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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

A cara de perro

Cuesta retomar la charla cuando le negamos al disenso la oportunidad de ir a la cuestión. El orgullo puede más, pero siempre facilita coincidencias dejar pasar el colectivo para acceder a la razón. 

Actitud que define, la falta de flexibilidad para compartir, utilizado como acostumbrado escudo para anteponer distancia, ya que el acercamiento generalmente compromete para algunas mentes belicosas siempre en busca de algunas “pendejadas” como define el español, cuando no tiene motivo de ser ,y crean intrigas inexplicables que tienen altos costos.

Creo que tomar “el toro por las astas” tan drásticamente, apurando, no dejando pensarlo ni discutirlo, es apresurado. Se justifica todo desde el punto de vista por ordenar un país hecho y rehecho en la corrupción como forma “normal” de vida. Dado el bajo nivel que Argentina ha engrosado los últimos años, una decadencia y una total falta de moralidad, animó los últimos días tan cargado del “todo vale”.

En todos los órdenes hicimos agua. Sin embargo, los beneficiados casi la mayoría, manteniendo siempre a raya a los castigados de todas las gestiones: los pobres que, en definitiva extenuados por tanta postergación; ellos conjuntamente con  los jóvenes, dijeron basta, y aunque siempre son los primeros en caer en todo ajuste, le dieron el 55,69 % de los votos, auténticos mártires de esta prueba  

La medida de shock para poner fin a tanto vandalismo estatal, cumplió con su deber: principio y final. Solos y desposeídos, aguadando el hachazo final, con el miedo natural de ahora cómo sigue la historia del “tira y afloje”.

Nelson Castro en su programa, hablaba de algo que sigue estando ausente, el reconocimiento público de lo mal que han conducido en beneficio propio, y si realmente aprendieron algo de los últimos días de la desvencijada república.

A los recién llegados, a “Cara de perro”, cumplieron con su rol de instalar miedo, ante el desconocimiento hasta dónde llegarían. Pero también, no saliendo del ámbito democrático, predisponiéndose a intercambiar pareceres aunque la mano dura imponga adopciones tendientes a volver a creer en  los buenos gestos, y no en los extremos que de tanto mentirse se volvieron banales, más bien mentirosos.

Los gobiernos fuertes con verdadero sentido de justicia y seguridad, para esta América “desbocada” ha consagrado a Bukele, justamente por asegurarle a los que muchos nos faltan ese equilibrio de quien la hace, la paga.

En una de sus jugosas notas construidas como Secretario de Redacción del Diario “La Nación”, el correntino Jorge Liotti, afirma susurros que siempre llevan algo de verdad: “El riesgoso juego de apostar al límite.”

Comportarnos como país ocupado en sanearnos, porque tampoco hemos sido buenos. Es una buena forma de recomenzar la historia que nos merecemos.

 

Porque como nos recuerda Monsó: “Milei tiene que ser un líder negociador, no nos gobierna un dictador.” Porque a veces en su objetivo de revertir viejas prácticas de vueltos políticos, para lo que no hay que perder tiempo alguno, porque el país no es una alcancía popular.

Y la sorpresa del shock debe tener la contundencia necesaria para que la perplejidad deje grogui del principio, sin olvidar ni aflojar, que se debe escuchar  para mantener a toda costa el equilibrio peligroso con frágil institucionalidad.

Sin apartarnos del tema y teniendo en cuenta que la credibilidad es más que esencial, preguntados los ciudadanos salvadoreños, por qué la amplia preferencia (90%) hacia Bukele. Simplemente, “Bukele nos ha librado de gobernantes corruptos y ladrones.”

La tienen clara, sin olvidar que los consensos se logran escuchando y evaluándolos. Las consecuencias que los cambios siempre producen miedos, más aún si han logrado que sean prolíficos especialmente para esa casta becada y con muchos años en su haber.

Como será que volvieron a repetirse las mismas contingencias frente al Congreso Nacional, con los desmanes propios de la sinrazón como cuando Macri, levantaron todos los mosaicos para convertirlos en proyectiles de la Plaza de los Dos Congresos, cuando sumaron generosamente 14 toneladas que luego debemos pagarlo entre todos los giles mansos.

Tal vez exista una razón de “a cara de perro” que, por si las dudas, persuadidos a lo que nos lleva “hablar al cohete”, ponemos actitud de pocos amigos, temerosos, en guardia para lo que haya que suceder.

Pero no olvidemos los errores y desigualdad a que nos ha llevado repetir que somos un país federal, cuando existe una disparidad del poder central con las provincias, en que las ventajas las celebra siempre la “Reina del Plata” en detrimento de la República ávida y casi siempre con déficits promovidos por una discriminación tan variada y difícil de suplir.

Son como los planes, con el desconocimiento sí se cumplen o no con la prestación, o simplemente hacemos vista como una diligencia más. Quedan murmullos muchas veces con verdades acalladas por sus inconvenientes.

Se ha decidido no volver a caer en más de lo mismo, y para ello aunque doloroso, se trata de cortar el paso a aquellos que aún sienten “morriña” por ese descontrol que a los argentinos siempre nos liberó de compromisos.

Toda dura prueba tiene su costo. Pero no por ello que la palabra calle su evidencia. Acaso volverá nuevamente la credibilidad como consecuencia de actos positivos. Sería bueno reencontrarnos, pero reconociendo más allá de colores y nombres que son historia, la verdad del otro y antes que ello evaluando la propia.

Por ahora, poner “cara de perro” es una actitud natural de desconfianza, que las personas optamos siempre al principio de algo, hasta que se depongan las conductas beligerantes, autoritarias, no abiertas ni menos predispuestas.

Conocernos. Escucharnos. Proponernos. Dando razón a quienes las tienen. Tener la grandeza de expresar las virtudes del otro como prueba de sagrada hermandad.

Comportarnos como país ocupado en sanearnos, porque tampoco hemos sido buenos. Es una buena forma de recomenzar la historia que nos merecemos.

Reconstruirnos porque a cada rato lo fortuito te sorprende. Teniendo en cuenta las palabras proféticas de Rubén Blades: “La vida te da sorpresas. Sorpresas, te da la vida.”

Aunque en cada sorpresa se nos va la vida.

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