Alma de médico y tenacidad congénita
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Alma de médico y tenacidad congénita

Nacido en un hogar muy humilde, cuando concluyó la primaria se trazó el objetivo de continuar sus estudios en la capital provincial y trabajar para costearlos. Así, se recibió de bachiller y después ingresó a Medicina. Graduado de médico volvió a su pueblo y con los años pudo instalar su propio sanatorio. Hoy, jubilado, repasa su vida y diversos aspectos de una profesión que abrazó tenazmente.
 

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Fachada. El sanatorio cerró y en el lugar abrirán un local comercial.
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Familia. Los Balmaceda posan en una de las tantas imágenes familiares que atesoran en Ituzaingó.

Gustavo Lescano
glescano@ellitoral.com.ar

“Mi abuelo decía que no servía para el campo. El más chico de mis hermanos ayudaba en todo, pero yo no servía. Yo quería estudiar”. Siguiendo esa misión de vida, aquel pequeño Clemente Argentino de la década del 50 trazó su rumbo. Y muchas señales lo ayudaron a seguir ese camino, como faros luminosos en medio de un mar de incertidumbres en el que parecía estar inmerso en su Ituzaingó natal. 
Algunas de esas luminarias fueron los versos de Almafuerte que recitaba de memoria su abuelo en campos cercanos al Iberá, mientras el chico le cebaba unos mates: “No te sientas vencido, ni aun vencido… No te sientas esclavo ni aun esclavo…”. 
También resonaban en su cabeza las palabras de aquel maestro de primaria que machacaba en que “hay que estudiar para ser alguien, sino hombrearán bolsas siempre”. Pero sobre todo le quedó marcado el poema del venezolano Elías Calixto Pompa: “Estudia, y no serás, cuando crecido, ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos…”.
Estos enunciados conformaron el combustible necesario para transitar una larga senda de sacrificios que conformaron la vida del doctor Clemente Argentino Balmaceda, el protagonista de esta historia. 
El fue aquel niño ituzaingueño, nacido el 25 de mayo de 1944, que a mediados del siglo XXI vivía en una humilde casita de la zona urbana y soñaba con seguir estudiando. Su papá, Clemente Balmaceda, era peón de campo y hacía las más variadas changas; su mamá, María de Jesús Ojeda de Balmaceda, era ama de casa. Y a Clemente le decían “Mento”, porque lo asociaban a una pastillita de menta y él se enojaba mucho. Tenía ocho hermanos y era el del medio, por lo cual estaba en una situación incómoda y resultaba casi inevitable ser blanco de lo que hoy se denomina “bullying”. 
Cada tanto, “Mento” iba a lo del abuelo Samuel Ojeda, en campos de Cambyretá, cerca de los esteros de aguas brillantes. Allí escuchaba de boca de él los versos del Martín Fierro y los de Almafuerte. Después de aquellas enseñanzas recitadas, el pequeño ya nunca fue el mismo. 
Por si fuera poco, en la escuela de la zona escuchó los consejos de apostar a continuar con los estudios, que con énfasis les daba el maestro Julio Codermatz, “quien me abrió los ojos”, recuerda. El docente, cuya escuelita rural hoy lleva su nombre, le dio un fuerte envión cuando recomendó a los alumnos con los que Clemente egresó de la primaria: “Si no estudian, serán nadie. Deben ir a estudiar a la ciudad”. El proyecto de vida para salir de la pobreza quedó consolidado. 
“De la escuela volvía a casa y reflexionaba. Le decía a mamá que quería estudiar, pero ella me planteaba ‘¿Y cómo vamos a hacer, si no tenemos plata?’. Yo le contestaba muy seguro: ‘Voy a ir a trabajar a una casa de familia y estudiaré’. Yo sé lo que es la pobreza. Y siempre quise salir adelante”, resume el hoy jubilado doctor Balmaceda en diálogo con El Litoral. 
  
