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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

La difícil tarea de articular las diferencias

Por Carlos Lezcano

Especial para El Litoral

¿Qué era Yaguá Rincón para Richar de Itatí, Albert Ybarra, Fabián Roldán, Jorge Efrén Silva, Paulino “Pali” González, Zunilda Silva, José Olivera, Lucas Vera, Mati Obregón, Aquiles Coppini, Celeste Jacobo?

Era una casa que los cobijaba, donde se detenían a crear, a compartir una charla y de tanto en tanto a vender alguna obra.

Sabemos por Richar que Yaguá Rincón es un nombre que reconoce dos fuentes: por un lado, alude a un barrio de Curuzú Cuatiá y por otro a la imagen de Lola, una perra (yaguá, en guaraní) que se sentaba en la cornisa de la casa de enfrente a mirar los atardeceres y el río.

“La perra parecía una gárgola esperando algo. Era increíble verla subir al techo y bajar sin caerse nunca”, recuerda Fabián Roldán.

Cuando hablamos del Yaguá, por lo tanto, nos referimos a un grupo de artistas contemporáneos de Corrientes y a un lugar descentrado, ya que nombra a distintos lugares a la vez. Lo que cambia es desde dónde se lo nombra.

Los inicios

En 2007 irrumpe en la escena de Corrientes este colectivo. Sorprende por lo diverso de sus expresiones en un medio no tan proclive a los cambios.

La aparición del grupo es realmente inesperada no solo por lo plural de la propuesta, sino por la gestión del creador y alma mater del colectivo: Richar de Itatí.

Recordemos que la escena local de los 80 y 90 estuvo representada, entre otros, por la obra de Juan Carlos Soto, Luis Llarens, José Kura, Mabel Vilchez, los hermanos José y Salvador Mizdraji, Miguel Niella, Norma Caponcelli, Chela Gómez Morilla, Carlos Longa, Esteban Gómez y Hugo Justiniano.

Simplemente, apostaron a compartir el espacio, con obras inclasificables, tanto por la forma de producción como por la modalidad de circulación de obras.

Los salones de la planta alta de La Rioja 415, frente al puerto local, fueron un lugar abierto a lo novedoso, donde los límites entre pintura, escultura y acciones performáticas estaban difuminados. Se desmarcaron de lo conocido y establecido hasta ese momento, como un proyecto práctico más que como algo intelectualizado, llevado adelante en un espacio no convencional.

Podríamos decir que se trató de algo alternativo sin ser por ello marginal. Yaguá Rincón no era un antro inaccesible, todo lo contrario, era un lugar de puertas abiertas a la sorpresa, donde se apostaba a la conversación sobre los procesos artísticos de cada uno en un ámbito de libertad y también de diversión y humor.

No ocultaban lo que allí sucedía, no había velo que correr para saber lo que pasaba puertas adentro y la contraseña de ingreso fue simplemente la curiosidad. Esta situación se manifestaba cuando Richar invitaba, cada vez que podía, a compartir algún momento en esas habitaciones atestadas de obras.

Sin dudas, uno de los logros del colectivo fue la articulación de las diferencias que llevó adelante Richar De Itatí, artista, mentor, motor del Yaguá Rincón.

Nunca sabremos del todo cómo hizo para reunir a personas y propuestas tan variadas, con algo de juvenil y “raro”, y que a la vez se apropiaban de algunas tradiciones provincianas. Visto a la distancia, ese misterio torna aún más atractivo al grupo porque guarda algo indescifrado y, por lo tanto, abierto a la indagación.

La habilidad de Richar fue lidiar con lo plural, pero también administrar las afinidades y las colaboraciones porque hubo, como en todos los grupos, muchas diferencias y tensiones.

Si trazamos un mapa generacional de los integrantes, vemos que casi todos tenían entre 25 y 45 años, que no contaban con un vasto currículum relacionado con las artes visuales, aunque es justo decir también que por entonces Richar, Fabián Roldán, George, Albert Ybarra, Pali y Mati Obregón estudiaban en el Instituto Josefina Contte. Otros eran autodidactas (lo cual no es una carencia) y todos compartían la necesidad de producir y mostrar sus trabajos que portaban un capital valioso: su talento, entusiasmo y, por qué no, sus dudas.

Hugo Justiniano lo define con claridad: “Espacio autogestionado por artistas variopintos. Taller de producción artística. Revoltijo de obras e ideas. Sala de exposición”. 

