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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Vértigo

No hay respiro. Estamos dando batalla  en todos los frentes. Ni con dron tenemos un panorama claro. Lo que sabemos, si queremos cambio de paradigma en la política y en la administración de lo ajeno, aniquilarlos. 

Será porque mi generación fue influida mayoritariamente por el cine. Será porque  los libros de célebres novelas, conformaban por entonces un lugar primordial junto a la almohada.

Pero muchas de las cosas que leíamos o veíamos, por la brillante imaginación que la lectura y el cine despertaron en nosotros, repetían tener síntomas como los fabrica el hipocondríaco sin estar enfermo.

Como la acrofobia, o trastorno de la ansiedad relacionado con el miedo a las alturas, tan común que alguna vez lo experimentamos o asistimos a lo que es capaz de detenernos, plantarnos por temor a avanzar, quedar impávidos a la suerte de nuestro pánico.

Algo de eso ocurrió con el personaje del inspector policial Jhon “Sottie” Ferguson, cuyo protagonista lo interpretó James Stewart, con un elenco de lujo: Kim Novack, Bárbara Bel Geddes, y la dirección del inglés Alfred Hitchcocks, en su película “Vértigo” en el año 1958.

Miedo a las alturas puede ser auto referencial de lo que nos sucede sin ir hasta Hollywood. Basta encender la radio. Ver televisión. Leer diarios. O, simplemente mirar los precios, para que el temor nos paralice de verdad.

Es como si un vahído rompiera de pronto nuestra verticalidad, haciendo imposible avanzar, porque lo vertiginoso de todo se adelanta a los propios hechos, que suben de gravedad más que una pleamar.

Lo vertiginoso se ha tornado un peligro permanente de quedar fuera de lugar, o perdernos otras de las tantas calamidades que bolsillo ni tarjetas pueden con tanto atrevimiento; es como andar por las alturas sin cinturón de seguridad.

Sabemos que el sacrificio que se ha sellado para que el cambio sea real, no intentos vanos, tibios, sino arriesgando nuestro propio y desvalido presupuesto, lo que le da mucho más valor de jugado compromiso. 

Que el vértigo no nos paralice. Que sea un envión con todas las fuerzas, para que cambiemos de una vez, tantas “vivezas” acumuladas. 

Es una espera con angustia y sacrificio en cuero propio dado por quienes estamos debajo de toda previsión, lo que permite valorar que aún existe criterio y sentido común para erradicar la corrupción de raíz que tantos años abrevó “pan y circo”.

Pero no podemos negar cuánta gente ha vuelto a caminar-por paros de transporte- para asistir a sus trabajos, escuelas, obligaciones personales, para colmos no contábamos con que la ciudad no es la de otrora, ahora las distancias se han multiplicado, ya nada queda “a la vuelta de la esquina”.

Les cuento lo que experimento personalmente, una desazón por una lucha bastante veterana, y que justo cuando se obtiene un cambio de orientación, apelando a los valores perdidos, el agotamiento es tal que avanzar cuesta más de la cuenta.

Nada tiene razón de ser. Los cambios son tan diversos y desalmados, que el vértigo me paraliza. Las diferencias económicas nos han dividido haciendo más notorias las distancias, quedando más abajo los muchos, mientras los menos siguen haciendo colas para obtener una mesa en algún restaurant porque las preocupaciones de unos y de otros no se parecen ni tienen que ver.

Cada cual vive como puede. Nos han cambiado de estilo de vida: menos lectura porque el papel con inteligencia sale caro. A patacón porque el pasaje ha subido hasta el cielo, o están con medidas de fuerza sin importar  quienes realmente trabajan o estudian.

Ver con angustia cómo abuelos, pasan de largo las farmacias porque medicarse es suprimir otras urgencias. Lo que me preocupa es el silencio aparente. La docilidad. Hasta cuándo la carrera en ascenso de los precios a toda marcha empinada, porque llegará un momento en que nos digan el valor real de las cosas, porque ya el bolsillo sin estar agujereado pero vaciado, empezaremos por el trueque como en el principio. 

Con la chispa argentina y la buena cara ante las “inclemencias y las alturas de un vértigo agudo”, algunos títulos, dichos, comentarios, citas, dicen verdades.

El periodista Joaquín Morales Solá, se pregunta: “Milei pone a prueba la paciencia social.” O, la cita de Voltaire: “La política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria.”

Nadie duda de que se ha hecho y se hace todo lo posible por un cambio definitivo porque así lo ha creído soberanamente la mayoría, pero “el parto” resulta largo y doloroso.

Cómo son las cosas cuando la espera desmesurada agota el tiempo, si hace apenas unos meses desde el 10 de Diciembre, empezaron con la liquidación de muchas cosas que durante años formaron generaciones amañadas y hermanadas por el poder y la política.

Los grandes países para levantarse pusieron en valor “sudor y lágrimas” a través del trabajo denodado, del sacrificio personal, del esfuerzo común, todos tirando para el mismo lado.

Los cambios generan cambios en el proceder mismo de cada tarea. Nada es suficiente si queremos volver a ser parte de lo bueno que supimos ser. Pero ser diferentes para mejor es lo correcto.

Permitirnos “caminar” aunque con vértigo, acostumbrarnos a no perder el equilibrio ni el sentido de las cosas. Pero que no sea como cuando la pandemia, retomar el valor de la palabra, no decir una cosa inclusive prohibir y quien lo dice no hace lo que pregona.

Que el vértigo no nos paralice. Que sea un envión con todas las fuerzas, para que cambiemos de una vez, tantas “vivezas” acumuladas. 

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