En la ciudad capital 
Como testimonio de sacrificios, de legado familiar, de resumen de vida que le pueda servir de inspiración a alguien, Balmaceda contó su historia, acompañado por su hijo Alejandro, quien hizo de apuntador en el relato de algunos pasajes de la historia del padre que por el paso del tiempo quedan un poco en la nebulosa. 
Cuando “Mento” terminó la primaria y convenció a su familia de que lo dejaran ir a la ciudad de Corrientes, supo muy bien lo que quería: “Dije que quería estudiar y que iba a trabajar para costear mis estudios, y así fue. Entré a una casa de familia, donde hacía los mandados y, de esa manera, pude seguir estudiando”, acota. 
“Estudié en la Escuela Belgrano, en la nocturna, mientras hacía changas de día. Luego me consiguieron un trabajo en el diario El Litoral, como cadete, cuando estaban en la casona de calle Belgrano casi Santa Fe. Allí limpiaba el lugar, hacía mandados y vivía en el barrio Cambá Cuá, en una casa de familia. Yo quería estudiar, ser alguien”, subraya y aclara: “En ese momento no se me cruzaba por la cabeza ser médico, eh”. 
En su paso por la nocturna recuerda que “éramos como trescientos y yo fui el único que pasé a segundo. Luego, rindiendo libre, llegué a tercer año”. 
 A esa altura los cambios en su vida se hicieron constantes, siempre en busca del destino que se había fijado: “El tercero lo cursé en la Regional, pero después, como no quise ser maestro, elegí el bachiller y me fui al Colegio Nacional. En esos momentos trabajaba en El Litoral, pero ya en la oficina. Uno de los empleados me dijo un día: ‘Para qué estudiás bachiller si vos nunca vas a ser profesional…’. Y uno, que siempre la venía luchando, decidió seguir adelante con más ímpetu”. 
Por esos años, de final del secundario, Clemente cosechó muchos amigos, entre ellos Jorge Romero, hijo del ex gobernador Julio Romero. “Con Jorge éramos como hermanos, al igual que con Angel Picasso”, nombra y la emoción lo embarga hasta las lágrimas, como si los volviera a ver. 
La hermandad fue tanta que al recordarlos dispara miles de anécdotas sobre aquel viaje de fin de curso que hicieron en tren a Brasil, en el cual fueron por Paso de los Libres hasta Porto Alegre. “Veníamos ahorrando hacía bastante tiempo, juntábamos fondos haciendo rifas y bailes. Fue inolvidable”, sintetiza aún conmovido por los recuerdos de la adolescencia y juventud. 
Durante esos años de esfuerzos, aquel pibe de Ituzaingó logró su primer gran objetivo y empezó un nuevo desafío: “Me recibí de bachiller y dije: ‘Bueno, tengo que ser alguien’. ¿Abogado? Definitivamente, no. Entonces dije sin muchas vueltas: ‘Voy a ser médico’. Y así comencé a estudiar Medicina y, por supuesto, seguía trabajando para costearme los estudios”. 
  
Vida universitaria 
“En la facultad conocí a mucha gente de otras provincias y hasta a un peruano”, indica y recuerda ese primer año de universidad, no tanto por los libros sino por el trabajo que tuvo que desarrollar en paralelo para costearse los estudios: “Entré a trabajar al Hospital Psiquiátrico mientras estudiaba Medicina, jaja”.  
“Con lo que ganaba me pagaba el estudio. Vivía por Perú y Quintana, en una casa de familia. Iba al comedor universitario, era muy barato, y funcionaba en Córdoba y 9 de Julio. Eran años muy buenos, tenía muchos amigos. No era complicado, había que estudiar nomás”, resume. 
Entre tantos libros de anatomía logró avanzar con los estudios, hasta que el joven Balmaceda se mudó al Hospital Vidal… literalmente. “Conocí al doctor Nicolini, quien era profesor emérito de la facultad y me quería mucho. Al Vidal me fui a trabajar ad honorem, cuando era practicante, y me metí en la sala uno y dos. Yo quería aprender y cuando se lo dije al doctor Nicolini, me dijo: ‘Bueno, si quiere, acá hay mucho por aprender’. Y así fue: siempre estuve a las 7 de la mañana cuando él llegaba, y me iba a las 13 cuando se retiraba. Fue maravilloso”, acentúa con una amplia sonrisa.  
“En el Hospital Vidal había un pabellón, de tres pisos, y en el último habitaban los que ya estaban por recibirse y tenían todas las materias hechas. Ahí, para vivir, no se pagaba nada. Cuando vieron que trabajaba y estudiaba, me ofrecieron si quería mudarme con los del último año. Yo estaba en el segundo o tercer año de Medicina. Ahí teníamos pieza y comida”, destaca. 
“Esos estudiantes casi recibidos me conocían porque en el primer año yo jugaba al fútbol y salimos campeones ganándoles. Yo jugaba de delantero, corría muy rápido, entonces decidieron llevarme a vivir con ellos y ¡sumarme a su equipo! Jajaja”. 
  