El nuevo actor social tuvo, mientras duró (entre 2007 y más allá de 2017), una identidad difícil de definir por la cantidad y variedad de individualidades que coexistieron, expresando en sus imaginarios una multiplicidad de fuentes, motivaciones, ideas y visiones del mundo. Podemos ver, sin embargo, la recurrencia a los temas identitarios del nordeste argentino: el río, el campo, la Virgen de Itatí, el Gaucho Gil, las canoas, que aparecen de manera insoslayable en las obras.

Los artistas daban cuenta de su lugar de origen y tomaron todas las veces que creyeron necesario estos elementos para recodificarlos en clave contemporánea, sin ceñirse a los criterios de literalidad ni exactitud, sino reformulados muchas veces, con un gesto de ironía.

Yaguá Rincón fue un fenómeno urbano que nació y creció en una casa del casco histórico de Corrientes, frente al puerto, mirando al río. Desde allí, los protagonistas de ese momento establecieron otra forma de producir, mostrar y vender (cuando se podía) sus obras desde una orilla del ámbito artístico local. 

La introducción de Yaguá Rincón en la escena local no fue, como era de suponer, de gran impacto público ni significó un boom en las ventas, pero tuvo un efecto considerable a mediano y largo plazo, ya que muchos de los integrantes del grupo fueron reconocidos después y hoy se encuentran consolidados en la consideración pública que nunca es masiva. 

Este hecho de dar a conocer sus obras facilitó el ingreso de nuevas generaciones de público a otra forma de ver y entender las obras en un mercado emergente pero muy reducido.

Un tema pendiente

Recuerdo haber leído en esos años Cultura y desarrollo. Una visión crítica desde los jóvenes de Néstor García Canclini y Maritza Urteaga. Las ideas planteadas en ese volumen nos sirven para pensar la situación de Yaguá Rincón. Los autores sostenían que no era fácil definir a este tipo de conjuntos sociales, hecho que plantea mucha incertidumbre a la hora de estudiar el fenómeno. Proponen llamarlos “trendsetter, emprendedores culturales, sujetos creativos u otros trabajadores precarios”.

La mayoría de los casos analizados en el libro configuran “un tipo peculiar de trabajadores, ni asalariados, ni plenamente independientes. Trabajan con proyectos de corta duración, sin contratos o en condiciones irregulares pasando de un proyecto a otro. Con frecuencia, movilizan sus competencias y creatividad en procesos cooperativos, cada vez diferentes. Deben adaptarse a clientes o encargos diversos, a la variación de los equipos, al distinto significado que adquieren los oficios artísticos y culturales en escenas diferentes”.

Esta descripción encaja para los creadores que nos ocupan. Hacían obras, generaban sus propios espacios y vendían cuando podían. Se produjo así la entrada a la escena local, pero también a un mundo laboral que apareció como “discontinuo, impreciso e informal” (García Canclini-Urteaga).

Cuando se trata de pensar la situación de los artistas emergentes en contextos de provincia como la nuestra, no solo es necesario, sino imprescindible, hablar de estos temas que suelen quedar relegados a los ámbitos de charlas privadas informales en lugar de ocupar el que merecen en la conversación pública.

A propósito, charlamos con María Paula Zacharias, editora del libro Yaguá Rincón, del sello India Ediciones, sobre la importancia de esta publicación que se presentará dentro de ArteCo 23 en la ex Usina Eléctrica de Corrientes. Tendrá una edición digital gratuita a través del Instituto de Cultura de Corrientes y una impresa que estará disponible para el público desde ese día.

—¿De qué trata este libro sobre Yaguá Rincón?

—Era una deuda pendiente escribir sobre este capítulo de la historia del arte tan valioso para Corrientes. Creo que podemos decir que los inicios del arte contemporáneo en la provincia están en este grupo que en 2007 comenzó a funcionar en una pensión en la esquina del puerto y que reunió a un grupo de artistas que empezaron a abrir el juego, a cambiar las reglas. Fue el primer colectivo de artistas contemporáneos que funcionó en esos años y los primeros que llegaron a arteBA. Muchas otras cosas lograron hacer por primera vez, como la inclusión de otros lenguajes y fueron derribando barreras como la diferencia entre arte y artesanía, artista académico o popular, chaqueños y correntinos; fueron haciendo una pequeña revolución en el arte local. 

—¿Qué te sorprendió?

