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De Vandor a Guzmán: el síndrome del “diario viejo”

Por Emilio Zola  / Especial para El Litoral

Para un analista político no hay peor pesadilla que la desencadenada por una decisión gubernamental de última hora, confirmada apenas un instante después de que su material fue entregado al editor para iniciar el irreversible proceso de impresión que convertirá su producción en un texto intangible, plasmado en miles de diarios papel, inalterable sí, pero desactualizado.

Rémora de tiempos analógicos, el síndrome de “diario viejo” atravesó mi columna de ayer. El “enter” del envío final se produjo un par de horas antes de que el ministro de Economía, Martín Guzmán, presentara su dimisión en medio del acto capitaneado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en Ensenada, donde volvió a pronunciar un mensaje beligerante contra las vacilaciones albertistas.

La número dos de la fórmula y jefa indiscutida del espacio político que instaló al jefe de Estado en el Sillón de Rivadavia había logrado su objetivo de eyectar a Guzmán un sábado por la tarde, durante el acto conmemorativo del fallecimiento de Juan Domingo Perón y frente a un arco de acólitos que tomaron conocimiento antes que ella de la gran noticia.

El responsable de la economía nacional había tirado la toalla, jaqueado por una corrida cambiario que dejó al Banco Central sin reservas, por un dólar paralelo que duplicó la brecha con el oficial y con el dato anticipado de un nuevo golpe inflacionario al bolsillo de los argentinos, ya que se espera que el dato de junio vuelva a superar el 5 por ciento mensual.

Sin oxígeno para la sobrevida, Guzmán cantó las hurras después de dos años y medio de aplicar políticas de laboratorio en busca de su anhelo de tranquilizar la economía, objetivo que nunca pudo lograr pese a sus pergaminos académicos. ¿Incomprendido? ¿Inexperto? ¿Insolvente para enfrentar el indómito fenómeno de la economía de un país gobernado por una administración bicéfala cuyas cabezas se tiran con todo menos con flores?

Una mezcla de todo eso desgastó al ministro que había abandonado el confort de la consultoría estadounidense (como discípulo del multilaureado Joseph Stiglitz) para tomar las riendas económicas de un país superendeudado, con graves desequilibrios sociales y con un presidente que en la segunda mitad de su mandato había perdido hasta la última gota de credibilidad.

¿Qué pasará ahora? Dependerá de la persona que Alberto Fernández escoja, y del aval que preste la vicepresidenta, cuya opinión podría encumbrar o desahuciar a cualquiera de los aspirantes en danza. ¿Emmanuel Álvarez Agis? ¿Martín Redrado? ¿Sergio Mazza? Nombres que giran en las afiebradas conversaciones de un gobierno eunuco, castrado por su propia interna y sin proyección de futuro.

La necesidad del oficialismo es terminar bien, si cabe la posibilidad. Y esa quizás sea la única coincidencia que perdura en el armado electoral que diseñó Cristina al concebir el Frente de Todos ganador de 2019. Lo demás, como decía este columnista en su disquisición anterior, se reduce a una puja metodológica que pinta al presidente en el rol de Augusto Timoteo Vandor y a la vice en el papel de Perón regresando de España por sus fueros.

El kirchnerismo sin Cristina no funcionó. El albertismo sin Cristina tampoco. Y si bien la principal razón de este fracaso anticipado pasa por los magros resultados del ahora ex ministro (quien ni siquiera llegó a aplicar la segmentación de tarifas para reducir el déficit fiscal), la desconfianza reinante en la sociedad respecto de las medidas que pueda adoptar la Casa Rosada tiñe cualquier perspectiva con una indeleble pátina de pesimismo.

No obstante, como reflexionaron los dos economistas consultados para escribir esta columna complementaria, puede que el cambio de ministro represente una módica esperanza de normalidad en virtud de las recetas que pueda aplicar el sucesor de Guzmán para frenar la escalada inflacionaria, controlar la emisión de pesos sin respaldo y reducir el gasto público.

Serán, sin dudas, medidas antisociales que impactarán en asalariados, empleados públicos y sectores de bajos ingresos, pero indispensables para mantener en funcionamiento un Estado engrilletado a los compromisos con el Fondo Monetario, preso de una deuda paralizante.

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