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Sarmiento en la Catedral de Corrientes

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas” de Moglia Ediciones.

La tarde caía tranquila en la ciudad de Corrientes, el calor quemaba la piel a la sombra, el sol achicharraba en uno de esos días de enero que sabemos tener los correntinos, allí estaban firmes esperando al cura Santajuliana, doña Rita y doña Raquel, amigas de la señora Lilí de Carballo, encargada de custodiar y mantener a la Virgen del Rosario que es venerada en el templo. 

Rita y Raquel se preguntaban: “¿Para qué nos habrá convocado con éste calor el padre Santajuliana, tan temprano y con el calor que hace?” Lilí las miraba con curiosidad, pero también tenía sus reservas, no era un horario habitual para este tipo de reuniones y menos en el templo, aunque conocía que el clérigo no estaba muy bien de salud (mental agrego yo). Cuando apareció en las oficinas que están a la derecha del edificio lateral oeste hacia San Lorenzo, venía apresurado y nervioso, mirando a las tres mujeres sus colaboradoras, entre otras dijo sin retaceo alguno: “¿Alguna de ustedes vio a un hombre gordo, vestido con traje y chaleco paseando por la galería de entrada a la iglesia?”

Rita que era la más ingenua contestó al instante: “Yo lo suelo ver, va y viene, como hablando sólo y no ingresa al recinto, se pasea luego se dirige a estas oficinas”. Raquel agregó: “parece un hombre nervioso, no saluda a nadie, es como si no existieran las personas que lo rodean, especialmente al anochecer, es muy raro”. Lilí la más ilustrada de las tres y de mayor jerarquía eclesial adicionó: 

“Se parece al hombre del Billiken -revista de gran difusión en épocas pasadas-, expresa palabras ininteligibles, yo le pregunté si necesitaba algo, hizo un gesto con la mano marchando hacia el lugar donde estamos nosotros y desapareció”. 

El sacerdote se refregaba las manos con evidente nerviosismo. Haciendo un gesto con la mano cortó la conversación para manifestar: “De eso se trata el tema de la reunión, ustedes saben bien que en este lugar ocurren cosas 

extrañas, inexplicables para la razón humana, tenemos prueba de ello, pero esto es otra cosa. Este hombre es un espectro”. Las mujeres se persignaron al instante, llevándose las manos a la boca como protección. El cura continuó: “llamé a un sacerdote exorcista amigo de San Cosme para que observara de qué se trataba, vino el sábado pasado acompañado de otro arandú de la zona, no sé quién es. Estos dos abordaron al espíritu ambulante de manera de ayudarlo a pasar al otro plano, no lo lograron, el fantasma de Sarmiento o una parte de su alma quedó pegado a las amplias columnas del recinto religioso”. 

Continuó el padre Santajuliana relatando, que el hombre anciano dijo algunas palabras en guaraní, eso enfureció más al espectro, en suma, los mandó a freír papas. 

Lilí, mujer ilustrada como profesora de manualidades, porque no pudo ingresar a la escuela Normal de Corrientes por dos razones. La primera porque era hija natural de un español de ojos azules, don Manuel Gómez; la segunda, su madre Naíana era afrodescendiente, lo que no impidió que siguiera ilustrándose impulsada por sus padres. A fin de aclarar la presencia de ese espíritu comenzó dando una lección de historia, añadiendo: “Cuando Sarmiento murió en el Paraguay un buque de guerra de la Marina Argentina condujo sus restos por el río Paraguay desde Asunción, ingresando al Paraná, el joven gobernador correntino Juan Ramón Vidal a instancias de las maestras normales correntinas y norteamericanas, apoyadas por las poderosas Augusta y Constante Unión Nº 23 de Corrientes de la Masonería Argentina, dispuso que se le rindiera homenaje al ex presidente en agradecimiento por la instalación del Colegio Nacional creado por Mitre y la Escuela Normal de Maestros anexa al Nacional. La oposición de los católicos fue dura, pero el gobernador impuso su voluntad apelando a su esposa, maestra ella y al Partido Autonomista al cual pertenecía el difunto. Así es que arribado al puerto, sus restos fueron bajados para luego ser subidos a una cureña arrastrada por caballos, lentamente el cortejo se dirigió por la calle La Rioja hasta 9 de Julio, allí tomó hasta la calle San Lorenzo y la Catedral; los curas y sus adeptos permitieron sólo su ingreso en el atrio, o sea el patio delantero hablando en criollo; uno más flexible dijo algunas palabras mientras los demás mascullaban entre dientes serpientes y demonios. Mayor ofensa aún fue que diez mil o más personas con banderas rojas en mástiles y tacuaras custodiaran el trayecto del muerto célebre, que trajo a éstas tierras nada menos que escuelas públicas, gratuitas y laicas, cuando el analfabetismo rondaba en el ochenta y nueve por ciento 

en el país, fruto de la colonia de vergonzosa herencia; precisamente éste gobernador creó más escuelas en Corrientes que todos los que lo precedieron y los que lo sucedieron. El odio clerical flotaba en el aire y el liberal en las paredes. El mismo recorrido lo llevó de vuelta al puerto. Al pasar por Corrientes siendo presidente de la Nación Faustino Valentín Sarmiento, alias Domingo, gobernaba Pampín, liberal, quien hizo formar a los alumnos en Punta San Sebastián para cuando el buque del Presidente pasara le hicieran pito catalán, una ofensa y agravio grave. 

