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El golpe no es sólo a Evo, es a una forma de entender la política

Por Julio Sotelo  
Parlamentario del Mercosur por el Chaco
Especial para El Litoral

Tras casi cuatro décadas de iniciados los procesos de recuperación democrática en Latinoamérica, hoy asistimos a la inquietante certeza en Bolivia se produjo, a todas luces, un golpe de Estado.
Las acciones contra Evo Morales califican como golpe por el posicionamiento militar. Más allá de su renuncia, ocurrida para evitar un derramamiento de sangre aún más grave, la intervención tanto de las fuerzas armadas -a través del retiro de su apoyo al presidente- como el amotinamiento de la policía boliviana definen a este proceso como un golpe.
Esta distinción permite trazar una línea clara entre el golpe en Bolivia y los numerosos ejemplos de renuncia anticipada de un presidente acorralado por manifestaciones populares. 
Asimismo, la avanzada gradual de los acontecimientos, primero con el amotinamiento policial y luego con la exigencia de las FFAA de renuncia, hacen pensar en una acción estratégicamente planificada. 
Ya no hablamos de “golpes blandos”, como en los casos de Fernando Lugo en Paraguay, con un juicio político exprés sin defensa, Dilma Rouseff, con el escandaloso impeachment sin delito o la detención, hace casi 10 años, de un Manuel Zelaya arrestado por el Ejército hondureño por orden de la Corte Suprema. Estamos frente a un regreso del militarismo en la región.
Se termina, abrupta e irregularmente, un gobierno que durante trece años propició el empoderamiento histórico de los pueblos indígenas, y que permitió a Bolivia convertirse en el país más desarrollado de la región, con índices de calidad de vida nunca antes vistos para el hermano país.
“Estamos dejando a Bolivia con soberanía e independencia de Estado (...) con dignidad e identidad del pueblo boliviano, con muchas conquistas sociales universalizadas”, dijo Evo en su discurso de dimisión. Con su primer mandato, en enero de 2006, se convirtió en el primer presidente indígena en un país con más del 60% de población originaria, y a dos meses de asumir el cargo, promulgó la ley de convocatoria a Asamblea Constituyente que permitió la creación de la nueva Constitución de Bolivia y el Estado Plurinacional.
Bolivia iniciaba así el período de mayor crecimiento económico de su historia, reconocido por entidades como el Banco Mundial, el FMI y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). 
Los datos de desarrollo socioeconómico no dejan dudas. El gobierno de Evo Morales significó un antes y un después para los bolivianos. Reducción de la pobreza, alfabetización y desarrollo económico a través de la nacionalización de los hidrocarburos en el marco de una patria plurinacional, convirtieron a los 13 años de gobierno de Morales en un proceso bisagra para la historia latinoamericana.
El producto interno bruto creció 327% y llegó a 44.885 millones de dólares en 2018. En el último informe del FMI, Bolivia resultó la economía con el mayor crecimiento económico a finales de este año con una proyección de 3,9 por ciento. En 2005 Bolivia era el segundo país con mayor nivel de deuda externa con el 52 por ciento del PIB. Para 2018, se convirtió en el séptimo país menos endeudado de Latinoamérica, con 24 por ciento de deuda.
Pero ese crecimiento no fue sólo económico, sino que incluyó a las grandes mayorías, postergadas durante siglos. La nacionalización de los hidrocarburos aumentó los ingresos de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (Ypfb). En 2005, la empresa percibió alrededor de 600 millones de dólares; mientras, en 2018 superó los 2.200 millones de dólares.
También se redujeron los índices de analfabetismo del 13% al 2,4%, convirtiéndose en un ejemplo para Latinoamérica. Algo similar ocurrió con la pobreza moderada, que alcanzaba el 60% y bajó al 34%, y la pobreza extrema, que pasó de un 38% a un 15%, al tiempo que se redujo la brecha de desigualdad económica medida por el coeficiente de Gini, de 0,6 a 0,4 según la Cepal.
Hoy Bolivia, tristemente, suma un nuevo hito a su historia de interrupciones en su vida democrática. Ningún otro país latinoamericano sufrió tantos golpes en su institucionalidad. Eso, contando la historia moderna y sin considerar los siglos de colonialismo sobre su cultura, sus tierras, pero sobre todo, sus recursos naturales. 
El golpe no es sólo a Evo. El golpe es a una forma de entender la vida y la política, no ya como un modelo para unos pocos, sino como un espacio para las amplias mayorías y la felicidad de los más postergados. Es por ello que hoy más que nunca resulta indispensable refundar y defender las democracias latinoamericanas y su Estado de Derecho.

