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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

¡QUÉ BOQUITA!

Soy socio del Club de la Libertad de Corrientes, entidad que cumplió diez años de vida y que tuvo el lunes como invitado de honor al presidente de la Nación, Javier Milei.

¿Soy liberal libertario? No, en realidad lo que me une al espacio son mis ideas sobre la democracia liberal, de la que soy ferviente partidario.

Encontré en el Club, un espacio amplio de debate de ideas, casi el único tanque de pensamiento que permite las diferencias en un marco de respeto. Un oasis, diría, en un país casi desértico de tolerancia y pluralidad.

Sus directivos son, valga la reiteración de términos, verdaderos “tanques” de trabajo, con actividades casi diarias, dónde el pensamiento es el denominador común.

Apenas salidos de imprenta, una parte de mis obras recién editadas estuvieron siempre destinadas al Club, una necesidad propia para distinguir a quiénes trabajan por las ideas. Alberto Medina Méndez, su presidente, allá por 2018 prologó mi tercer libro: “Crítica de la Razón Idiota”.

Por razones particulares, no estuve presente en la conferencia de Milei. La aprecié por los medios. Y es la razón de esta nota.

No se trata de juzgar las ideas expuestas por el presidente, menos aún las medidas que adopta en función de gobierno. Eso lo hago semanalmente en mi columna de los domingos.

Sin embargo, no puedo dejar de sorprenderme por el grado de violencia verbal que ejerce el primer mandatario cuando habla sobre los que no comulgan ideológica o institucionalmente con su gestión.

Desde la descalificación personal hacia personas de relevancia, como Ricardo López Murphy, al que trata de “traidor, liberal disfrazado, una verdadera basura”, o el desprecio hacia instituciones republicanas, como el Congreso, al que califica de “nido de ratas”, ni que decir de los legisladores, que para el presidente “son una mierda, soretes”.

Es más, en la profundización de su enajenación libertaria, le asigna al estado el carácter de “organización criminal violenta”, y, suma y sigue.

No puedo dejar de advertir que los insultos, destratos, descalificaciones, “puteadas”, a todo lo que no se adapte al modelo oficialista, no vienen de los tribuneros del aplauso fácil, sino de la máxima autoridad de la nación: el presidente.

Si tanto tiempo sufrimos la “grieta” y al sector político que la generó, tengo la seguridad que la violencia verbal pronunciada por quién debería trabajar para desterrarla, apenas es la primera estación no sólo para una nueva grieta, sino para la intolerancia subsecuente.

El presidente continúa con un alto índice de popularidad, goza del aplauso fácil de sus seguidores, ya sea que diga algo serio o que insulte casi impunemente. Es el comienzo del sistema autocrático que tanto aborrecimos del kirchnerismo.

No fue un buen día el del lunes, lo digo con pesar por mis amigos del Club de la Libertad. La demagogia estuvo presente, los cantos de sirena en el oído del poderoso, también.

Sólo ruego que el Club de la Libertad siga siendo lo que fue siempre, un hogar para las ideas, y no se convierta en un comité libertario.

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