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El placebo de las buenas intenciones

Esta nación es difícil de entender y mucho más aún de explicar. Tal vez valga la pena ahondar un poco en el diagnóstico, ya que las argumentaciones simplistas no alcanzan para comprender acabadamente lo que viene sucediendo. 

Por Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez

Un viejo refrán lo explicita con contundencia. La mejor de las versiones sostiene que “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”, recordando que los propósitos valiosos no son suficientes y que sin obras concretas que lo avalen nada virtuoso puede suceder.

Lo innegable es que muchos sueñan con actos de magia. Pronuncian altisonantes alegatos repletos de invocaciones a la justicia y al humanismo, mientras plantean la necesidad imperiosa de ejecutar todo tipo de políticas públicas que vayan en esa dirección. Sin embargo, apoyan mecanismos que han fracasado sistemáticamente aquí y en todo el planeta.

Es difícil entender cómo se pueden repetir tantas ineficaces fórmulas sin tomar nota de la irrefutable evidencia acerca de cómo, esas mismas decisiones, han tropezado en miles de ocasiones tanto en la historia propia como en la ajena.

La tradicional justificación a la que se apela consiste en fustigar a los protagonistas del pasado sin reconocer que el problema de fondo es la visión general de esas teorías y no precisamente un circunstancial yerro de sus interlocutores.

Pocas veces recalan en las nefastas derivaciones que han traído consigo esas disposiciones y tampoco hacen una profunda autocrítica sobre las catástrofes que sobrevinieron como producto de esos inútiles esquemas.

Claro que la sociedad quiere progresar y es obvio que lo quiere recorrer con armonía, pero es central comprender que ciertas normativas, pese a sus declamadas metas, no obtienen resultados positivos desencadenando además daños colaterales impensables.

Es muy fácil observar cuáles han sido los factores que han permitido a decenas de países ir por la senda victoriosa. No hay que ser un científico ni un experto para identificar la nómina de transformaciones que finalmente permitieron encontrar el verdadero sendero del desarrollo sustentable.

Algunos necios utilizan el antiguo recurso defensivo buscándole defectos a cada estrategia aplicada por esas naciones mientras que otros, mucho más temerarios, apalancan sus opiniones recurriendo a argumentaciones étnicas, históricas o culturales. En ningún caso ponen en duda sus afirmaciones. Prefieren cerrar los ojos, criticando aristas secundarias antes que admitir que sus miradas sesgadas no tienen ningún asidero que corrobore sus presunciones. Las medidas siempre pueden ser incompletas y hasta es probable que algunas consecuencias negativas aparezcan en ese devenir. Es que la perfección no forma parte de la esencia humana y pretender excelencia en estos asuntos es no dimensionar cómo funciona el mundo. Lo paradójico es que quienes patrocinan esas delirantes políticas no pueden exhibir casos de éxito como referencia. Ninguna nación ha derrotado a la pobreza multiplicando programas sociales por citar un ejemplo clásico. Las comunidades que han crecido vigorosamente lo lograron promoviendo el trabajo, fomentando la generación de riqueza, construyendo un clima amigable con los negocios, atrayendo capitales extranjeros y permitiendo un generoso despliegue de innovación, creatividad e iniciativa privada.

Aquí, se hace todo lo contrario. Se combate al empresariado, se inventan ridículas trabas, se persigue a los pequeños emprendedores y la voracidad fiscal no encuentra techo, mientras los gobiernos emiten sin descaro.

No conforme con desplegar este arsenal, los mismos que implementan atrocidades tienen la arrogancia de acusar a los demás de no hacer lo que deben. Evidentemente no solo no han entendido nada, sino que además tienen un cinismo a prueba de todo.

Va siendo tiempo de dejar de lado las excusas. No es un pecado sostener ideas equivocadas, pero es de tozudos seguir insistiendo con discursos vacíos. La incesante búsqueda de la verdad es la única clave. Nadie nace sabiendo, pero es una elección individual y, por lo tanto, también colectiva, abrazar consignas erróneas sin cuestionárselas en momento alguno.

La especie ha evolucionado no por estar exenta de cometer errores, sino por su enorme capacidad para aprender de sus tropiezos, corregir rumbos y ensayar nuevas variantes. La honestidad intelectual de asumir los fallos es vital para progresar en cualquier orden. La terquedad no es buena consejera para quienes pretenden encontrar la mejor versión de sí mismos.

Los recurrentes controles de precios, los gravámenes impagables, los planes sociales eternos, las regulaciones que fascinan a los burócratas, un Estado elefantiásico que nunca retrocede y políticos mediocres que sólo saben endeudarse, emitir dinero artificial y dilapidar lo de todos, no crearán jamás las reglas de juego ideales que inviten a la inversión y al ahorro.

Si nadie invierte, no habrá trabajo ni producción, tampoco florecerá la riqueza, ni llegará el crecimiento y entonces el desarrollo continuará siendo la gran asignatura pendiente. Con estas políticas solo se puede esperar más pobreza y una agónica destrucción económica, moral y social que expulse del país a los mejores y condene a la sociedad a transitar indefinidamente por su propio pantano.

Mientras no se revisen las ideas imperantes y una parte de la sociedad se conforme con este placebo de aferrarse a sus principios recitando ese conjunto de buenas intenciones, el camino del despegue no podrá asomarse y se reiterarán las frustraciones.

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