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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Uno vuelve siempre...

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral

Es como asiente, el gran poeta Armando Tejada Gómez: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.”

La unión verdadera se rompió, por esa pertinaz forma atropellada de ser. Un fanatismo in-crescendo, que nubla la visión, y a pesar de la corrupción “perdonan” todo, transformando la mentira en verdad. 

Bulos como bautizan los españoles. Más bien, fake news, o sea, noticias destinadas a desinformar. Romper la realidad. Crear historia propia que bien se valen, que logran revivir la abrupta realidad, hecha jirones con tal que el poder les ampare y prodigue lo que no ha sido ganado, sino fueros creados para defender lo indefendible. 

Quienes vivimos la historia sin apasionada dependencia, ni interés alguno, soñábamos que el tiempo que todo lo puede, traería  esa ansiada paz, alejada de consignas y hasta divisiones familiares.

Que había algo superior que se llama convivencia, pero para ello los principios inamovibles son esenciales, los que mamá y papá nos enseñaron desde la experiencia propia.

Sin embargo, es muy sórdido nuestro pasado de patotas embravecidas que, con la ilusión y la pasión joven ofrendaron sus vidas en una causa que no tiene fin. Alocadas reyertas. Ficciones, que toman peligrosamente cuerpo, porque la repetición graba sin percatarnos, ideas que terminaron en el lamento de vidas perdidas, y no en objetivos saludables sino en la conveniencia de apropiación de lo inmerecido.

La vida desde abajo, tiene una proyección que marca recuerdos a medida se enriquece en la evolución de lo bueno y de lo malo, porque es una “sopa” que fortalece la memoria.

Hoy, nuevamente, se comienza a revolver, reavivando los gustos, acentuando sabores que no siempre caen bien, por el contrario resultan indigestos y hasta pocos digeribles. 

Y uno, comprueba que nada ha cambiado en la proximidad de la contienda universal, donde se ven los “pingos”, aunque entren a tallar mostrando su cara mala.

Todo argumento es válido para ser víctimas cuando las papas queman, proscriben, acallan, censuran. Vanos argumentos que se originan en el desencanto de la gente podrida por no poder cambiar, ese viejo estilo tantas veces puesto en práctica: “oídos sordos, ganancia de pescador.”

No escuchar es saludable para los nervios. Pero, es una frustración para quienes dirimen el poder omnímodo, porque justamente están para eso: para escuchar y solucionar. No versionar otra historia, para evitar el compromiso de asumirla.

Me pregunto, cuándo se terminarán los discursos vacíos que no cumplen ni como consignas. Cuándo elegiremos gente capaz. No del abrazo cotidiano. Ejecutivos de pocas palabras. Sin estilo demagógico de parlamentos, sino concretos y lógicos.

Cuándo abdicará ese estilo que siempre arrastró gente. Pobre gente, creída y esperanzada, y que no obstante sigue creyendo cuando la verdad hace rato se fue de pic-nic.

Nunca soporté el fanatismo, sin razón. Arrastrados no espontáneos. Una obsecuencia a toda prueba, como si en el cuarto oscuro hubiera ojos próximos a delatar el cambio de actitud que por derecho propio nos corresponde.

Pareciera que la voluntad ciudadana no es importante cuando el todo adoctrinado, en silencio repite por consigna un comportamiento no crítico, cuando debiera ya que esta vida no es vida cuando lo particular es de real importancia, y tiene voz y voto.

Uno quiere volver tal vez a lo mismo, pero mucho mejor, corrigiendo actitudes, asumiendo nuestro papel ciudadano, criticando cuando debiéramos, no permitiendo nada que se parangone a los mismos usos y costumbres de una política devaluada, venida a menos.

Creernos que somos capaces de ser mejores, porque lo somos. Porque debemos construir ese país soñado no amañado. Con una nueva forma de hacer política, con hechos y no discursos. 

Buscando la satisfacción y alegría de la gente, por la honestidad renacida, por el sentido común al servicio de todos. No queremos regalitos. Queremos oportunidades merecidas. El respeto mismo que nace de la ética inculcada por nuestros ancestros.

Hablo del país que no supimos ser. Que lo ahogamos en disyuntivas ideológicas, en luchas fratricidas. En desencuentros permanentes. En “importaciones” de ideas como si no supiéramos pensar.

Me duele mi país; no es el que fue, sino una parte de él aún sin malas costumbres, ni el que quisimos ser. Sino la suma de una melange de viejos sistemas perimidos que acogimos como lo hacemos siempre cariñosamente.

Claro que un pedacito de ese país no revolucionario, le vendría muy bien ahora cuando las luchas vuelven a crecer, y desatinadamente pretenden repetir viejas políticas, amarillas y descoloridas.

Pero también comprendo el reflexionar de Armando Tejada Gómez, la ausencia de afectos y valores que animaron las simples cosas:

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, / y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas. / Por eso muchacho, no partas ahora soñando el regreso, / que el amor es simple, y las cosas simples las devora el tiempo.”

Aguardemos volver y hacerlas realidad, ampliadas y corregidas. No, repitiendo errores.

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