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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Bajar los costos económicos

El dilema no es salarios en pesos-tarifas en dólares, sino bajar los costos económicos a recuperar promoviendo el desarrollo y la inversión y mejorar la tarifa social focalizada en los que la necesitan.

Con esa conclusión, el expresidente de YPF y exsecretario de Energía de la Nación, Daniel Montamat, cerró ayer una clarificante columna de opinión aparecida en Clarín sobre la segmentación tarifaria que la Casa Rosada inventó para barajar y dar de nuevo en materia de subsidios al consumo de energía eléctrica, gas y agua.

La premisa desde la que hay que partir es que se trata de un esquema muy difícil de entender, un bodrio que en forma vertiginosa llevó a todo el mundo a conectarse a un registro para que no llegue a cada casa el fantasma del tarifazo y lograr mantener los subsidios.

Pero al final de ese vértigo resultó ser que el aumento se sentirá igual. Y será tenaz.

Montamat sobrevuela esta nueva aventura del Gobierno con fundamentos que vale la pena leer.

“El populismo energético tiene que ajustar las tarifas de gas y electricidad que tuvo congeladas en medio de un proceso de creciente inflación. El ajuste es inevitable porque los costos de la energía se pagan en las facturas o con subsidios que han aumentado exponencialmente y que se financian con emisión inflacionaria, además de beneficiar más a los ricos que a los pobres. El primer gran engaño de los populistas es hacerle creer a los argentinos que los subsidios son un regalo del cielo a través del ungido de turno. Bajo esa premisa, aumentar las tarifas castiga el bolsillo e incide en el próximo índice de inflación.

Se omite señalar que si no se aumentan las tarifas para que estas recuperen sus costos económicos, deben aumentarse los subsidios y emitir papel pintado (pesos) para financiarlos, lo que cronifica la inflación.

Prueba al canto, con tarifas casi congeladas en estos dos años y medio de gobierno, la inflación siguió aumentando. ¿No habrá tenido algo que ver en esa suba la emisión para financiar subsidios energéticos que este año treparán a los 15.000 millones de dólares?

La anunciada segmentación tarifaria con sus idas y vueltas y con los nuevos límites a los volúmenes consumidos para quienes sigan recibiendo el subsidio, es otro eufemismo para evitar el estigma del “tarifazo”.

Pero como hay que “militar” el ajuste tarifario, nada mejor que instalar otro embuste: no vamos a dejar que salarios en pesos tengan que enfrentar costos de tarifas energéticas en dólares. Lo dijo el Presidente y lo repiten voceros oficialistas. Primero hay que aclararles que el dilema lo han generado ellos mismos con sus políticas macroeconómicas que destruyen la moneda nacional e institucionalizan la inflación como impuesto sobre los pasivos monetarios no remunerados (o mal remunerados) que no es coparticipable.

Si el peso fuera una moneda de curso legal y mantuviera sus propiedades de unidad de cuenta y de reserva de valor la disyuntiva salarios en pesos-tarifas en dólares devendría una cuestión abstracta. Se hablaría de tarifas en pesos y de salarios en pesos.

Ahora bien, si queremos que las tarifas de gas y electricidad recuperen costos con pesos que se devalúan, pagados por salarios en pesos que también se devalúan porque el Gobierno evita un plan de estabilización, entonces los servicios energéticos se van a seguir degradando; faltará gasoil en tiempos de siembra y cosecha, crecerán los cortes eléctricos y su duración en verano, el racionamiento de gas en invierno, importaremos más energía y crecerán los subsidios. Pero hay que indagar la microeconomía sectorial para terminar de desentrañar el dilema.

La canasta energética está compuesta por bienes y servicios. El petróleo y sus productos son bienes transables internacionalmente que cotizan en dólares. Tenemos precios internos divorciados de los internacionales (el petróleo y los principales derivados- nafta y gasoil- se alinean a un precio de barril doméstico promedio administrado de 69 dólares, cuando el Brent de referencia cotiza alrededor de los 100 dólares)”.

Y sintetiza en sus párrafos finales: “Las distorsiones se trasladan a los combustibles que también cotizan alrededor de un 30 % por debajo de sus referencias de importación. Por eso, cuando falta gasoil, nadie quiere importar a pérdida”.

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