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El golpe no es sólo a Evo, es a una forma de entender la política

Por Julio Sotelo  
Parlamentario del Mercosur por el Chaco
Especial para El Litoral

Tras casi cuatro décadas de iniciados los procesos de recuperación democrática en Latinoamérica, hoy asistimos a la inquietante certeza en Bolivia se produjo, a todas luces, un golpe de Estado.
Las acciones contra Evo Morales califican como golpe por el posicionamiento militar. Más allá de su renuncia, ocurrida para evitar un derramamiento de sangre aún más grave, la intervención tanto de las fuerzas armadas -a través del retiro de su apoyo al presidente- como el amotinamiento de la policía boliviana definen a este proceso como un golpe.
Esta distinción permite trazar una línea clara entre el golpe en Bolivia y los numerosos ejemplos de renuncia anticipada de un presidente acorralado por manifestaciones populares. 
Asimismo, la avanzada gradual de los acontecimientos, primero con el amotinamiento policial y luego con la exigencia de las FFAA de renuncia, hacen pensar en una acción estratégicamente planificada. 
Ya no hablamos de “golpes blandos”, como en los casos de Fernando Lugo en Paraguay, con un juicio político exprés sin defensa, Dilma Rouseff, con el escandaloso impeachment sin delito o la detención, hace casi 10 años, de un Manuel Zelaya arrestado por el Ejército hondureño por orden de la Corte Suprema. Estamos frente a un regreso del militarismo en la región.
Se termina, abrupta e irregularmente, un gobierno que durante trece años propició el empoderamiento histórico de los pueblos indígenas, y que permitió a Bolivia convertirse en el país más desarrollado de la región, con índices de calidad de vida nunca antes vistos para el hermano país.
“Estamos dejando a Bolivia con soberanía e independencia de Estado (...) con dignidad e identidad del pueblo boliviano, con muchas conquistas sociales universalizadas”, dijo Evo en su discurso de dimisión. Con su primer mandato, en enero de 2006, se convirtió en el primer presidente indígena en un país con más del 60% de población originaria, y a dos meses de asumir el cargo, promulgó la ley de convocatoria a Asamblea Constituyente que permitió la creación de la nueva Constitución de Bolivia y el Estado Plurinacional.
Bolivia iniciaba así el período de mayor crecimiento económico de su historia, reconocido por entidades como el Banco Mundial, el FMI y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). 
Los datos de desarrollo socioeconómico no dejan dudas. El gobierno de Evo Morales significó un antes y un después para los bolivianos. Reducción de la pobreza, alfabetización y desarrollo económico a través de la nacionalización de los hidrocarburos en el marco de una patria plurinacional, convirtieron a los 13 años de gobierno de Morales en un proceso bisagra para la historia latinoamericana.
El producto interno bruto creció 327% y llegó a 44.885 millones de dólares en 2018. En el último informe del FMI, Bolivia resultó la economía con el mayor crecimiento económico a finales de este año con una proyección de 3,9 por ciento. En 2005 Bolivia era el segundo país con mayor nivel de deuda externa con el 52 por ciento del PIB. Para 2018, se convirtió en el séptimo país menos endeudado de Latinoamérica, con 24 por ciento de deuda.
Pero ese crecimiento no fue sólo económico, sino que incluyó a las grandes mayorías, postergadas durante siglos. La nacionalización de los hidrocarburos aumentó los ingresos de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (Ypfb). En 2005, la empresa percibió alrededor de 600 millones de dólares; mientras, en 2018 superó los 2.200 millones de dólares.
También se redujeron los índices de analfabetismo del 13% al 2,4%, convirtiéndose en un ejemplo para Latinoamérica. Algo similar ocurrió con la pobreza moderada, que alcanzaba el 60% y bajó al 34%, y la pobreza extrema, que pasó de un 38% a un 15%, al tiempo que se redujo la brecha de desigualdad económica medida por el coeficiente de Gini, de 0,6 a 0,4 según la Cepal.
Hoy Bolivia, tristemente, suma un nuevo hito a su historia de interrupciones en su vida democrática. Ningún otro país latinoamericano sufrió tantos golpes en su institucionalidad. Eso, contando la historia moderna y sin considerar los siglos de colonialismo sobre su cultura, sus tierras, pero sobre todo, sus recursos naturales. 
El golpe no es sólo a Evo. El golpe es a una forma de entender la vida y la política, no ya como un modelo para unos pocos, sino como un espacio para las amplias mayorías y la felicidad de los más postergados. Es por ello que hoy más que nunca resulta indispensable refundar y defender las democracias latinoamericanas y su Estado de Derecho.