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/Ellitoral.com.ar/ Especiales

“El Gato Moro”, comisario en Concordia

Por Prof. Miguel Ángel R. Villalba

Especial para El Litoral

En su no tan extensa pero agitada vida, Ernesto Eliseo Ezquer Zelaya, el “Gato Moro”, llegó a regentear la comisaría de Concordia, en Entre Ríos. La noticia del incomún nombramiento, según lo cuenta Álvaro Lafuente en “Gato Moro y su tiempo”, le transmitió un amigo suyo, de apellido Álvarez, capitán del 9 de Caballería. 

La orden la habría firmado el mismísimo general Rawson, gratificante sin duda, pero el Gato seguramente prefería —escribe Lafuente— la Jefatura de la “comisaría de Ituzaingó, así mato a todos los colorados…”. 

Eran tiempos de tradicional ojeriza entre hacendados y comisarios, que en parte se explica por el ejercicio del poder y de la autoridad que ambos detentaban o se arrogaban y que en ocasiones chocaban, originando conflictos. Ezquer habla de ese “odio mantenido latente entre liberales y autonomistas” y “comisarios prepotentes y estancieros vengativos” (02) Alude a acciones policiales contra algún mencho empleado del hacendado, que asumiendo el hecho como propio, reacciona. Colocado ahora en el extremo contrario  de la relación, se infiere el orgullo que experimentaría  Ezquer al asumir la Comisaría de la ciudad entrerriana.

Y se viaja. Su fiel chofer y hombre de confianza, el “Moncho” López lo acercaría en automóvil hasta Posadas. Allí abordaría el tren  que desde esa ciudad baja a Buenos Aires. Quizá un alto en Santo Tomé, para ver como andan las cosas en su almacén  “La Lechuza” de ramos generales.

El largo viaje invita a la reflexión. El, un estanciero correntino, nada menos que jefe de policía, y en Entre Ríos, tan luego. Provincia que abrigó agobiantes y conflictivas relaciones  con Corrientes. Urquiza y Echagüe, la masacre de Pago Largo, la inmolación de Berón de Astrada. Y eso apenas de  muestra. “esos porteños si que me la hicieron buena —seguramente pensó Ezquer—. Qué lástima no me traje alguno de mis hombres, el rubio Isidro Zarza, aunque más no sea” .

Ya en destino, el ingreso a la Repartición se formaliza mediante expediente, iniciado en “junio de 1944”. En “profesión” estampa con cuidada caligrafía: “Hacendado”.

Antes de asumir la jefatura, empero, Ezquer habría regresado a Santa Tecla. Ello se desprende de que, como consigna “El Heraldo”, nuestro hombre es puesto en posesión del cargo recién el 18 de julio siguiente. 

El acto es presidido por el comisionado municipal y jefe de policía interino, doctor Andrés Rivara, en ceremonia llevada a cabo ante el personal superior de la jefatura y tropa, funcionarios de la Municipalidad y numeroso público (04) “Acto austero —escribe Lafuente— como correspondía  a las circunstancias, pero con fanfarria de la banda policial, lo que dio emotividad al acto”.

Como se estila, en su condición de flamante Comisario, Ezquer firma en la ocasión su primera resolución, disponiendo la libertad de los detenidos por contravenciones simples, luego departe con los periodistas, oportunidad en que elogia la cultura de los habitantes de la ciudad y su proverbial caballerosidad para con los de afuera.

“Mi propósito es hacer patria y es un orgullo para mi estar en suelo entrerriano —manifiesta— por cuanto es tan hidalgo y tan gaucho como en mi provincia natal Corrientes”. Cayó bien. “Al retirarnos del despacho del nuevo jefe, llevamos la grata impresión de haber departido con un hombre de bien y un cumplido caballero que es al mismo tiempo un talentoso hombre de letras.  Si como escritor raya muy alto en el estilo costumbrista de su libro “Vincha celeste, poncho punzó” —se entusiasma el cronista de El Heraldo— como jefe de policía representa toda una garantía para el orden público del Departamento, dada la sanidad de sus intenciones y el recio temple de su carácter”.

Según Álvaro Lafuente, que reproduce una versión recogida por Miguel Raúl López Breard, “todo estaba bien, hasta que don Ezquer vio (que) en lo que sería su despacho oficial, su oficina, lucía un enorme retrato del general Urquiza. Lo descolgó despaciosamente y en su lugar colocó uno del general Juan Manuel de Rosas y dijo como al descuido: “lo cambio por el de Rosas, porque no traje uno de Berón de Astrada”. Un sugestivo silencio fue la respuesta de los entrerrianos. Los soldados que todavía permanecían formados, rompieron fila y lentamente se retiraron”. 

De inmediato hizo venir desde Ituzaingó a su ahijado, Lisandro Isidoro Fleitas, para acomodarlo entre los efectivos. El  23 de julio se anota el alta de Lisandro en la comisaría, en la función de agente del “Cuerpo de Seguridad”, nombramiento que la comunidad concordiense no consiguió digerir.

El joven desempeñará la función por apenas 8 meses. El 20 de marzo del año siguiente (1945), Ezquer ya no está, solicita licencia por 10 días  y no bien se reintegra, el 3 de abril, viene a pedir la baja del servicio, que se le concede (08). Es que para entonces su padrino ya había movido influencias para “conchabarlo” en la Policía Federal, en la misma Concordia y así sustraerlo de la jurisdicción provincial, como surge de las cartas del Gato Moro, agregadas al libro de Álvaro Lafuente, donde llama cariñosamente a Lisandro de “chirú”.

