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El inevitable destino del cantor

El próximo 25 de marzo en Casa Iberá, Pellegrini 501 de esta ciudad, se presentarán en el ciclo “La ronda del chamamé” Daniel Osuna, Marcelo Gatti y Aldy Balestra. Recordarán un disco grabado entre junio de 2005 y febrero de 2006, que recorre la obra del poeta Cacho González Vedoya.

Por Carlos Lezcano

Especial para El Litoral

Daniel Osuna es uno de los mejores cantantes de chamamé de los últimos 30 años, un hombre nacido en Entre Ríos, abogado, funcionario judicial durante muchos años y su amor a la música de nuestra región lo llevó a ocupar un lugar destacado, por su calidad vocal y bonhomía, entre los mejores artistas que ha dado nuestra música nativa.

Se ubica entre los grandes solistas con un canto definido, claro, sin artificios innecesarios ni estridencias, sobrio en todos los escenarios. Su voz llega por la profundidad de su interpretación y su vocalización permite al que escucha oír palabra por palabra los versos de cada canción.

Obviamente que su labor más conocida es haber integrando el conjunto de Pocho Roch o el dúo con su amigo Marcelo Gatti, pero la nota de El Litoral se centra ahora en su historia personal, sus primeros vínculos con la música, y descubre a un Osuna participando de la bohemia cordobesa en sus años de estudiante de abogacía, cuenta detalles de su relación con Pocho Roch y su admiración por Cacho González Vedoya.

Osuna es un invitado ineludible a la hora de espectáculos o grabaciones de calidad, como los excelentes trabajos junto a Mateo Villalba, Piri Araos, Gabino Chavez, Fundación Memoria del Chamamé, grupo Ñangapirí, grupo Los Mercedeños, Las Guitarras de Curuzú, Orlando “Carozo” Gutiérrez, Loloars, Gustavo Reynoso, Aldy Balestra, Wally García y Tajy.

Su labor como solista se remonta a fines de 1982, cuando viaja con el conjunto de Pocho Roch a Buenos Aires a grabar el disco “Canciones al viento”. Desde la producción se planteó concluir las tomas antes de Navidad.

El tema que graba Osuna es “Cuando octubre era lluvia”, acompañado de Pocho Roch, Martín Rodríguez, Pombero Romero y Darío Ojeda. 

Los otros cantantes fueron Quique  Sorribes, Marcelo Gatti, Lidia Caterino, su esposa Mimina, con quien grabaron además “Yeroky yara”.

Aún hoy Osuna recuerda con emoción y nostalgia ese día en el estudio de CBS que marcará un camino como parte del grupo de Roch, pero inició una senda de solista que en esos años sumará las canciones “Corrientes taraguy” y “Jesús cunumi”, y sin duda “Dorico”, que es una de sus grandes creaciones y un registro histórico, ya que curiosamente hasta el disco de homenaje a González Vedoya no estaba grabado y Osuna lo hace con lograda emoción, transmitiendo la hondura del poema del itateño.

— Contame esos primeros pasos, esos primeros contactos tuyos con la música: ¿cómo fueron, con quién, de la mano de quién y dónde?

— Mis padres eran maestros de escuelas rurales. Mi padre era director y vicedirectora mi mamá. Por este motivo, anduvimos por varios lugares de Entre Ríos.

Después lo trasladaron a 20 kilómetros de Paraná a un lugar que se llama Verduc. Mi papá estaba encargado de todo eso. Era un lugar hermoso, estuvimos cuatro años ahí y estábamos cerca del Paraná. Después a papá lo nombran en el Ministerio de Educación como presidente del Jurado de Concursos; nos radicamos en Paraná.

Mi hermano estaba terminando la secundaria en María Grande; yo estaba solo con mis padres y concurría a la escuela Belgrano, donde hice cuarto, quinto y sexto grado. Mamá parece que veía en mí condiciones musicales y me mandó a un lugar a estudiar piano; creo que era la academia “Constancio Carminio”. Tenían varios profesores buenos, y uno que me tomaba las lecciones de piano. Anduve un par de años en esa institución, era la época en la que sí o sí se estudiaba teoría y solfeo.