Desde la ventana del Vidal 
El inquieto estudiante de Medicina miraba todos los días la calle desde la ventana de su pieza del pabellón de los “casi médicos”, en las alturas del edificio del Hospital Vidal. Desde allí la vio y se enamoró de Alicia Antonia Kurylowicz, una joven universitaria oriunda del Chaco que cursaba Agronomía, y frente al centro de salud atendía con su madre un almacén. 
 “Hablamos, fuimos amigos y después novios”, cuenta Balmaceda. Con ella formó una familia y tuvieron una hija, la mayor, Silvia Carolina, “Pompi”, y el segundo hijo, Alejandro, quien ya nació estando en Ituzaingó, localidad a la que después se fueron a vivir como familia y donde permanecen hasta la actualidad. Pero antes de eso, la pareja debió afrontar en la capital provincial varias dificultades y carencias, aunque algunos casos ahora ya forman parte del anecdotario familiar. Por ejemplo: el médico pasó su luna de miel en el hospital, porque le salió una guardia de 24 horas y había que cumplir. 
Por su parte, Alicia Antonia no pudo seguir con sus estudios universitarios porque debió continuar trabajando con su madre en el local familiar, y poco después consiguió un puesto en el Ministerio de Agricultura. 
“Me recibí el 21 de mayo de 1973 y luego me casé con ella. Así comenzamos una nueva historia”, indica Clemente. 
“En el Vidal hacía todo tipo de atenciones, no realicé una especialidad médica porque para eso tenía que ir a otra ciudad, a Rosario, por ejemplo, pero no tenía plata”, recuerda “Mento” y resalta que por su cabeza siempre rondaba la idea de volver a Ituzaingó: “Sabía que como médico tenía que hacer de todo y para regresar a mi pueblo tenía que saber hacer de todo”. 
En efecto, a mediados de los 70 decidieron viajar a Ituzaingó con su mujer y probar suerte para radicarse allí. Sin embargo, sólo estuvieron un par de años, porque Alicia no se halló. Entonces, volvieron a la ciudad de Corrientes y en ese tiempo nació su primera hija, “Pompi”: era enero del 76. 
  