Relaciones y amistades

Durante el mes escaso de su gestión al frente de la comisaría entrerriana el Gato Moro enhebra varias amistades y gana también, algunas enemistades. Entre los primeros, hizo buenas migas con el presidente del Jockey Club, señor G. Hourcade, quien le invita a pronunciar una conferencia durante ese mes de julio en el local de la institución, “este sí, es una amigo¡” celebra Ezquer. En el ámbito policial, recuerda a  un tal “Quintana Z., (¿Zenón?) un buen amigo, yo mucho lo aprecio por su derechura”, acota.

De su efímera permanencia en la ciudad, trae asimismo a su memoria a “aquellos hermanos, abogados, muy metidos en política (…) creo que eran los Rovira o algo así”.

En sus numerosos viajes a la Capital Federal, de seguido recalaba en Concordia, “de paso aunque sea”, decía, recomendando a su ahijado “y le avisás (de los viajes) a Quintana, siempre que te parezca. Sino, no importa”, agrega enigmático. En otra  ocasión le comenta a Lisandro,  “me andan queriendo mandar de cónsul al Paraguay” (09), agregando con la malicia que le era característica, “contale a Quintana Z.”.    

El número de conocidos se amplia a individuos que acuden a la mente del estanciero cuando ya reside nuevamente en “su” Santa Tecla tales como los apellidados Guevara, Toledo, Requena, según revela en sus cartas al ahijado y le reclama, “contame algo de estos… en qué ticó andan…” y “¿el pistolero Castor Lorenzo?”.

¡El pistolero Lorenzo! ¡El  bandido más buscado en el departamento! Durante  un buen tiempo recordó su captura, cuando lo sorprendiera en aquella vivienda, durmiendo y le colocó la “reglamentaria” en la cabeza. Fue su mayor procedimiento.

El fin

Los días transcurren y la armonía del flamante comisario con la comunidad entrerriana, lentamente se diluye. Comienzan a aparecer nubarrones, en el cielo antes límpido, en la forma de cesantías dispuestas y en la incorporación de algunos paisanos como Fleitas, que producen tormentas hacia el mes de agosto. Los despidos producen malestar y los rumores malintencionados que circulan en la ciudad conmueven a la opinión pública.

El 7 de agosto, Ezquer, como cuadra a su carácter, decide tomar el toro por las astas y convoca a una conferencia de prensa. En ella se refiere que los despidos  y nombramientos responden a órdenes superiores. Afirma que “las cesantías fueron dispuestas por el Poder Ejecutivo y no por mí, como se han hecho circular rumores” y además agrega, “yo no he venido con el propósito de entronizar en la Policía de Concordia a mis comprovincianos, salvo aquellos hombres absolutamente necesarios para el mejor cumplimiento de mi misión”. Luego ameniza: “El personal a mis órdenes puede estar tranquilo por cuanto no se han de producir mas cesantías, siempre y cuando los empleados cumplan con su deber”.

Además, adelanta a la prensa sobre la llegada de un nuevo funcionario. Se trata de Armando Medina, propuesto para el cargo de “Comisario de Órdenes” y agrega en tono irónico: “Hagan constar que este Señor no es correntino, sino que procede de la provincia de Santa Fe, donde ha actuado en la policía de la capital provincial”. La relación de Ezquer con el cuarto poder, indudablemente, había variado notablemente desde su llegada.

Ignoramos si el Gato Moro dictó su mentada conferencia, porque un día de fines de ese mes de agosto, renuncia al cargo de jefe de policía. Apenas ha superado los treinta días en él. La noticia, proveniente de Paraná ocupa los titulares de El Heraldo del 5 de septiembre. “Fue aceptada la renuncia del jefe de policía de Concordia, Sr. Ezquer Zelaya”. Es más, el cotidiano refiere que todas las renuncias aceptadas suman 23, entre ellas (…) “los jefes de policía de Gualeguay, Colón y La Paz” .

El 23 de marzo de 1945 la Sección Defraudaciones y Estafas de la Policía de Entre Ríos inicia el juicio de rigor. El Gato Moro no es la excepción. El Expediente lleva el número 238. Este contencioso, al parecer, se aperturaba rutinariamente a todos los comisarios salientes, toda vez que entre las atribuciones inherentes al cargo figuraba el manejo de dinero y en apreciable cantidad, pago de partidas presupuestarias sueldos, etc. Solicitados antecedentes, Ezquer, prácticamente limpio, registra un  caso. La jefatura de Policía de su Ituzaingó, reporta que el 30 de agosto de 1943 fue puesto a disposición del comisario de esa localidad por una contravención, recuperando la libertad dos días después, el 2 de septiembre, luego de oblar la multa correspondiente.

 El proceso elevado al Juzgado del Crimen tramitó durante gran parte del año 1945. El 17 de octubre de ese año, el juez Uranga informa que “con fecha 6 de septiembre ppdo. ha dictado sobreseimiento definitivo a favor de Ernesto Eliseo Ezquer Zelaya, en la causa que se le siguiera por el delito de malversación de caudales públicos”.

El señor de Santa Tecla recibe la noticia en su estancia. Ese día habrá fiesta, asado a la estaca, acordeón, guitarras y sapukais. Y no faltarán, seguramente, “las muchachas de percal”, como le gustaba decir.  

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