Lejos de enojarse, el presidente conociendo a su contrincante expresó: “En todas partes del mundo las campanas suenan Pin / Pam, en Corrientes suenan Pam/Pín”. 

En resumen, recibió el homenaje del pueblo agradecido y el vituperio del clero duro del siglo XIX. Eran épocas en que los católicos fueron despojados de la enseñanza, el registro civil de las personas, los cementerios, etc. 

Recibían una buena tunda de progreso y avance social que colocaba al país dentro de los primeros del mundo. 

Además, durante el trayecto los liberales a lo largo armaron jaleo, hubo duelos a cuchillos y armas de fuego, no fue pacífica la cosa.

Todos escucharon con atención el relato de Lilí. 

El clérigo fiel a sus principios negó importancia a la historia. 

Dio por terminada la reunión recomendando privacidad con el tema tratado. 

El problema era que no eran los únicos testigos de la presencia del hombre extraño en el atrio de la iglesia, muchos fieles preguntaban quién era ese señor iracundo que gesticulaba en el lugar. 

La señora de Durand, cuyo título fue firmado por una maestra norteamericana en Corrientes de cuya catolicidad nadie duda, se entrevistó con el sacerdote, acompañada de algunas amigas; el mismo estaba muy desmejorado, afirmaba que veía al hombre en ciertas noches gesticulando contra él, que no dormía bien. Pacientemente la mujer expresó que traería una nigromante muy católica, para ver si podía hacer algo, a lo que el sacerdote se opuso terminantemente. Añadió amenazas de excomunión. 

Pero la buena mujer acudió con una señora de bastón puño de plata, la que una tarde serena en que la iglesia estaba cerrada se sentó en una silleta plegable esperando al espectro, de pronto la mujer se levantó y se dirigió hacia el lugar donde se refugiaba el fantasma de Sarmiento, emergió de las paredes como si fuera un duende, pura energía que escapara del cajón cuando lo abrieron en el puerto y no se desprendió del cuerpo. 

Ella en un exquisito castellano se dirigió al espectro explicándole que “en Corrientes algunos le tienen veneración, otros lo odian hasta ahora, eso no se puede cambiar”, en referencia a los sacerdotes de ahora que no fueron culpables de su desdicha, eran otros tiempos, así que debía marcharse al otro plano y buscar a los verdaderos culpables y perseguirlos. 

El espectro de Sarmiento habló desde el infinito desconocido, con voz de ultratumba expresando: “éste cura es descendiente de esos malévolos, piensa igual que ellos, es poco digno de un sacerdote que debería predicar el amor…” La mujer calmó al ilustre prócer dándole muchas razones, entre ellas que los descendientes no tienen que pagar la culpa de sus ascendientes, que sus obras son muy leídas, que el día de su fallecimiento en Argentina se festeja al Maestro, etc. 

Parece que acertó en la plática, el fantasma prometió no molestar con la misma intensidad, pero que no le impidan de vez en cuando darse una vueltita para agradecer a todo ese pueblo que lo acompañó con el cortejo de banderas rojas, y presentarse de vez en cuando a los que le arrojaron injurias y calumnias durante el mismo trayecto, incluyendo los que se apostaron tras la clerecía. 

Con esas palabras culminó la conversación de la nigromante y el fantasma. 

La señora de Durand y la dama que la acompañaba se fueron, lentamente caminaba la mujer del bastón por el esfuerzo realizado cumpliendo su cometido. 

Diversas personas afirman que suelen ver al espíritu dirigirse al lugar donde descansan los restos de Genaro Berón de Astrada, en el patio de la iglesia, fundador de 

la Augusta y Constante Unión 23 de la Masonería en Corrientes en 1834 como dice don Federico. “Claro entre masones se entienden”, dijo alguien al pasar disparando de miedo. 

Desde ese día el sacerdote no tuvo más en su haber la presencia del espíritu, otros seguramente lo siguieron, porque terminó matándose de un disparo en la boca con una escopeta en su dormitorio de la Catedral de Corrientes. 

La desgracia tiñó de tristezas a algunos, otras indiferencias, son muchos los espíritus que deambulan por la Catedral correntina, escenario de alegrías o fruto de tristezas e injusticias 

Cuenta Lilí que estaba orando en muchas tardes como era habitual, cuando escuchaba que el viento traía la voz del inframundo que decía: “Todo va a cambiar, todo va a cambiar”. La pobre murió sin ver las grandes transformaciones sociales y culturales que vaticinaba el Maestro de Maestros. 

 

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