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Breves apuntes de la poesía paraguaya (I)

Estos apuntes sobre la poesía paraguaya que iremos ofreciendo a nuestros lectores no pretenden de ningún modo realizar una breve historia de la misma ni cubrir todas las vertientes poéticas ni mucho menos mencionar o comentar a todos los poetas que han forjado, acaso casi secretamente, la poesía del país hermano.
Josefina Pla

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

Paraguay es una isla rodeada de tierra” ha dicho alguna vez Augusto Roa Bastos para señalar una realidad sociocultural de este país tan caro a los correntinos ya que los ríos no separan los vínculos ancestrales. Recordemos que el Paraguay no ha logrado recuperarse del todo de las dos grandes contiendas bélicas que ha tenido que soportar. Una a mediados  del siglo XIX, la llamada Guerra de la Triple Alianza (contra Brasil, Argentina y Uruguay) que prácticamente diezmó a la población masculina; y la segunda, casi a  mitad del siglo XX, contra Bolivia (guerra del Chaco); a las cuales debemos sumar la larga y sangrienta dictadura Stroessner. 

No obstante, una vez más el arte nos enseña que resiste y se resiste a la genuflexión. Prueba de ello es la existencia  de poetas y narradores que escribieron su obra aun ante malos vientos en exilios interiores o en el exterior. La trascendencia de estas obras radican en la profundidad de su mensaje  y no en si han trascendido las fronteras del país, aunque muchas de estas obras sí lo han hecho.

Para los guaraníes “palabra” y “alma” tenían un mismo significado. Quienes buscaban y lograban pronunciar palabras (ñeé) adornadas, a partir de las “bellas palabras primeras”, estaban más cerca de Dios (Ñamandú). Dentro de sus creencias, la palabra constituía el elemento re-ligador, el fundamento de una cosmogonía particularmente rica. Todo guaraní era esencialmente un poeta de la selva. Basta con nombrar a ese monumento de la etnología americana: “Ayvu rapita, textos míticos de los Mbyá-Guaraní del Guairá”, recopilado por León Cadogan, para ejemplificar la belleza de la antigua poesía guaraní.

En el campo de la poesía destacan nombres como Herib Campos Cervera (1905- 1953) quien coloca -según Walter Weys- la literatura paraguaya en el ritmo universal; le sigue la incansable Josefina Pla (1909), que aunque nacida en Canarias, desarrolló en el Paraguay su reconocida trayectoria artística, donde impulsó y renovó el panorama cultural compaginando creación (poesía y narrativa), investigación y enseñanza. Su poesía, basada en la rica tradición española, es siempre un canto a su tiempo desde la individualidad: “Carne transida, opaco ventanal de tristeza/ agua que huye del cielo en perpetuo temblor/ vaso que no ha sabido colmarse de pureza/ ni abrirse ancho a los negros raudales del horror”. Da continuidad a esta lírica Elvio Romero (1926- 2004), el  poeta que más influyó en las generaciones posteriores y también el más conocido en el exterior. Vivió largos años de exilio en Buenos Aires (“ha sido larga la noche”) donde desarrolló casi toda su obra, aunque nunca dejó de cantarle al Paraguay en favor de los más necesitados: “Era un tren con banderas/ El Paraguay entero cabría en sus vagones, su violencia y su encendida música/ cabrían sus silencios/ y su desamparado destino, el afán soterrado de libertad/ su cruz y sus crucifixiones/ la madera olorosa de sus montes cerrados/ su profunda y amarga masticación de muerte”. Romero  se hermanó con colegas latinoamericanos como Miguel Ángel Asturias y en España con León Felipe y  Rafael Alberti, quien le dedicara en 1948 el siguiente poema que define certeramente su personalidad: “Casi recién nacida/ lumbre madura y fuerte/ sabes más de la muerte/ quizás que de la vida/ Y tu nombre aromado/ huele más que a romero/ a pólvora, a reguero/ de cuerpo ensangrentado”. Le siguen, entre otras voces: Rubén Barreiro Saguier (1930) poeta y crítico  radicado en París desde hace varias décadas, premio Casa de América 1973; Reneé Ferrer (1944), que conjuga los elementos de la naturaleza con lo efímero la existencia humana: “Con la impúdica tentación de ser montaña/ acantilado me quedé/ casi al ras del agobio de tu vientre apagado/  Desheredado del pasto azul de las estrellas/ Mordido enteramente por las flores del mar”; Víctor Casartelli (1943) y su constante viaje al pasado a través de la transparencia del tiempo; y Susy Delgado (1949), que ha publicado varios poemarios en guaraní como Tataypýpe (Junto al fuego) en el que aparece en insistentes cuadros la evocación de una forma de vida amenazada por el olvido, en tonos silenciosos resuena el alma de un pueblo postergado.

