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Ensenadita, un tesoro rebelde

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas

”Las Ensenadas es un lugar extraño y lleno de secretos. En esa zona se establecieron los ejércitos de la Guerra de la Triple Alianza, Guerra Guazú o Guerra Grande, como quieran nombrarla. 

Desde chica, “la Nicanora” escuchaba a su anciano padre hablar de las locuras de la guerra, allá por los años de 1865 en Corrientes contra los paraguayos, que según él, se habían vuelto locos. Corrían los primeros años del siglo XX y la Nicanora, sentada junto al fuego en el que calentaba una pava de hierro negro para mantener la temperatura, que convertía en apetitoso el mate que sorbía con fruición don Cayetano. Vivían en ese lugar de ensueños, en un rancho de barro mezclado con pasto, horcones de quebracho blanco, techo de paja, modesto mobiliario de una mesa demasiado fina para el contorno que don Cayetano encontró al costado del camino cuando se fueron los paraguayos por octubre o noviembre del mismo año 1865, perseguido por las partidas de los correntinos que les pisaban los talones. 

En especial las noches claras y estrelladas desataba la verborragia del anciano, testigo y combatiente de esa época, quien juraba y rejuraba que había visto una numerosa partida de paraguayos internarse en lo que hoy es la laguna Catalá, allí mismo en Ensenadita, carca de lo que hoy es el Campamento de Vialidad Nacional. 

“Mirá, Nicanora -así comenzaba-, los paraguay se metieron con balsas hasta la islita en el medio de la laguna kó y depositaron muchos bultos”. “Sí, papá”, contestaba con la paciencia de la hija, que aprendió que debía escuchar para no irritarlo. “Eran como veinte los paraguay, mandados por un oficial que estaba acompañado de cinco, con hierros en la espalda y en el pecho, con cascos y plumas que salían de su cabeza. Se los veía diferentes porque tenían botas, los otros nikó no tenían ni alpargatas”. “Sí, papá” -decía la Nicanora. “Yo y otros cuatro los observamos contra el viento, para que no nos olieran los rastreadores. Cuando los veinte terminaron su tarea en la islita, unos estaban en la canoa grande como una chata y los otros en tierra. En guaraní le gritaron al jefe que volvían, los de la canoa, como cinco, dispararon sin asco ni piedad alguna a los de a pie. Algunos huyeron y se internaron en la laguna, los yacarés los mataron y el único que logró llegar a la orilla, con una pierna muy lastimada por el ataque de los yacarés, recibió un tiro del oficial que usaba un fusil moderno que nunca había visto. Lo despachó kó a más de sesenta metros. Los de la canoa fueron a ver si estaba bien muerto”. La Nicanora cebaba el mate asintiendo con la cabeza, sabía de memoria la historia, mil veces repetida por don Cayetano. 

“Y lo que son las desdichas y la traición, Nicanora -afirmó el padre-. Los soldados que acompañaban al jefe y que habían quedado en la costa, le ordenaron a los de la canoa que volvieran para irse, en guaraní. Ni bien se aproximaron a la orilla, los acorazados los acribillaron con fusiles como el de su jefe. En vano pedían piedad y rogaban por sus vidas. Gritaban: ¡No era el trato, mi cherubichá! Pero la muerte se los llevó lleno de agujeros, dio vuelta la canoa con los cadáveres adentro y fueron comida de los feroces yacarés que abundaban en la laguna. Los acorazados y su jefe caminaron un buen trecho, mirándose unos a otros con sus armas listas, desconfiándose entre ellos. No los volvimos a ver...” 

La luna iluminaba el patio del rancho, los perros dormían tirados bajo el alero del rancho y seguía el relato: “Nicanora, esa noche parecía más iluminada que otras. Nosotros nos acercamos a ver a esos infelices comida de cocodrilos, que cuando prueban la carne humana se ceban y se ponen bravos.

