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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

La guerra de los Roses

Las peleítas entre dos que no son cualquiera, cuando el país se juega su última chance, es un crimen de lesa humanidad que escapa a los intereses del pueblo para autoaplaudir sus propios egos.

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral

Parece mentira, pero, desde entonces, han pasado muchos años. En 1989 se producía la película La guerra de los Roses (The War of the Roses), que fue suceso. Fue dirigida por el actor, Danny DeVito, con la actuación protagónica de la pareja central, Kathleen Turner y Michael Douglas. Refiere las peripecias de un matrimonio mal avenido en sus consecuencias de convivencia, justo en el proceso mismo de un divorcio. DeVito recuerda a su familia muy parecida, cuando la separación enfrentó a sus padres y los hijos “flotaban” a la buena de Dios, requerida de afecto y de dirección. Y acota una reflexión que es verdadera, pero como él lo dice, aunque parezca exagerada, tiene certeza por todos lados: “Un divorcio civilizado es en sí una contradicción”. Es decir, no hay regreso. Los Roses, integrado por Bárbara y Oliver en la ficción, más hijos, una casa y la felicidad que parecía que iba a ser eterna, hasta que se desencadenó la “guerra” que termina con la muerte de los dos. Y como moraleja de cine negro, en vez de tristeza, la paz, por fin, ante el matrimonio masacrado, porque “muerto el perro, muerta la rabia”. Resulta paradójico, sin embargo, que los argentinos estamos asistiendo a esa “contienda” pero con muchos más pobres, como consecuencia de la pelea sinfín, que en realidad son muertos vivos, sin horizontes, sin esperanzas, originada por “dos tortolitos irresponsables” en proceso de divorcio. Locos de atar, que se toman el país como diván de psicólogo; casos patológicos, como lo diagnostica Nelson Castro.

La Argentina, en estas instancias, es un país que no aburre, por el contrario, va de sobresalto en sobresalto. Cuando uno escribe, lo hace con una razón fundamental de contar algo, en periodismo de poder asistir, dar una mano con los conceptos vertidos, poder ayudar siendo claros y reflexivos. Pero de antemano tiene un panorama general de las cosas, para asumir lo más cercano a la verdad con toda la información posible. Sin embargo, por estos días, sacudidos por un actuar nada idóneo, sino más bien irresponsable, no se lo puede hacer de un tirón, sino a medida que se suceden alternativamente e inesperadas, porque seguramente nos perdemos de lo mejor.

Siempre busco la historia en la experiencia particular, en el humor de la gente que nunca falla, pero también celebrando algunos titulares de medios gráficos que, con gran creatividad, establecen un gran poder de síntesis de verdades cotidianas. Por ejemplo el artículo que Elena Valero Narváez, titulado acertadamente con una de las tantas definiciones que nos pinta tal cual: “Argentina, el país de ninguna parte”. Es que no vamos a ninguna parte y no mejoramos, no perfeccionamos los repetidos errores cometidos, tan iguales entre sí que no se diferencian con la responsabilidad y el deber de mejorarlos que corresponden. La politiquería gobernante nos ha llevado al borde del precipicio que mientras discuten, se desdicen, protagonizan megarreuniones partidarias que más que expresar, se trata de probar midiendo la convocatoria electoral, sin hacer caso a las urgencias de un pueblo diezmado, aburrido, extenuado, empobrecido, carente de respuestas. Se trata de una película de ciencia ficción donde nadie sabe cómo termina; no se hablan, no se llaman, interceden personas insospechadas para un reencuentro de la pareja protagónica, en que el Presidente debe llamarla y no ella a él, predisponiéndose, poniéndose al servicio, y no urdiendo el choque y la crítica pública, como si ella no perteneciera a este Gobierno ni estuviera exenta de culpas. Ambos son culpables, uno que calla, la otra que no se calla. No se trata de changarines, con perdón de ellos, sino de personas que representan y gobiernan el país en su rango más alto, pero sin embargo —consciente o inconscientemente— ponen en peligro la estabilidad institucional a cada rato.

Después de los berrinches, de poner en peligro todo, el orden supuesto no predice ninguna esperanza cierta. Siempre, siempre han sido desaforados, de creerse iluminados, de llevar todo por delante, sin respeto ni responsabilidad, crear por su pésimo accionar el derecho permanente de la duda. Hasta cuándo soportaremos más experimentos fallidos; el tiempo perdido ya no se recupera más. Han pasado casi tres años discutiendo, cada cual “haciendo rancho aparte” como si no fueran del mismo signo, con matices diferentes tal vez, pero la misma genética, mientras el resto que no lo somos de uno ni de otro, asistimos asombrados viendo cómo se “llevan puesto el país”, para nuevamente querer volver a empezar. Si bien volver a empezar no deja de ser un canto de soberbia ante la adversidad, pero también lo es la quietud de un barco varado sin carta de navegación. Los planes de un tiempo a esta parte, principio que le da credibilidad, seriedad y resolución al servicio del país que representa, han dejado de ser necesarios. Ya no existen plataformas, programación de un trabajo común a desarrollar durante un período de cuatro años del Gobierno que fuere. Hoy, la improvisación es la práctica común que acompaña a los pueblos como el nuestro, que va resolviendo —si lo puede— sobre la marcha, claro que Argentina bate récords de informalidad e incumplimiento. Queremos estadistas por breves y claros, resolutivos, despojados de la política barrabrava que sabe de fuerza pero carece de mesura, adolece de lógica, de sentido común. No queremos más verso ni relato, sino gente responsable, seria, confiable, decente.

Terminamos como empezamos, trayendo al cine que se parece muchísimo a nosotros, brillantes con capacidad para imaginar mil historias, pero que siempre fallamos en los penales. “Volver a empezar”, una frase que es todo un símbolo de fe y esperanza, ha sido la primera película española en ganar el Óscar de Hollywood, estrenada en el año 1983. Fue dirigida por José Luis Garci, interpretada por el actor Antonio Ferrandis y Encarna Paso. Se trata de un español que, viviendo en los Estados Unidos, gana el Premio Nobel, siendo su actividad laboral el profesorado en la Universidad de Berkeley, California, como así la literatura como pasatiempo, quien decide regresar a su Guijón natal después de una vida afuera. En el regreso se persuade de quienes ya no están, quienes aún perduran, quienes aún esperan, como el reencuentro con Elena, el amor de su juventud. Es el valor de la recuperación de las cosas perdidas, sin el recupero de “el país que quisimos y no pudimos ser.” Enfatizó un periodista celebrando la película: “Lo que bien se hace, bien parece”. Sí, nosotros pareciéramos, pero primero hay que serlo. 

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