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Ruido de rotas cadenas

Por DNorma Cadoppi*. Publicado en Clarín.

En momentos en que la opinión pública está conmovida ante una política económica oficial que lleva a nuestro país al desastre, tenemos la obligación de ser veraces y claros al criticarla.

Al pueblo no le interesa tanto el deslinde de responsabilidades como hallar el camino para que se reabran las fábricas cerradas, se estimule al productor agropecuario de modo que se normalice el abastecimiento de alimentos y desciendan los precios, y se tomen las medidas de fondo para que la economía estancada o en retroceso retome su impulso de crecimiento.

La integración nacional significa que cada país explote intensivamente sus recursos naturales; que edifique y proteja su propia industria; que abra fuentes de trabajo para su propia población; que deje de importar lo que puede producir en sus fronteras.

Cuando las decisiones son adoptadas con una visión de corto plazo, sin tener en cuenta las externalidades negativas y las implicaciones en el largo plazo, cuando los ciclos de decisión son demasiados cortos, la racionalidad de los agentes es necesariamente miope.

Este virtual “estado de guerra interna” está consumiendo nuestras mejores energías, y mal haríamos si reprodujéramos el mismo modelo de cara al futuro.

Nuestro sector agroindustrial genera más de un tercio de toda la fuerza laboral del país: son los emprendedores y los trabajadores los que realizan la enorme variedad de tareas de producción y elaboración de los frutos del campo, hasta la red de científicos, técnicos, comercializadores y transportistas, que sostienen día tras día el trabajo productivo.

Debemos esforzarnos por convencer, especialmente a los jóvenes, de que sólo existe desarrollo y bienestar, y por ende libertad, si la economía se basa en los 4 factores de producción -y no 3 como los candidatos oficialistas o libertarios pretenden instalar-, que son la tierra, el trabajo, el capital, y el conocimiento. La economía ya no se trata de administrar escasez, sino de generar riqueza y distribuirla, de manera “justa y equitativa”, y no “demagógicamente igualitaria”.

Necesitamos disminuir el gasto público sin caer en el facilismo de cerrar organismos que, bien conducidos y puestos al servicio de un plan de desarrollo nacional, son generadores de riqueza y divisas genuinas. Debemos equilibrar las cuentas y sacar al país del déficit, eliminar impuestos artificiales y distorsivos, alentar la inversión y volver al mundo con una agenda multilateral.

Para los que creemos que la educación es la base del progreso material de las naciones, y reconocemos que nuestro país afronta el gran desafío de edificar una sociedad justa y equitativa a fin de alcanzar niveles adecuados de avance económico y progreso social, sabemos que es necesario que se imparta una educación de calidad óptima a todos los argentinos, y esto solo puede ser encarado por un Estado dispuesto a acometer una necesaria reforma en la educación que cubra desde los jardines de infantes hasta la universidad para beneficio de todos -pero muy especialmente- para un alto porcentaje del país marginado por el nivel de pobreza.

El desarrollo es la gran bandera de los argentinos. Pero el desarrollo como realidad solo será posible a la luz de de una correcta formulación teórica de su problemática. Un error en la estrategia no puede sino prolongar la dependencia y conducirnos a una nueva forma de frustración.

Si la teoría clásica del contrato social implicaba una aceptación de la autoridad para impedir el caos y la guerra de todos contra todos, el actual contrato social está demandando una autolimitación de la libertad personal para asegurar la supervivencia de la humanidad en el Planeta.

*presidenta de la Fundación Foro Estratégico para el Desarrollo Nacional.

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