tardes posteriores el sillón continúa hamacándose sin razón alguna, mueve las cortinas y se escucha el canturreo de una madre. A veces la visito y recibo el mismo trato, devuelvo la gentileza como un antiguo caballero de honor nacido en un barrio periférico, fruto de la educación y el amor de mis padres, con la inclinación de la cabeza, recibo el perfume de obsequio más la gentil sonrisa de mi visitante.

Me olvidaba de contarles que los libros hallados son visitados por sus antiguos lectores o dueños, las apariciones de la dama muestran un niño que crece entre las paredes encantadas del viejo caserón, que supo tener en otros días tejuelas españolas de gran porte y gallardía, con sus antiguas galerías con techos sostenidos por añosas vigas de madera. Es la casa de esas almas buenas que no se acostumbran al más allá.

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