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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Argentines 0,12 %

El Censo 2022 presentó una novedad. Se preguntó a la gente sobre la autopercepción de su género. No fueron ya solo mujeres y hombres los que constituyeron el 100 % de los censados. Se sumaron los que no se sienten comprendidos en tales rubros.

Por Jorge Eduardo Simonetti

jorgesimonetti.com

Especial para El Litoral

“Es la primera vez que el Estado argentino pregunta sobre la identidad de género de cada argentino, de cada argentina, de cada argentine”.

Presidente Alberto Fernández

Finalmente, sabemos cuánto somos. Los resultados provisorios del Censo 2022 indican que somos 47,3 millones de argentinos, casi un 18 % más que en 2010 y un 30 % más que en los comienzos del siglo.

¿Para qué sirve el censo de población y vivienda que se realiza cada diez años? Para conocimiento, pero fundamentalmente para la adopción de políticas públicas.

Las estadísticas oficiales engordarán marcadamente. Son un instrumento formidable de gobierno. Por ejemplo, ya sabemos que la disparidad numérica entre géneros ha crecido en los últimos doce años, la diferencia ya roza los tres millones.

El 52,8 % de los habitantes de la Argentina son mujeres, frente al 47,05 % de hombres. Si sumamos, vemos que nos da una cifra menor al 100 %. Tiene una explicación, hombres y mujeres no somos todos.

Por primera vez en nuestro país, el censo incorporó el rubro de la percepción del género. Ello determinó que un 0,12 % de los argentinos no se siente encuadrado en el género que corresponde a su sexo.

La novedad es que cuantificamos la problemática de la identidad de género. Cuando el gobierno insiste sobre sus políticas contra la discriminación por género, sabemos que la cuestión incluye al 0,12 % de los argentinos.

Para saber de qué estamos hablando, me permito transcribir algunos párrafos de mi libro “La neoizquierda” (2019). El género no es lo mismo que el sexo. “El sexo de las personas está determinado por sus características biológicas (macho-hembra), sigue la senda de la genética humana”. No hay que confundirlo con la orientación sexual.

Sin embargo, con el correr de los tiempos se fue afianzando conceptualmente una diferencia entre sexo y género. “El género no es ya determinado por el sexo sino por los aspectos socialmente atribuibles a un individuo (…) la identidad de género es la manera en que cada individuo siente su género (…) es la exteriorización en cuanto al comportamiento, como se viste, como interactúa, cuáles son sus intereses”.

 La discriminación que sufren muchas personas por tales razones, fue cuantificada por el gobierno en función del Censo 2022. Estamos hablando del 0,12 % de los argentinos.

Ahora bien: ¿por qué el relevamiento oficial incluyó los datos de la autopercepción de género dentro de la planilla? Suponemos para continuar profundizando las políticas públicas antidiscriminatorias contra ese colectivo.

Lamento tener que correr el velo de los sentimientos virtuosos para descubrir que detrás del mismo se encuentra una politización extrema de una de las formas discriminatorias en la Argentina.

La discriminación debe ser el disvalor social más arraigado. Pero la misma tiene muchas formas, es un pulpo con mil tentáculos, y el género constituye una de esas formas, ni siquiera la más significativa en número.

La discriminación es un antivalor, limita o niega derechos y libertades fundamentales a sus víctimas, clausura o disminuye sus oportunidades de desarrollo en la sociedad, genera desigualdades sociales, exclusión y marginación.

Saber que el 0,12 % de los argentinos se auto percibe con género distinto al que corresponde a su sexo biológico es importante. Pero no lo es más que conocer cuántos argentinos son discriminados debido a sus discapacidades (motoras, visuales, intelectuales, etc.) o a su edad.

La discriminación por cualquier causa es odiosa, pero mucho más lo es la discriminación de la discriminación. Es decir, en el censo, el Gobierno discrimina a quienes sufren los efectos de la discriminación, censando a los de géneros auto percibidos, pero no haciéndolos con los discapacitados motores, visuales, intelectuales, etc.

Ya que el censo se extendió a otros datos antes no contemplados, también hubiera sido muy importante conocer al número de argentinos que padecen problemas diarios debido a las barreras físicas y culturales.

 Debe señalarse que el colectivo de discapacitados es el que más discriminación sufre en la Argentina, por encima del Lgtbi o personas segregadas por etnia o nacionalidad. El 20 % de las denuncias que llegan al Instituto contra la Discriminación son de personas discapacitadas, el mayor porcentaje de reclamos.

Solo a modo anecdótico podemos hacer un ejercicio de imaginación y vivir el día de un discapacitado motor. No existe transporte público inclusivo, las veredas son intransitables, muchos edificios públicos y escolares no tienen en condiciones sus ingresos, se permiten nuevas construcciones de edificios sin accesos adecuados, emitir el sufragio es correr un albur, entre tantas y tantas dificultades. Es lo mismo para el discapacitado visual, que ni siquiera tiene semáforos sonoros que le ayuden a trasponer la calle.

En este tiempo en que se dictan legislaciones que establecen cupos para el colectivo Lgtbi, la exclusión laboral es regla entre los discapacitados, así como la educación y la participación política. Obviamente, todo ello con la secuela de precariedad y pobreza.

Existen, obviamente, muchas otras clases de discriminación, el edadismo es una de ellas, la discriminación por edad, sobre todo a las personas mayores.

Llegar a cierta edad es un estigma en esta sociedad. La falta de oportunidades laborales, las condiciones de vida, las paupérrimas jubilaciones, el trato condescendiente (especialmente en la política cuando se refieren cínicamente a “nuestros abuelos”), sin dudas merecen la instrumentación de políticas públicas adecuadas. Otro tanto sucede con la discriminación escolar en la gente joven.

Conviene aclarar, aunque resulte redundante, que la discriminación no es solo una actitud del gobierno, es fundamentalmente de la sociedad, que diariamente practica todas suerte de ellas sin ningún remordimiento. Es, sobre todo, un problema de educación.

De cualquier modo, este artículo tiene por objeto destacar la actitud del gobierno con el Censo 2022, que solo logra poner de manifiesto cual es la tendencia general de una ideología política que se intenta apoderar de los derechos humanos, pero sólo de una parcialidad. En este caso, de los Lgtbi. 

La administración de los Fernández practica la discriminación de las discriminaciones, en el que “todes” no somos todos, “todes” somos “nosotros”, los que profesamos simpatía a sus inclinaciones políticas.

 Gobernar significa gestionar para todos. No sirve hacerlo casi exclusivamente para la ideología de género o para los intereses de los llamados pueblos originarios, dos de los rubros preferidos por el nuevo relato de los dos mil. Se debe gobernar con perspectiva de género, no para la ideología de género.

Lo dijo el presidente: “hoy sabemos a cuánto llegan esos derechos”, los del género. ¿Sabemos a cuánto llegan los derechos de todos los otros colectivos discriminados? Seguramente no, porque ellos no entran en el radar político de un gobierno que intenta apropiarse de los derechos humanos con un sesgo ideológico parcializado.

No alcanza con el lenguaje para universalizar los derechos. “Todes” equivale, lamentablemente, a “nosotros”. Y cuando “todes” no son “todos”, “todos” nunca se sentirán parte del “todes”.

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