Imaginábamos cómo llegar a la islita, nuestra canoa era chica y peligrosa, así que debíamos esperar a conseguir una grande o fabricarla. Pero no pasó una semana cuando llegaron los aliados, que ocuparon toda la zona con sus campamentos. 

Mboty ndé juru (cerrá la boca), nos dijimos y juramos respetarnos. Solos no podíamos hacer nada, pero de hablar, ni chito”.

El tiempo corrió, Cayetano se murió, Nicanora creció y tuvo varios hijos, quienes recibieron el mismo cuento que ella escuchó de su padre. A comienzos de la década de 1960, los hijos, ya grandes, probaron suerte con una canoa sin hablar del asunto más que entre ellos y unos pocos amigos. Un policía, un prefecto y los hijos de Nicanora, un grupo como de diez personas. Armados con fusiles, escopetas, machetes, palas y picos, fueron en canoa hacia la islita donde veían luces de noche sin explicación alguna. Asombrados, los supersticiosos decían: Son las almas de los asesinados que no encuentran paz. Tenemos que llevar un cura para que los calme y descansen, mientras sacamos el tesoro. Fueron a hablar con el cura de San Cosme, el que no le esquivó al bulto, porque cuando hay plata, la codicia despierta instintos. Formó parte de la expedición Me olvidé de decirles que el lugar se encuentra en el km 1.025 de la Ruta 12, a 25 kilómetros de la Capital de Corrientes. 

Los expedicionarios no temían por los yacarés, éstos fueron exterminados por los depredadores que vendían su cuero, pero sabían que ello producía el aumento desmedido de palometas y tarariras, que son tan peligrosas como los extintos yacarés. 

La expedición salió con la bendición del cura, que era de la partida. Con un reflector, llegaron a la islita y entre los juncales encallaron la canoa. 

Entre la vegetación observaban unos ojos rojos raros, como los de tigre o león, ¿o pá era lobizón? Sin dudar y protegiéndose, comenzaron a disparar todos a la vez. Balacera digna de una batalla: si algo vivo andaba entre los arbustos, estaba lleno de plomo. La noche se llenó de estruendos, las luces de los ranchos a lo lejos comenzaban a encenderse. Sobre la tierra, algunos restos humanos aún mostraban su terquedad por permanecer en el lugar, monedas de cobre de poco valor quedaban desperdigadas por allí. Bajaron sus herramientas, previo a todo, el cura bendijo el lugar y pidió por las almas de los allí asesinados. Cavaron, encontraron maderas, hierros y una cadena grande que seguía hacia el fondo de la islita, no pudieron extraerla y se extendía hacia lo profundo de la laguna. ¿Pudo haber cambiado de lugar la islita? Porque dicen que a veces ocurre. Pero de golpe, detrás de ellos, varios ojos rojos centelleantes comenzaron a rodearlos. La disparada no se hizo esperar, se caían y se levantaban hasta llegar al bote, huyeron a toda prisa, quedaron las armas, palas y otros enseres. 

El tiroteo despertó la curiosidad de las autoridades que envió una comisión a investigar. A la mañana encontraron los restos que dejaron los expedicionarios. Alguno continuó con la aventura, hasta llevaron buzos de la Prefectura Naval. No pudieron arrancar la cadena, pegada como si fuera atada a un poderoso hierro. 

Lo sorprendente resultó ser que, la mañana soleada que la partida investigaba lo ocurrido, se nubló de repente, un fuerte viento se levantó al instante, se oscureció el lugar y afirman los que fueron que varios ojos rojos y brillantes se les venían encima. Los hijos de la Nicanora, ya fallecida, le cuentan las mismas historias a sus hijos. 

Dos de ellos terminaron internados en el Hospital de Salud Mental de Corrientes, balbucean y expresan incoherencias siempre con el mismo tema, el tesoro y los horribles ojos rojos que los persiguen y no los dejan dormir. 

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