En ediciones posteriores nos ocuparemos de algunos de estos poetas.

¡Salud, poesía y libaciones!

MUESTRARIO MÍNIMO

 

Déjame ser

Deja llevarme mi última aventura.

Déjame ser mi propio testimonio,

y dar fe de mi propia

desmemoria.

Déjame diseñar mi último rostro,

apretar en mi oído los pasos de la lluvia

borrándome el adiós definitivo.

Déjame naufragar asida

a un paisaje, una nube,

al vuelo humilde de un gorrión,

a un brote renaciente,

o siquiera al relámpago

que abra en dos mi último cielo.

Sujétame los brazos.

engrilla mis tobillos,

empareda mis párpados.

Pero tatuada una flor en la pupila,

crucificada un alba debajo de la frente,

acurrucado un beso en la raíz de la lengua,

déjame ser mi propio testimonio.

Josefina Pla

 

***

Testimonio

I

No sé: yo no podría nombrarlos de otro modo

que enterrando en las venas sedientas de la pólvora

sus simples iniciales de símbolos caídos.

Este que está a mi lado, redimido de luces,

palpando espesos muros de abrumados silencios;

o aquel en cuyos párpados

se demoró el relámpago del plomo,

no fueron al estrago, no acudieron al riesgo

mortal, ni al alto duelo

contra el nivel pesado del agua traicionada;

no se echaron de bruces detrás de la pequeña

frontera de sus huesos

para vestir de mármoles y nubes

la fragorosa arcilla combatiente

de su dulce estatura.

No serviría de nada labrarles una máscara

a quienes desde siempre

nacieron y habitaron entre chispas de piedra.

No. Eran otros los rumbos que imantaban los pasos

de estos inaccesibles guerrilleros del alba.

No fueron al encuentro de una selva de bronce;

no buscaron metales solemnes, no quisieron

anchas investiduras, ni charangas, ni cantos.

Simplemente

bajaron a morir para dejarnos

otro tiempo más limpio y otra tierra más clara;

algún laurel más alto y un aire más sencillo;

otra categoría de nubes y otra forma

de dar un aposento, de nombrar una cosa;

o acaso otra manera de abrir una ventana

para llamar al Día del Hombre Venidero.

¿Cómo escribir siquiera la cifra que llevaron

sin lastimar el polvo de sus nombres?

No puedo hablar de lágrimas

frente a esta primavera de espigas derrumbadas,

porque ellas no besaron las márgenes del llanto

en esos días inmensos en que el rayo buscaba

nada más que la talla del Hombre para herirla.

Si hoy nosotros estamos de pie sobre este cieno,

es porque el firme fuego de todo aquel calvario

trabajó los cimientos de este cieno.

Si mañana tocamos la espada del rocío,

es porque ellos tendieron un puente hasta el acero

y nos dieron su trigo, sus hondos minerales

y el Norte y la medida del camino.

Herib Campos Cervera

 

***

El sombrador caído

(Alberto Candia, una Luz asesinada

por orden de la Sombra).

I

Desde un límite fúnebre nos mira,

desde la niebla inquebrantable y húmeda,

desde un sitio de rotas rosas negras

donde el rosal devora escalofríos,

desde el silencio, desde el fondo

de una casa desierta, sin nada, sólo con sombra y

polvo,

sin nada, sólo con la humedad que le muerde los

huesos.

La tierra lo recibe;

mas no como una gota exterminada, como hojarasca

que a solas cae sin recuerdo alguno, sino como un

mayúsculo

símbolo de la patria violentada;

que lo han metido allí, que lo han clavado

en un cajón a nuestro suelo amargo,

a Alberto, al Hombre,

que andaba con su inmenso amor a cuestas

y a la sombra del pueblo caminaba.

Creció sobre una tierra verdadera.

Su acento era el acento de los ríos, hondura

de un remanso profundo y majestuoso;

su palabra era el pan de los humildes,

y todo él, raíz entre raíces,

piedra de los caminos, gleba y pueblo.

Rumor del pueblo, suma de su hombría.

Pulso de su grandeza y su silencio.

Elvio Romero

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