La vuelta del doctor
El joven médico continuaba atendiendo en el Hospital Vidal y era profesor de la Facultad de Medicina, “pero mi sueldo era una zoncera, apenas nos alcanzaba para llegar a fin de mes”. La crisis económica se profundizó en el país y la endeble situación provincial hizo que el mayor impacto recayera sobre las clases media y baja. En este contexto, los Balmaceda retomaron la idea inicial de instalarse en Ituzaingó. Por esos años, la construcción de la represa hidroeléctrica Yacyretá generó no sólo una gran migración de trabajadores a la pequeña localidad del norte correntino, sino también un enorme flujo de recursos. “En Ituzaingó gané mejor y ya nos quedamos”, acota Clemente. 
La familia se instaló en una casa lindante a la de los padres de “Mento”, quien había pedido su traslado del Vidal al hospital ituzaingueño. Además, “hice mi consultorio particular en una piecita que me dieron del gobierno y estaba frente al hospital. Atendía de todo, porque era médico general: sabía de todo”, insiste en recalcar como si aún viera una larga fila de personas en un pasillo del centro de salud. 
“Ituzaingó era un pueblito de dos mil habitantes, pero después creció mucho a partir de la construcción de la represa. Fue todo de golpe: seis mil obreros llegaron a la localidad casi al mismo tiempo, era como una invasión, no había dónde dormir y muchos lo hacían en las plazas”, recuerda. 
“A medida que se instalaba más gente, empezó a haber mucha más demanda sanitaria y el hospital no daba abasto. Entonces, empecé a desarrollarme en la parte privada. Ahí gané bien y pude abrir mi propio sanatorio”, indica, mientras mira una foto actual de la descolorida fachada del establecimiento médico. Entonces, hace silencio por un par de segundos... piensa... recuerda... se emociona. Luego, se repone rápido y continúa con el relato. 
Aquel sanatorio “San Juan” comenzó como un consultorio: una piecita y un baño. Pero luego se amplió a dos habitaciones, para atender partos, y poco después sumó varias habitaciones más. “Yo solo atendía y después vino otro médico, que necesitaba trabajo y me ayudaba a atender”, señala Balmaceda. 
El lugar era muy familiar. La madre de Clemente era la cocinera del sanatorio, la esposa ayudaba en la oficina, era administrativa, aunque también si era necesario colaboraba en los partos. A ellos se les sumaron enfermeras, que también asistían en todo al galeno (“como Severa, quien estuvo muchos años, además de Cecilia y Antonia”, indica). 
Con los años, Balmaceda instaló una sala de cirugía (“hice la primera cesárea del pueblo”, subraya) y compró equipamiento para radiología y ecografía, con lo cual el sanatorio llegó a su techo de desarrollo.  
“Estaba previsto hacer tres pisos, pero quedó en uno solo, por varias circunstancias”, cuenta el doctor y después sintetiza todo en una sola frase: “Cuando terminó la represa, terminó todo”. 
De todos modos, el médico siguió adelante con su emprendimiento y trabajó “hasta que me dio el cuero”, dice. Hoy está jubilado y disfruta de sus dos pequeños nietos, Nicolás y Agustín (hijos de Alejandro), “pero como médico sigo en actividad, eh”, dice y lanza una carcajada. 
“Suelo encontrarme con pacientes de años y hay algunos que me dicen que les salvé la vida y me agradecen. Eso me genera orgullo y es una muestra de que en mi vida hice muchas cosas”, expresa y vuelven los segundos de silencio en la charla. 
“Ser médico es ser alguien que debe servir sin tener en cuenta la plata del paciente. Yo atendía a mucha gente humilde que no tenía dinero, pero ellos iban al consultorio porque sabía que yo la iba a atender de todas formas. Y muchos, cuando tenían plata, venían y me pagaban, o me traían queso, huevos, miel…”. 
Con esta breve reflexión sobre qué significa para él ser médico y la valorización del paciente, el doctor Clemente Argentino Balmaceda concluye la entrevista sobre su vida.  Una historia de perseverancia congénita se podría decir, por ese empeño innato que afloró al momento de decidir continuar con sus estudios, primero, lograr después ser un profesional y dedicarse de lleno a una actividad a la que también abrazó tenazmente. Y si bien al jubilarse ya colgó el estetoscopio y el guardapolvo, el alma de médico se mantiene hoy en su ser, tanto como aquellos versos inoxidables: “No te sientas vencido, ni aun vencido… No te sientas esclavo, ni aun esclavo…”. 

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De la muerte a la vida

El doctor Balmaceda contó un dramático caso que le tocó atender, el de una mujer a punto de dar a luz que se descompuso, no tenía signos vitales, como tampoco la criatura, por lo que tuvo que operarla de urgencia y reanimarla. Así, volvió a la vida y nació su bebé. “No sé si fue un milagro, sólo me encomendé a Dios”, indicó. “No latía más el corazón, era una embarazada y estaba con eclampsia. Estaba tirada en el suelo porque no llegó a la sala de parto y el esposo me decía. ‘Sálvela, doctor, sálvela a mi señora’. Ausculté su corazón y no latía, la pinchaba y no reaccionaba. Y no oía latidos de la criatura tampoco. Entonces dije: ‘Que se haga lo que Dios quiera’. Y operé a ambos, haciéndoles también reanimación. Los dos volvieron a la vida”, indicó aún emocionado. 
“¿Cree que fue un milagro?”, le preguntó El Litoral. “Y no sé, yo hice lo que tenía que hacer. Me encomendé a Dios…”, recuerda y se emociona profundamente. Las palabras no le salen... pero con un posterior y profundo silencio tal vez dio la respuesta.