Eso tiene que haber sido  en el 63 o 64, porque entré a primer año del Colegio Nacional de Paraná Domingo Faustino Sarmiento en el 65, el colegio nacional de Paraná.

— ¿Y después de eso?

— En ese colegio me encontré con unos amigos de los que nos volvimos  hermanos. ¿Viste a la gente cuando la querés tanto que parece que la viste ayer y hace diez años que no la ves? Así.

— Y después, ¿cómo sigue tu relación con la música? 

— Me iba a esa academia y en uno de los exámenes me había pasado como tres páginas de la partitura porque estaba tocando de oído; entonces el profe le sugirió a mi mamá que buscara otra cosa porque dijo que tenía más entendimiento con el oído que con la lectura de la música. Así que mamá me compró un acordeón a piano y tomaba clases con un profesor que se llamaba Puchi Jatón, que había sido acordeonista de Los Hermanos Cuestas.

— ¡Qué buena historia!

— Así que ahí estuve, pero tampoco me entusiasmó mucho. Donde empecé con la música, digamos, fue en el viaje de estudios de quinto año del colegio nacional de los años 70; ahí llevaron una guitarra y un amigo, Roberto Beades, me enseñó tres tonos que eran el do, sol y el fa. Y ahí me entusiasmé y cuando volvimos, porque no sé cuántos eran los días de viaje de estudio, ya venía tocando algunas canciones con esos tres tonos.

— ¿Ahí aparece el canto?

— Ahí ya aparece el canto, sí, el susurrar y el acomodarme a los tonos y todo eso, pero ahí me di cuenta de que se podía hacer algo con la música.

— ¿Y las canciones?

— Yo no quería repetir el estudio formal, porque me costaba mucho, me era muy tedioso el tema de teoría y solfeo. En esa época la enseñanza era así y entonces no había profesores que te enseñaran los tonos como ahora.

— ¿Cuáles fueron las primeras canciones que aprendiste? 

— Eran unas zambas, las clásicas: “Zamba de mi esperanza”, después una de Linares Cardozo que decía: “Noche calma sobre el río, sueño trabajo y querer…”.

— “Canción de cuna costera” 

— Mi antecedente musical fue mi vieja  Leonilda Adelia Taquela, un apellido muy conocido en Diamante (Entre Ríos). Mi mamá tenía una linda forma de cantar. Era muy afinada.

— ¿Y qué cantaba?

— Le gustaban los tangos, y recuerdo especialmente un vals que cantaba, llamado “Pequeña”. Me acuerdo de eso, y mucho tiempo después lo grabé con Waly García, está medio lenta, pero fue muy sentida. Y fue en homenaje a mi vieja. 

— ¿Cuándo comienza tu vínculo con la música de la Mesopotamia, con Entre Ríos?

— En el año 1972 me voy a estudiar a Córdoba, ahí vi que había un folclore nacional que era distinto al de Los Chalchaleros, Los Fronterizos, que me gustaban algunas cosas que hacían, pero no me despertaba nada. Ahí fue en esa época de Los Huanca Hua, cuando empezó a abrirse una cosa impresionante. Omar —mi hermano— había venido a estudiar Agronomía a Corrientes y vivió en la casa de los Lubary, por calle Quintana casi Córdoba. Omar tenía un montón de amigos y entre esos amigos estaba Rubelio Vallejos, que se fue a Córdoba a estudiar.

Como se iba a Córdoba le pidió a Omar la dirección donde yo vivía  y un día apareció tocándome la puerta en una pensión donde vivía, en el centro de Córdoba. Así que así nos conectamos. El Negro hacía chamamé, vivía con unos santiagueños y hacían chacarera. Empezamos a hacer ese tipo de chamamé medio jocoso y yo hacía la segunda voz. Ahí apareció más o menos el camino.

— ¿Te acordás del repertorio, algo de eso, una o dos canciones? 

— “Tropeando” o “Mi ponchillo colorado”, por ejemplo.

— Un repertorio debía tener Millán...

