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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Para qué sirven los políticos

Por Emilio Zola

Especial Para El Litoral

Qué mueve a los políticos a proyectarse por los extremos hasta el fondo del campo rival para buscar ese premio mayor llamado poder? Un poco de todo, ambición, vocación social, apetito competitivo y hay que decirlo: una mezcla de intereses personales, sectoriales y colectivos de la que habrá de surgir nada menos que el modelo administrador elegido por las naciones democráticas para ser guiadas hacia el crecimiento.

La experiencia de una elección general no es otra cosa que el instante cenital del sistema que el mundo civilizado abrazó en un sostenido proceso de consolidación institucional que, desde el prisma de las comparaciones, representa una evolución histórica sorprendente. En el año 1900 menos de 10 naciones designaban a sus representantes mediante el voto secreto, con lo cual queda claro que la ceremonia eleccionaria es mucho más que un acto de pronunciamiento cívico. Es, sin exagerar, una de las mayores conquistas sociales en pos de la autodeterminación de los pueblos.

Una pregunta para hacerse en este punto es gracias a quiénes se alcanzaron los estándares actuales de participación, basados en el concepto de igualdad política según el cual el voto de un pobre vale lo mismo que el voto de un rico. Hay varias respuestas, pero una de ellas resulta inobjetable: las revoluciones sociales, emancipadoras e independentistas que tuvieron lugar en el siglo XIX, los partidos políticos que maduraron en el siglo XX, y quienes consagraron sus vidas a tales organizaciones han sido protagonistas esenciales en las reivindicaciones que hoy son parte de la normalidad, pero que en el pasado costaron sangre. La sindicalización, los derechos civiles y el voto de la mujer, sin ir más lejos.

Los políticos lo hicieron. Fueron patriotas, militares, pensadores, intelectuales y líderes. Algunos fueron brillantes, otros no tanto; los hubo conservadores y también liberales. Pero esencialmente, los impulsores de las transformaciones que cambiaron al mundo con el advenimiento de las monarquías constitucionales y las repúblicas fueron cultores de las artes políticas. Y la estirpe de referentes que hoy conduce los destinos de países, estados y comarcas, lo hace legitimada por el sufragio soberano en tanto heredera directa de aquellos precursores de la civilidad moderna.

¿Por qué esta columna de actualidad ahonda en la retrospectiva? Porque se aproximan las elecciones y no está de más un ejercicio de valoración del rol que les cabrá a los políticos en las contiendas por venir. Vituperados, desprestigiados, blancos de la crítica simplista y generalizadoramente injusta de “son todos chorros”, los y las dirigentes que hacen política, desde las bases que mantienen lazos de contención con la periferia hasta los más encumbrados cargos, resultan fundamentales para que el resto de los ciudadanos pueda desenvolverse en un contexto de paz social, seguridad pública y garantías institucionales.

Más allá de las preferencias y las inclinaciones ideológicas de votantes y votados, la construcción de una alternativa que resulte convincente para los miembros de una comunidad es un trabajo intenso, constante y desgastante. Llegar al comicio con un proyecto que conjugue los anhelos más diversos de la sociedad constituye literalmente una proeza estratégica en razón de la infinidad de variables que un espacio político debe condensar en su propuesta para ganarse la confianza del electorado. 

Vamos a los ejemplos terrenales. Hace tres días la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner pronunció un discurso propio de su estilo inverecundo. Cargó contra la oposición, objetó a los medios y de pronto mencionó a un cantante de trap que resultó ser una celebridad en las plataformas digitales, dado su éxito arrollador en el mundo del streaming. El artista es un chico de 21 años llamado L-Gante, cuya historia de carencias, violencia, drogas derivó en una oportunidad que llegó a sus manos en 2014, cuando accedió a una netbook del programa Conectar Igualdad.

Con más de 170 millones de reproducciones en Youtube, el hit “LganteRKT” convirtió a Elián Valenzuela (su nombre real) en uno de los cantantes más famosos del freestyle a escala planetaria, un trovador del siglo XXI, exponente de su origen marginal, un barrio vulnerable de la localidad bonaerense de General Rodríguez, en el corazón del oeste conurbanense, allí donde sobreviven miles de jóvenes golpeados por una realidad ultrajante.

¿Qué hubiera sido de Elián si los políticos de turno no se hubieran fijado la meta de inundar de computadoras las villas de emergencia? Para el modelo asistencialista que condujo Cristina, la movilidad social iba de la mano de las herramientas que debía generar el Estado para enfocar su mirada en los sectores más desfavorecidos. El caso de L-Gante, como el de miles de adolescentes que de otro modo jamás hubieran tenido su propio ordenador, exhibe resultados claramente edificantes.

CFK llegó al poder por el voto popular. Con esa legitimidad tomó medidas que produjeron efectos positivos y de los otros, hasta que, azotada por denuncias de corrupción, hubo de marcharse por la misma vía democrática. ¿Cómo pudo la sociedad argentina, allá por 2015, desembarazarse del kirchnerismo cuando su receta dejó de convencer? Gracias a que otro político llamado Mauricio Macri articuló un plan para derrotarlo y logró la adhesión masiva en elecciones libres. 

Así de simple, la democracia funciona porque hombres y mujeres enrolados en la actividad política producen alternativas en una constante dimanación de ideas y proyectos, pero también de artilugios y tretas. La meta es llegar o mantenerse en el poder, pero con la certeza de que para alcanzar el objetivo sus pautas de gestión deberán aportar soluciones de coyuntura y perspectivas de progreso. De otro modo, tarde o temprano, el veredicto plebiscitario de la gente los quitará del medio.

En Corrientes pasó lo mismo. En diciembre de 2001 llegó al sillón de Ferré un político hirsuto que aplicó un torniquete al gasto público y ordenó los números hasta garantizar un ritmo salarial tan tranquilizador como previsible. Conquistó así la paz social, tan esquiva en los años 90. Para conseguirlo, afrontó el desamparo nacional con reservas anticíclicas, mantuvo la certidumbre económica pese al fenómeno inflacionario y superó tormentas internas hasta legar el mando a otro de su mismo palo. Siempre con el respaldo mayoritario de la sociedad.

El poder se transfirió de Ricardo Colombi a Gustavo Valdés con la naturalidad de los procesos de recambio generacional que también prevé la democracia, al imponer limitaciones constitucionales para la reelección. Hasta que un día, de buenas a primeras, sobrevino la hecatombe viral, la diseminación relámpago de un asesino invisible, los contagios a escala planetaria y la acción de un gobierno provincial que frenó el embate con decisiones trepidantes pero eficaces. Citemos dos: el inmediato bloqueo del puente General Belgrano y la presteza anticipadora en el armado del cuartel general anticovid, al que todos conocemos como Hospital de Campaña.

¿Cuántas vidas se salvaron gracias a los médicos y enfermeros entrenados para la guerra bacteriológica que se sigue librando en el complejo sanitario de Artigas y Ferré? Sin dudas que miles. ¿Quién aprontó las medidas para lograrlo? Un político elegido por los correntinos conforme los mecanismos concebidos por la antigua doctrina ateniense que hace 2.700 años unió demos y kratos.

Los políticos, con todos sus errores, son el recurso humano indispensable para la pulsión democrática. Aun menoscabados por el desencanto de los disconformes, están programados para persistir en su obsesión por el poder. Por eso, no tienen más alternativa que continuar devanándose los sesos para buscar la forma de persuadir a las mayorías. Y a veces, en medio de tantas elucubraciones, se mueven con destreza maradoniana para marcar goles de media cancha como eso de rescatar pibes del lumpenaje o salvar vidas en una pandemia.

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