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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Un prócer de la década ganada

La pérdida de parámetros éticos es la semilla de la disolución social. Los vítores a un ex vicepresidente condenado por delitos de corrupción, invitado a participar de un acto realizado en un lugar público, el Salón Azul del Senado, es la bofetada a la sociedad que le faltaba dar al poder.

Por Jorge Eduardo Simonetti

jorgesimonetti.com

Especial para El Litoral

“El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente”

Manuel Belgrano

Amado Boudou recibió una ovación en el Senado días atrás. “Momento histórico” se escuchó por parlante en el Salón Azul del Congreso, cuando el ex vicepresidente ingresaba al recinto.

 No se equivocaba la presidenta de la Federación de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans, Flavia Massenzio, locutora a la sazón,  al calificar la presencia de Boudou en el recinto como de “momento histórico”. Un delincuente que sea homenajeado en el recinto público de las leyes, no es cosa de todos los días.

Aclamado por la muchedumbre, Amado se sentía amado, vitoreado, reivindicado. Una especie de ave fénix que resurge de sus cenizas de forajido, reconvertido en héroe nacional.

En el escenario no hubo actores sino protagonistas, en las sillas tampoco comunes plateístas sino fanáticos. Es decir, no fue una representación ficcionada sino una reedición nostálgica de un tiempo negro, con convencidos participantes de las bondades de ese tiempo.

 Pero el momento no tenía nada de histórico, o por lo menos de la historia que hace grande a los pueblos, pertenecía al libro negro de los desatinos, de esos que se cometen en ciertos momentos del largo recorrido de un país y que son aplaudidos por una masa delirante, casi enajenada.

Si el hecho no fuera la traducción de los disvalores que se intentan inculcar desde el poder en la Argentina del siglo XXI, la cuestión pasaría por una anécdota, un hecho cuasi policial.

Pero no, es un paradigma epocal, el calificativo de “delincuente amigo”. Lo principal, el sustantivo, es la denominación de “amigo”. Lo de “delincuente” es mera adjetivación accesoria, que sigue la suerte de lo principal. Debería ser, entonces, “amigo delincuente”.

Y no utilizamos la palabra “delincuente” con irrespeto al principio de inocencia, o de modo simplemente referencial y periodístico. Boudou está condenado a 5 años y 10 meses de prisión, por delitos de corrupción, con sentencia firme y definitiva.

En el mismo recinto dónde se condecoraron o reconocieron a personalidades destacadas, el star rock tuvo su alfombra roja. Es que, ahora, el lugar está regenteado por su compinche, Cristina Kirchner.

¿Su mérito? Haber ideado la privatización de las Afjp, que le dio a Néstor Kirchner una fenomenal caja pública con plata fresca. Así se convirtió en vicepresidente de la Nación. Su condena por quedarse con Ciccone y la máquina de fabricar billetes fue sólo una consecuencia.

No extrañó, por ello, que se lo calificara como el mejor vicepresidente de la Nación, luego de Cristina, claro está. Las flores recibidas no terminaron ahí.

Un furcio pareció un vaticinio. La locutora lo presentó como expresidente. Entre risas reconoció el error como premonición. No tanta risa, diría yo, que en la Argentina siglo XXI puede pasar. Amado Boudou podría sumarse a la lista de los presidenciables. ¿por qué no?

Aunque no lo parezca, los hechos, el público y el escenario guardan una coherencia. De alguna manera, un hilo conductor enhebra el acollaramiento político.

 Los hechos: un festejo de los diez años de la sanción de la ley de matrimonio igualitario. El público: la militancia más afín al cristino-kirchnerismo. El escenario: el recinto público dónde la agenda se construye a partir de las necesidades de poder e impunidad.

Mi abuela, que en paz descanse, diría que “próceres eran los de antes”, San Martín, Belgrano, Sarmiento, Illia, Favaloro, Milstein, y tantos otros que dejaron testimonio de sus valiosos aportes a los intereses de la patria. Más acá, mis hijos y mis nietos destacarían en ese plano a quienes dieron su vida por los demás en el marco de la pandemia.

A ninguno de ellos, como creo a todo argentino bien nacido, se le hubiera ocurrido malversar el sagrado recinto de las leyes para una ovación tribunera al primer vicepresidente condenado de la historia nacional.

No sería inoficioso trazar un parangón entre los vítores a Boudou en el recinto del Senado, con el jurado de enjuiciamiento a que está sometida la fiscal anticorrupción de Entre Ríos, Cecilia Goyeneche, que fue quien promovió el proceso que terminó con la condena de Sergio Uribarri, exgobernador, a ocho años de cárcel por  delitos reiterados de corrupción.

Boudou, el delincuente, vitoreado; Goyeneche, la fiscal, enjuiciada por investigar a la delincuencia. Este es el modelo de sociedad que nos propone el oficialismo gobernante, ese de terminar con todo atisbo de moralidad social, en un “todo vale” que siempre confluye en la telaraña de la relatividad.

No es extraño, por ello, que en la Argentina no exista una clara agenda de gobierno. Sí, un detallado cursograma de impunidad, motorizado desde el segundo sillón del gobierno y primero del poder. El “lawfare”, el copamiento de las instituciones como el Consejo de la Magistratura, el aumento del número los miembros de la Corte, son los temas que intentan imponer en el debate público.

Y trabajan en ello, día y noche, porque el 10 de diciembre se acerca y todavía los objetivos están lejos. Ahora, ante la dificultad de la falta de número en la Cámara de Diputados, intentan trasladar a una consulta popular los temas que ponen en peligro la situación judicial de Cristina.

El número de cortesanos es el instrumento. El escenario de hoy no es propicio, la integración actual es un obstáculo. Ampliarlo para designar los propios y obtener mayoría es el objetivo.

Sería cómico si no fuera patético. Ellos mismos, los que propusieron la ley de disminución de 9 a 5 miembros de la Corte, hoy se quieren constituir en los paladines de la ampliación, con falsos argumentos de federalización o democratización del órgano. La cuestión es que el plan no cierra si los cortesanos no son parte.  

 Si por vía del realismo mágico, volviéramos a los noventa y sustituyéramos a Carlos Menem por Cristina Kirchner, con la Corte “sicarlista” de 9 integrantes, que pasaría a ser “sicristinista”, la Argentina hubiera sido hace tiempo ya la Venezuela del Plata.

 Para consuelo, se advierten por estos tiempos los ansiados brotes verdes en el ámbito judicial. Una justicia, tan vapuleada y desprestigiada, comienza a mostrar signos de recuperación que, aunque primarios, tienen un norte claro: ponerle límites al poder y a la impunidad en su ejercicio.

La fiscal de la provincia mesopotámica, que logró la condena de la corrupción política, resiste los intentos de destitución. Una fiscal y una juez bonaerense arrestaron a sindicalistas mafiosos del grupo de camioneros. La Corte participó en pleno en una reunión de fiscales y jueces federales del país, realizada en Rosario, para dar un mensaje claro contra el narcotráfico. Brotes verdes.

¿Alcanza con ello? Claro que sí, por ahora. Hay que hacer fuerza para que los brotes verdes se conviertan en robustas plantas.

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