— Sí, claro. Y allá en Córdoba, en las peñas no había nadie que hiciera chamamé; entonces a veces nos llamaban por el locro y el vino. En una peña que se llamaba “Tonos y toneles” por la avenida Santa Fe, (te estoy hablando del año 72) llegaba un momento de la madrugada que se hacía una ronda y se empezaba a pasar la guitarra, y ahí había un tipo que estaba sentado y el otro parado y dice: nosotros venimos de Salta, estamos cantando estas cosas que estamos grabando, y canta “La Pomeña”. Era el Dúo Salteño, y ahí nos explotó la cabeza a todos. Qué maravilla. Así que con Rubelio también sacábamos cosas del Dúo Salteño, yo había  sacado la voz que hacía Patricio Giménez.

— Después hay un momento en tu vida, en tu carrera de cantante, que elegís el repertorio de chamamé.

— Remarco el antecedente con Rubelio y demás, como ya conté, mi hermano que estaba estudiando acá en Corrientes tenía una de las últimas cosas que habían salido, y tenía una radio con un grabador. Entonces grababa el programa LT7 al mediodía, grababa las canciones que pasaban ahí y me mandaba el  cassete  a Córdoba. Así  empecé a escuchar “De allá ité”, “Por Santa Rosa me voy al río”, porque era época de Canción Nueva. Omar me mandaba los programas y una carta donde me contaba los que habían intervenido y que cantaban.

— ¡Qué increíble, claro! 

— Entonces ahí escuchaba las nuevas canciones. Después de esa pensión me fui a vivir con unos amigazos de San Luis, unos puntanos de Villa Mercedes.

— Ahí está tu otro amor musical.

— Claro. Ahí teníamos un trío, con Fernando Pascuet, que ahora es camarista civil en Villa Mercedes, y Babi López, que vive en Bulnes y es funcionario de la Afip. Con ese trío empezamos a manejar todos los asados de abogacía. Hacíamos folclore y empecé a pasarles las cosas que me mandaba Omar, casi todas de Pocho Roch, que era lo que más nos gustaba, porque tenían instrumentos nuevos; o sea, instrumentos que más le interesaban a los jóvenes en esa época.

— Contame cuándo y cómo conocés a Pocho, ¿en qué circunstancia, cómo fue?

— Cuando termino la carrera de abogacía allá en noviembre del 78, y tenía que volver a Paraná a hacer el servicio militar, porque tenía prórroga y volví. Hice el servicio militar, estuve un año en Paraná. Cuando terminó, mi tío Juan Carlos Lubary, que estaba casado con la hermana de mi mamá, mi tía Norma Taquela, me llama y me dice que si no tenía otro proyecto u otra cosa; él me invitaba para que venga a trabajar con él en el estudio. Él tenía un estudio con el doctor Juan Ramón Palma y con el doctor Hernán Luque, y necesitaban que alguien camine a tribunales. En esa época no había casi nadie en tribunales, iba y no había casi nadie en los juzgados.

En abril de 1980 me matriculé como abogado en Corrientes con el número 1.724 y empecé a trabajar, después ingresé a la Municipalidad como asesor de Tom Lubary, quien era secretario general; luego  fui al Servicio Jurídico de la Secretaría Técnica del Municipio y después pasé al Tribunal de Faltas con el doctor Jorge Simonetti y posteriormente con la doctora Susana Merlo, donde estuve más de 20 años. En 2006 ingresé al Poder Judicial.

— ¿Y cómo conociste a Pocho? 

— Cuando vengo a Corrientes en abril del año 80. Vine acá a quedarme. Así que paraba en lo de Lubary y  ya conocía amigos de mi hermano.

En esos momentos se presentó Pocho Roch en el teatro Vera y voy a verlo, por supuesto, con mi hermano y otros amigos. Los cantantes eran Quique Sorribes, Lidia Catterino y Marcelo Gatti. Y cantaban las canciones que me gustaban ¡en vivo! Martín Rodríguez, Roberto Romero, Darío Ojeda, Pocho… imaginate.

