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Un modo de quedarse encantados

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

“Morir es una costumbre / que sabe tener la gente” dice con cierta ironía la milonga a Manuel Flores de Borges. Pero cuando ello sucede nos parte, nos hace vivir en carne propia la maldita ley de vida que los seres humanos debemos padecer cuando alguien cercano se va. Y la pandemia ha puesto el mayor de estos énfasis en los últimos años.

Ajeno al covid, el 2021 se llevó por distintas circunstancias la vida de dos poetas que nos alumbraron con su entrega a la literatura en general y a la poesía en particular: Alejandro Mauriño y Tony Zalazar. Ambos afincados en Corrientes capital, desde donde irradiaron cada uno como promotores culturales y con sólidas obras poéticas a las que en su momento nos acercamos en este espacio.

Alejandro tenía un acento un tanto porteño que nunca perdió, su humor ácido a veces chocaba con los que recién lo conocían. Amamante de la buena mesa, del vino y del güisqui (así lo escribía él), era también conocida su afición por el ajedrez, en guiño quizá a su devoción por Jorge Luis Borges. Su vasta obra publicada superó los treinta libros.

De la poesía de Mauriño hemos dicho: “Se mueve en amplios registros, tanto en la forma como en el fondo. En cuanto a la forma, utiliza las propias de la tradición española. Con soltura salta del octosílabo al endecasílabo o alejandrino; en cuartetos, tercetos o pareados. Su solvencia en la métrica no anula su manejo del verso libre que en ningún momento pierde musicalidad. El fondo de su poesía está sustentado por algunos tópicos como el amor; la evocación de la infancia; el paso del tiempo; el paisaje correntino; el ser humano actual y sus conflictos. Este último tópico despliega en muchos de sus libros; Mauriño asume  que el poeta no vive en una torre de marfil: ‘Un poeta escribe y la mano le es ajena: / cinco dedos suplantan el dolor que los tiempos / le agregan a esa gota con tono de pena; / con el otoño las hojas dan la forma del viento’”.

Tony Zalazar era un ser de luz, estaba atravesado por el amor a la poesía; no entendía el mundo sin la mirada de la palabra poética, la que dinamita los significados del diccionario, la que se llena y rodea de misterio para volver a refundar el mundo y en él la finitud del ser humano que se resiste a ser eso: un ser finito. Tony siempre estaba desvelado por la obra de los demás, porque cada cual tuviera la posibilidad de expresarse con la fuerza del rayo o de una llamita de fósforo. Así nos referíamos a él hace unos años en este mismo periódico: “Tony, el poeta albañil, el poeta panadero que amasa panes de silencio y de tarde y de agua, que amasa con barro de estrellas, que amasa con harina de esperanza. Tony, el poeta panadero que amasa con pólvora los abrazos, la mirada encharcada, la lagrimita tímida y los volcanes. ¿De qué está hecho este chaqueño, este correntino que corre entre aguas subterráneas y aéreas, de qué su sangre inquieta y viajera, su ánimo: axis mundi?”.

Desde este espacio nos resistimos al olvido de los poetas que ya no están o, mejor dicho, que están ya para siempre.

Muestrario mínimo

Tormenta

Se moja el río con la lluvia y la tierra absorbe

violenta el alma de las nubes.

Largas centellas deforman con neuroluz el horizonte,

y una falsa noche asusta al mediodía.

Los truenos son del ruido toda referencia,

y la incomprensión mata a las aves de este lapso nocturno.

El gris y el viento, reyes son del día inconcluso.

Allá abajo, los peces imploran a sus dioses envueltos

en aire, imaginados y temidos desde siempre.

Sobre yunques de árboles y torres inciertas, el rayo

marca el rumbo de la danza frenética.

Nada es paz. Vive el todo revuelto en espirales

de bruma y hojarasca, en cortinas de agua oscurecida.

Algún techo se confunde y vuela, emparentado de cielo.

Una casa solitaria se expresa, por la batida ventana

entreabierta. Las calles no son calles: parecieran lagunas

de cemento, desiertas.

Con la lluvia un aire frío viene desde el sur

y las hojas de los árboles mixturan su horror

con derrotadas mariposas.

Algunos hombres miran, absortos, tal belleza.

Otros hombres-peces sólo tiemblan, y rezan.

Con pasados remotos sueñan las ancianas hembras.

Y gozan con el caos los ínclitos poetas.

No es el fin.

Sólo es la muestra.

Seré  

Como un alba para ciegos sordos, 

aquellos a los que 

ni el alboroto de los pájaros matinales 

alteran. 

  

Tierra, incógnita planta vista 

en la anónima banquina, 

pez que rompe la superficie chata de la laguna. 

Ello seré. 

  

Alcurnia de serpientes, llaga. 

Queso y cebolla atornillados a la pizza 

del hambre venidero. 

  

Lluvia sobre la mar. Río que horada 

la pampa del ñandú y la ceniza. 

Un viento como de la memoria. 

  

Seré más que lo que tu imaginación 

te dicte. Más que el rayo, más 

que los espasmos locos de la vida, más 

que el pan y el vino, más 

aunque no exista. 

  

Una imagen micronésima en un recuerdo. 

Un aroma. Un plato harto de comida caliente. 

Una copa con agua. Una miga. 

  

Seré constante, hasta la risa. 

Una hormiga y un ratón inmortal. 

La cueva del oso, la raíz de la encina. 

La cauta espera. 

  

Y hasta la mosca que olisquea 

la nariz de tu cadáver. 

                         Alejandro Mauriño

Sus tratos

En el sustrato de estos ojos

está intacto el jardín de mamá,

están sus manos como raíces

hundiéndose en la tierra

y están sus dedos

que disuelven terrones,

que desentrañan cizaña

y extirpan los bulbitos

que sólo dan maleza.

Está mamá con las manos sucias

limpiando la tierra

ablandando la sequedad

y dándole a los surcos

el agua y la bosta 

que inciten el despertar

de la semilla

que reanimen a los gajitos

arrancados

como al descuido por ahí.

 

Ahí está ella en cuclillas

poniendo el lomo de su mano

ante el golpe del agua

que deja caer de la jarra.

Antepone su mano siempre

y la agita con ternura

para que el peso del agua no aplaste

al brote

no ahogue a la semilla

ni desentierre nada que no deba.

 

Así florece el jardín entre sus manos

raíces, regadera, escudo

manos que esparcen

el perfume del querer

entre insectos que lo celebran.

 

En el sustrato de estos ojos

está intacto el jardín de mamá,

si algo florece lindo en mi mirada

sólo es por el sustrato que lo impulsa

por lo bonito de esta vida que nos riega,

y nada más.

Me gusta Lali en la litera

con mi linterna interna entre sus piernas

con su cálida alita de luz

aliterando mi lengua

lengüeteando tierna mi interior

me gusta Lali y su interna alteración

su aliteración y su hálito

su hábito de suavizar mi aleteo

de deletrear mi deleite

y de gozarme entero en la litera

 

Lali la alígera me gusta, la entera

y certera partera de mi ser.  

I

La sangre inquieta

cuando el mosquito amor

nos zumba el alma.

II 

Las islas rojas

que emergen en tu piel

me hacen mosquito.

                         Tony Zalazar

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