—Encontré una obra muy particular y diversa de artistas muy diferentes, pero que a su vez tenían cosas en común, temas en común; sin dejar de ser muy arraigados en su tierra, tenían nuevos lenguajes dentro del arte contemporáneo. Compartían con sus antecesores una mirada sobre el paisaje, sobre ciertos tópicos de la religiosidad popular, pero llegaban con un lenguaje completamente en órbita con lo que pasaba en el resto del mundo. Una cosa muy global y muy local a la vez, que es muy difícil de lograr. Es una obra muy hermosa en todos sus matices, tanto en la obra colectiva como la obra individual de cada uno de los artistas.

—¿Hay alguna cosa parecida en esos años en Argentina o esto es bastante fuera de lo común?

—Sí, hay una tendencia en ese momento relacionado con el artista autogestivo, como es Richar de Itatí, fundador de Yaguá Rincón, que se imagina todo esto e invita a artistas a su propio cuarto de pensión a compartir el espacio, en una escena que puede ser árida, solitaria o donde no había interlocutores. Inicia su propio circuito. Yaguá Rincón empieza a nuclear a coleccionistas y empiezan a aparecer las ventas como una pequeña galería, un germen de galería, en realidad.

—En estos artistas se notaba cierta precariedad laboral, muchas veces no tenían otros trabajos o tenían trabajos infrecuentes. ¿Lo ves así?

—Claro. “Es difícil la vida del artista” decían por ahí. Es muy difícil dedicarse al arte y ser solvente, podríamos decir como máxima. Pero de todas formas, creo que se las amañaban. Quienes tenían horas de docencia podían asumir el gasto del alquiler y otros se arrimaban. Había una cosa muy colaborativa en la obra también: con lo que hay hacemos obras. Hay una generosidad que atraviesa todo: abro la puerta de mi espacio, vengan. En vez de promocionar la obra del propio fundador, se dedicó a luchar por la obra de todos. Richar le hacía fotos de la obra a todos, hacía los currículos, armaba blogs, y cosas muy insólitas que me fui enterando como ir a buscar en los cuadernos de visita de los museos mails para sumar a un mailing inventado de Yaguá Rincón para convocar a más gente a ver arte contemporáneo.

—Es conmovedor, realmente.

—Desde eso hasta mandar a imprimir imanes y cortarlos para hacer la promoción del lugar. Mucha amorosidad y mucha entrega a los demás. Es muy lindo por eso haber escrito esta historia. Me parece que hay mucho para aprender y para continuar con esta labor.

—¿Cómo es la edición?

—Es preciosa, con toda la experiencia en libros premium que tiene el sello India Ediciones. Es un libro de 300 páginas, color, con más de 200 imágenes, de 16 autores de plumas muy destacadas, como Fernanda Toccalino, Gabriel Romero, Julio Sánchez, que tienen mucho peso en la escena del arte correntina, y también hay pequeñas perlas de los propios artistas que suman textos poéticos que revelan vivencias, como los de José Mazzanti, Carlos Vivas, Alberto Ybarra. Escriben con una pluma muy fresca, muy divertida y sus observaciones son realmente geniales, como las artistas Lupicia Escobar y María Silvia Canteros, que ahora trabaja mucho en el proyecto “Yurú chupita”. Hay un pormenorizado análisis de Cleopatra Barrios y otro texto muy a fondo de Marcelo Dansey, que hace una recorrida por el arte contemporáneo federal.

—El libro llena un vacío me parece.

—El libro es un capítulo de la historia del arte que había que escribir, el primero de arte contemporáneo correntino. Me parece sumamente importante que quede este registro para el estudio porque reunimos muchas fuentes documentales, además. El libro tiene un apartado donde aparecen reproducidas notas de entonces de los diarios, revistas o catálogos de muestras, como un texto fundamental de Hugo Justiniano.

—Hermoso texto de Justiniano.

—Sí, el libro arranca con su texto histórico, pero luego hay otro actual, casi diez años después volviendo sobre esas memorias. La verdad es que logramos un libro precioso que será de distribución gratuita en la versión digital desde la página del Instituto de Cultura de Corrientes, que financia y comisiona este trabajo tan importante.

—¿Va a haber una muestra?

—Sí, en homenaje al grupo, curada por Gustavo Piñero en la ex Usina y en La Alondra, donde hay un espacio expositivo especialmente reservado para ver algunas obras históricas.

—Esto va a ser edición papel y digital ¿o solo digital?

—Estamos haciendo una impresión en un lugar especializado en libros de arte, Akian, con un cuidado absoluto. Queremos que se luzcan las imágenes de manera impecable. Porque de eso se trata, al fin de cuentas. De atesorar la historia y las obras de arte que crearon los artistas de Yaguá Rincón.

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