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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Vaca... yendo (bien) la vacuna

La importancia de la vacuna. Dos hermanos, uno con y el otro sin vacuna contra la viruela, demostración gráfica. La viruela fue declarada erradicada en 1980 por la Organización Mundial de la Salud.

Por Emilio Zola

Especial

Para El Litoral

Fiebre, dolor de cabeza, cansancio, hinchazón de la zona donde fue aplicada, infecciones cutáneas, infección pulmonar incluso hasta llegar a la neumonía, inflamación de los vasos sanguíneos, hinchazón del cerebro y médula, infecciones en los huesos y articulaciones.

Los descriptos son síntomas y dolencias ocasionadas por una vacuna, pero no por la fórmula creada para combatir la pandemia de covid-19, sino que forman parte de las contraindicaciones previstas para la preparación diseñada por el japonés Michiaki Takahashi que desde hace décadas se inocula a millones de niños en el mundo a fin de conjurar la varicela. 

A pesar de su pavorosa lista de efectos colaterales, la vacuna contra la varicela se encuentra autorizada masivamente desde 1995 y forma parte del calendario oficial de Argentina por una razón muy simple: las comunidades confían en sus sistemas democráticos a partir de la premisa de que si un organismo como la Organización Mundial de la Salud aprueba cierto suero sanitario, será porque el beneficio que depara su utilización es infinitamente más alto que los riesgos que pueda aparejar.

Entonces, ¿qué sucede con la vacuna Sputnik V del Instituto Gamaleya? Por algún motivo la denominada vacuna rusa quedó entrampada en la grieta que divide ideológicamente al país y ha sido blanco de una insistente ola crítica que (sin fundamentos técnicos) pone en duda su eficacia, al mismo tiempo que aventa fantasmas acerca de la supuesta peligrosidad de su composición.

Las razones de la estigmatización de la única fórmula anticovid a la que hasta ahora pudo acceder el Gobierno argentino tienen que ver con la conducta críptica del Kremlin, que aún 31 años después de la caída del Muro de Berlín conserva guisas reminiscentes de la Guerra Fría. Como alguna vez se dijo en esta misma columna, de la Nación donde ocurrieron la tragedia de Chernobyl, el hundimiento del Kursk y el envenenamiento del líder opositor Navalny, llegó una poción desconocida para ser inyectada en los brazos de miles de médicos y enfermeros sin que se enunciaran claramente sus virtudes.

Claro que el hermetismo de Moscú, con antecedentes de ocultamiento constante de toda información científica o tecnológica, no contribuyó al prestigio de la Sputnik V sino todo lo contrario. Pero eso no fue todo: la Casa Rosada hizo lo suyo con una estrategia de comunicación equivocada que al principio buscó narrar el arribo de las primeras dosis con la épica de un Mundial de Fútbol, relato de Víctor Hugo incluido, y luego cayó en la cuenta de que “los queridos abuelos” tan citados en la escala de prioridades estaban excluidos del lote de beneficiarios por el hecho de que la mixtura en cuestión aún no había sido habilitada para mayores de 60 años, según admitió el mismísimo Vladimir Putin en conferencia de prensa.

Los disparates comunicacionales del presidente Alberto Fernández y su equipo sembraron tantas dudas en torno de la confiabilidad de la vacuna que, para miles de argentinos, el cargamento inmunizante traído por aquel vuelo de Aerolíneas Argentinas dejó de ser una esperanza para trocar en símbolo de improvisación gubernamental. Todo en un marco de descrédito general provocado por la interna palaciega con las huestes cristinistas, el descontrol en la concentración de personas en lugares turísticos y una nueva escalada inflacionaria a caballo de la suba constante de los combustibles.

Blanco sobre negro, el problema con la vacuna Sputnik (como sucede con muchas otras cuestiones de Estado) fue la incapacidad oficial para transmitir confianza a la comunidad. Para el grueso de la ciudadanía la llegada de una solución definitiva a la tragedia global de la peste quiróptera debía ser un motivo de sosiego generalizado, pero las vacilaciones oficiales y los incumplidos anuncios grandilocuentes sobre otras alternativas como la ofrecida por Astra Zéneca (cuyo principio activo se elabora en cierto laboratorio conurbanense de Garín) y la de Pfizer, cuyos ensayos preliminares se habían llevado a cabo en suelo nacional, embarraron el terreno hasta ahondar el clima de confusión que no pocos opositores aprovecharon para mellar todavía más la imagen albertista.