María Antonia Lubary se había casado con Luis Solari, que en ese entonces tenía un programa de televisión los sábados al mediodía por Canal 13 de Corrientes, donde pasaban noticias locales, culturales, videos de gente que cantaba y actuaba… qué sé yo. Un día me llama y me dice “che, esta noche van a venir a casa Pocho Roch, Antonio Tarragó Ros y Marcelo Gatti. Van a venir porque les haré una entrevista y tengo que filmarlos. ¿Por qué no te venís?”, me dice. Y voy. Me decido y voy. Me acodé ahí en un barcito, tomé unos whiskicitos y ya estaba bien. Cuando termina todo me dice Luis para que cante algo y canté, no me acuerdo qué canté, me parece que ese “Canto a Entre Ríos” que le gustaba a Luis. Después, a la salida, Pocho me agarra del brazo y me dice: “che, qué cosas que hacés, me gustaría que te fueras por casa”. Me da la dirección de la casa de la calle España y me dice: “andá, porque tengo cosas melódicas que te podrían quedar bien”.

Al otro día le estaba golpeando la puerta a las seis de la tarde, y  ahí empezó todo. Y ahí nos quedamos amigos con Pocho hasta que falleció, ¿te imaginás? Integré el grupo más de cuarenta años.

— ¿Cuántos discos grabaste con Pocho?

— Con Pocho grabé los tres primeros discos. Los tres discos eran: “Canciones al viento”, “Canto a la fe” y “Corrientes hoy”. Después grabamos la obra de “Las 7 puntas” con la Orquesta Folclórica de la Provincia, fue muy lindo eso también. Después temas sueltos, porque él componía himnos y cosas con el padre Julián Zini, que eran los himnos para la arquidiócesis.

Me acuerdo que íbamos a grabar temas sueltos a lo de Ñeco, que quedaba por calle España, cerca de la casa de Pocho. 

— Sé que tenés miles de anécdotas con Pocho, pero contame una que te emocione todavía.

— Sí, hay una que fue tremenda. En uno de los viajes a Buenos Aires, teníamos que ir a grabar, íbamos todos, éramos como once o doce. Teníamos el estudio de grabación de lunes a viernes, entonces nosotros teníamos que viajar un sábado a la noche y quedarnos el domingo y el lunes ya entrábamos a grabar. 

Resulta que Pocho nos dice “vamos a estar a las nueve de la noche del sábado en la terminal, porque nos vamos en colectivo todos”. Bueno, nos juntamos todos a las nueve de la noche y viene Pocho y dice: “vos sabés que yo averigüé la hora que salía el colectivo pero no reservé los pasajes”.

“Sí, no reservé. Esperame que voy a ir a buscar”. No había nada y anduvo ventanilla por ventanilla. Pocho buscando pasajes para nosotros, y había dos, tres, nada más. Entonces preguntó en informes y le dicen: “mire, está por venir un colectivo desde Paraguay, Nuestra Señora de Asunción”,  que llegaba a Corrientes y seguía. Le dicen “esperen, quizás pueden encontrar un lugar ahí”. Sabés que vino el colectivo y tenía doce lugares. Y nos fuimos a Buenos Aires. Pocho decía: “yo sabía que la virgencita nos estaba por ayudar”. 

Yo creo que Pocho era un tipo que estaba bendecido. Mirá, parecía como que se caía todo siempre y se solucionaban de golpe todas las cosas.

— Tenés una gran admiración y cariño por Pocho, tenés una gran admiración y cariño por Cacho González Vedoya. Contame algo de tu relación con Cacho.

— Con Cacho fue inmediatamente una admiración tremenda. Fue la poesía de Cacho la que me dio vuelta, porque fue encontrar a alguien que en cuatro frases te describa un paisaje que yo conocía, digamos, un paisaje litoral. A mí me llegó profundamente. Y después, cuando empecé a conocer las historias de los personajes y demás, entonces fue una gran admiración con Cacho y nos acercamos muchísimo con Marcelo Gatti. Íbamos a visitarlo. Aldy estaba acá; así que nos encontramos siempre, y el Topo, el Carluncho Zubieta, vos también. Y ahí surgió la idea de hacer ese homenaje que le hicimos a Cacho, porque Pocho había tenido muchos reconocimientos y nosotros queríamos reivindicar un poco lo de Cacho, la poesía de Cacho. Así que ese fue el motivo del homenaje que empezamos a hacerle en esa época y que lo presentamos en el Teatro Vera.

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