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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Agresiones al periodismo: hacia una tormenta perfecta

En sus primeros cien días de gestión, Javier Milei concentró el 40% de las agresiones a periodistas, según registro del Monitoreo de la Libertad de Expresión de Fopea. Al mejor estilo cristinista, el presidente sólo habla con periodistas “amigos”, que lo llenan de preguntas condescendientes. Para el resto, sólo descalificaciones y agravios.

“No pudo quebrarnos la dictadura militar, no pudo quebrarnos Menem, no pudo quebrarnos Kirchner con cero publicidad oficial, tampoco va a poder Usted”

Jorge Fontevecchia, director de Editorial Perfil

 

Que el horizonte político argentino se está poblando de densos nubarrones, no escapa a ningún observador.

La descalificación de la política como instrumento de la democracia, fue el primer paso de Javier Milei. Así ganó las elecciones presidenciales y así sostiene un apoyo, inédito a esta altura de su presidencia, tirando todo el peso de los fracasos propios y ajenos a “la casta”.

Obviamente, nadie podría ignorar que el trabajo de erosión a la casta tendría como consecuencia necesaria la pérdida de confianza en las instituciones de la democracia y de la república. Para mí que ése era el “masterplan”.

La democracia es representativa, y la república es el poder dividido. Son extremos interdependientes, el carácter indirecto de la representación y la división en varias manos de los resortes de poder.

Es el sistema que rige hace más de doscientos años en el lugar preferido de Milei, los Estados Unidos, dónde los llamados “padres fundadores” construyeron pacientemente un sistema que luego se prolongaría en una cultura de democracia y tolerancia.

Era cuestión de tiempo nomás para que el modelo mileísta cayera preso de sus propias inconsistencias y de una construcción teórica incompatible con las formas republicanas.

Tarde o temprano nos daríamos cuenta, salvo que tuviéramos un sesgo insuperable, que las instituciones comenzarían a jugar el rol para el que fueron creadas, y del que no pueden escapar porque es sistémica y obligatoria legalmente.

Y allí comenzaron a aparecer los análisis lógicos del Congreso de los proyectos de ley, utilizando facultades que le son propias, sobre las enciclopédicas modificaciones intentadas por el gobierno. Sencillamente, Milei no lo soportó, porque no soporta no sólo a “la casta”, sino tampoco al Congreso.  Y la verdad sea dicha, lo que no soporta es que lo contradigan siguiera una coma.

Enfrascado en cuestiones más divertidas para sus preferencias que la aburrida tarea de gobernar, desecha las que corresponden a las graves responsabilidades de su propio cargo de primer mandatario de un país.

Sus viajes al exterior lo muestran en visitas constantes a sus referentes religiosos, conversaciones con cavernarios periodistas de ultraderecha o devaneos tecnologicistas con Elon Musk, un presidente cada vez más alejado de aquellas cuestiones que lo incomodan o aburren, como las de gobernar un país nada menos.

Mientras tanto, en la tierra hay un país denominado Argentina, dónde viven más de 45 millones de personas, muchas de las cuales están en dura lucha por alcanzar siquiera lo mínimo para la subsistencia, caso de los jubilados.

Y necesitan de un presidente que se ocupe no sólo de la “macro”, como le gusta decir, sino de las cuestiones menores, de las minucias, como el aumento increíble de la pobreza y una recesión que ha tirado para abajo el poder de compra de los argentinos.

Tal vez sus devaneos “cientificistas” no le han permitido advertir que en su partido, La Libertad Avanza, las trifulcas por porciones de poder, lo colocan en la exacta definición de “casta”, ésa que tanto denuesta. Su bloque en Diputados se partió, y, lo peor de ello, como producto de una descarnada disputa de egos, escándalos mediante.

Lo dijo Oscar Zago, jefe o ex jefe del bloque de LLA, refiriéndose a diputados de su mismo color político: “Si están enojados por una posible alianza con el Pro, bueno, así es la política”. Bienvenido Oscar Zago, y todos los diputados libertarios, a “la casta”.

Lo concreto es que Javier Milei, no sólo no tiene mayoría propia en el Congreso, tampoco tiene una representación unificada, son evidentes sus dificultades para dialogar en un marco de seriedad y respeto mutuo: o se acata su voluntad o el precipicio.

Con graves dificultades de negociación legislativa, el propio presidente dio muestras de futuras desavenencias con el Poder Judicial, al pronosticar que tres integrantes de la Corte Suprema no son afectos a sus políticas, confundiendo el rol judicial de guardián del ordenamiento jurídico con el de meros portadores de togas “sijavieristas”.

Para terminar de componer el rompecabezas de un país que cada vez se parece más a una monarquía absolutista o a una dictadura, dónde no se tolera la disidencia, en los últimos días el presidente no se ha ahorrado palabras ni furiosos tuits en contra del periodismo.

Abogó por la “quiebra” de la editorial Perfil, un medio que fue absolutamente discriminado por los Kirchner, recibiendo la condigna respuesta de su director. Descalificó a Joaquín Morales Solá y a Jorge Fernández Díaz, ambos equilibrados columnistas del diario La Nación, con espaldas suficientes para demostrar solvencia, conocimientos y ética en su labor periodística. Culpó a la periodista Romina Manguel por las desatinadas declaraciones de Bertie Benegas Lynch sobre educación.

Lo más insólito. Desde el canal oficial Diputados TV, intentaron censurar al aire a la prestigiosa periodista de La Nación, Laura Serra, a través de la “cucaracha”, diciéndole que dejara de hablar del escándalo en la Comisión de Juicio Político protagonizado por los libertarios. Un papelón.

Los misiles presidenciales atravesaron fronteras, y dieron en el blanco de un periodista paraguayo, paradójicamente de su misma ideología, Jorge Torres Romero, por hacerle preguntas que lo incomodaron. “Sos un maleducado e irrespetuoso para con una figura presidencial”, como si el propio Milei fuera un dechado de buenos modales.

Es evidente que no soporta, ya no críticas profundas y tal vez sesgadas en algunos casos, sino la mínima disidencia con sus posiciones. La Nación, por caso, no es precisamente un émulo de Página 12. Milei sólo da entrevistas a periodistas “amigos”, que lo llenan de preguntas condescendientes y aplauden sus respuestas. Como Cristina, vió?

Primero fue el Congreso, lugar del que prefirió retirar la ley antes que permitir que los legisladores hagan la tarea para la cual fueron elegidos. Luego, fue la Corte, prejuzgando la posición de tres cortesanos, e intentando a futuro formar una mayoría “sijavierista”.

Ahora, para completar la tormenta perfecta en contra de la democracia y la república, intenta arrinconar al periodismo que se atreva a cuestionar una coma de sus opiniones y políticas.

No está muy lejos de las dos veces presidenta, que con la ley de medios y la ley de democratización de la justicia en 2014, pretendió atar al periodismo y al poder judicial al carro del poder ejecutivo.

Adepa (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas), repudió las “descalificaciones presidenciales injuriantes” a medios de comunicación y periodistas, que pueden generar un “clima de hostilidad e intimidación de la labor periodística”.

Su última catarata de tuits sobre los periodistas, fue patética: “profetas de la verdad, corruptos, sucios, prostituidos, mentirosos, extorsivos”.

Cómo siempre sucede en la Argentina, los peores ataques a la república se tolerarán mientras el bolsillo aguante.

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