A favor del inyectable producido por el Instituyo Gamaleya hay que admitir una verdad incontestable: a esta altura de enero se aplicaron más de 40.000 dosis sin que nadie experimentara los desquiciados pronósticos sobre hilarantes metamorfosis marxistas/leninistas. Mucho menos se han conocido consecuencias graves en las personas que accedieron a inocularse, con lo cual la vacuna rusa comenzó a ganar en los últimos días una legitimidad fáctica que no proviene del esfuerzo gubernamental por defenderla sino de los datos de una realidad que muestra al personal sanitario recibiendo pinchazos de buen talante.

Quizás el principal aporte que pudo haber hecho el presidente Fernández para redimirse de tanto equívoco fue darse la vacuna ni bien la Anmat avaló su empleo en sexagenarios. En este punto, resultó clave la actitud constructiva y transversal adoptada en su momento por el gobernador de Corrientes, Gustavo Valdés, uno de los primeros referentes importantes de Cambiemos en recibir la disolución moscovita, gesto con el que buscó marcar el camino en pos de la desideologización de la cruzada contra el Sars-Cov-2.

Valdés se desmarcó así de los discursos apocalípticos como el que ejercitó hace una semana la referente de la Coalición Cívica Elisa Carrió, quien redujo la campaña de vacunación a un mero “negocio de Cristina Kirchner con los rusos”. La teoría del complot se ramificó rápidamente y llegó al mundo de la cultura y la farándula de la mano de exponentes apreciados como es el caso del actor Damián De Santo, quien opinó en la misma línea de una publicación reciente del diario norteamericano The Wall Street Journal, al advertir que “nos están usando como conejillos de Indias”.

Del otro lado de la grieta, cuando pocos lo esperaban, apareció el exministro y exsecretario de Salud macrista, Adolfo Rubinstein, quien aseguró que en caso de ser incluido en las listas de potenciales receptores aceptaría aplicarse la vacuna Sputnik V. “Hay que dejar de discutir sobre la vacuna y dársela”, declaró el principal especialista en salud pública de Cambiemos en una reciente entrevista concedida al periodista Ernesto Tenembaum.

De allí que la posición asumida por el gobernador correntino haya adquirido un valor intrínseco cuyos frutos podrían cosecharse en unos meses, cuando el proceso vacunatorio alcance ritmo masivo y comprenda a los docentes pertenecientes a grupos de riesgo, en coincidencia con el esperado regreso a las clases presenciales que Valdés tiene en carpeta para principios de marzo.

Después de todo, rusas, norteamericanas o chinas, las vacunas están basadas en particiones vivas o muertas del microbio al que vienen a combatir. Esa esencia fundacional del preparado preventivo, creado hace dos siglos por el científico británico Edward Jenner, permanece inalterable en razón de que permite al cuerpo humano generar anticuerpos sin necesidad de enfermarse.

Jenner lo demostró al concebir la primera fórmula contra la viruela, mal endémico que, anualmente, mataba un quinto de la población infantil británica entre los siglos XVIII y XIX. Lo hizo al inyectar el compuesto obtenido luego de infectar una vaca con la viruela humana. El resultado fue un escudo inmunitario que erradicó decenas de enfermedades estragadoras. Con el correr de los años, Louis Pasteur lo certificó al declarar públicamente que al aporte de Jenner era tan gravitante a nivel planetario que su invento debía llevar un nombre que remitiera al origen de sus experimentos: “vacuna”, en razón de que el investigador inglés utilizó como primer compuesto el derivado viral de una vaca.

A esta altura de los tiempos y en virtud de la emergencia sanitaria que mantiene de rodillas al mundo entero, contradecir a Jenner y Pasteur con afiebradas elucubraciones conspirativas equivale a militar la ignorancia.

 

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