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Alma de médico y tenacidad congénita

Nacido en un hogar muy humilde, cuando concluyó la primaria se trazó el objetivo de continuar sus estudios en la capital provincial y trabajar para costearlos. Así, se recibió de bachiller y después ingresó a Medicina. Graduado de médico volvió a su pueblo y con los años pudo instalar su propio sanatorio. Hoy, jubilado, repasa su vida y diversos aspectos de una profesión que abrazó tenazmente.
 

Gustavo Lescano
glescano@ellitoral.com.ar

“Mi abuelo decía que no servía para el campo. El más chico de mis hermanos ayudaba en todo, pero yo no servía. Yo quería estudiar”. Siguiendo esa misión de vida, aquel pequeño Clemente Argentino de la década del 50 trazó su rumbo. Y muchas señales lo ayudaron a seguir ese camino, como faros luminosos en medio de un mar de incertidumbres en el que parecía estar inmerso en su Ituzaingó natal. 
Algunas de esas luminarias fueron los versos de Almafuerte que recitaba de memoria su abuelo en campos cercanos al Iberá, mientras el chico le cebaba unos mates: “No te sientas vencido, ni aun vencido… No te sientas esclavo ni aun esclavo…”. 
También resonaban en su cabeza las palabras de aquel maestro de primaria que machacaba en que “hay que estudiar para ser alguien, sino hombrearán bolsas siempre”. Pero sobre todo le quedó marcado el poema del venezolano Elías Calixto Pompa: “Estudia, y no serás, cuando crecido, ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos…”.
Estos enunciados conformaron el combustible necesario para transitar una larga senda de sacrificios que conformaron la vida del doctor Clemente Argentino Balmaceda, el protagonista de esta historia. 
El fue aquel niño ituzaingueño, nacido el 25 de mayo de 1944, que a mediados del siglo XXI vivía en una humilde casita de la zona urbana y soñaba con seguir estudiando. Su papá, Clemente Balmaceda, era peón de campo y hacía las más variadas changas; su mamá, María de Jesús Ojeda de Balmaceda, era ama de casa. Y a Clemente le decían “Mento”, porque lo asociaban a una pastillita de menta y él se enojaba mucho. Tenía ocho hermanos y era el del medio, por lo cual estaba en una situación incómoda y resultaba casi inevitable ser blanco de lo que hoy se denomina “bullying”. 
Cada tanto, “Mento” iba a lo del abuelo Samuel Ojeda, en campos de Cambyretá, cerca de los esteros de aguas brillantes. Allí escuchaba de boca de él los versos del Martín Fierro y los de Almafuerte. Después de aquellas enseñanzas recitadas, el pequeño ya nunca fue el mismo. 
Por si fuera poco, en la escuela de la zona escuchó los consejos de apostar a continuar con los estudios, que con énfasis les daba el maestro Julio Codermatz, “quien me abrió los ojos”, recuerda. El docente, cuya escuelita rural hoy lleva su nombre, le dio un fuerte envión cuando recomendó a los alumnos con los que Clemente egresó de la primaria: “Si no estudian, serán nadie. Deben ir a estudiar a la ciudad”. El proyecto de vida para salir de la pobreza quedó consolidado. 
“De la escuela volvía a casa y reflexionaba. Le decía a mamá que quería estudiar, pero ella me planteaba ‘¿Y cómo vamos a hacer, si no tenemos plata?’. Yo le contestaba muy seguro: ‘Voy a ir a trabajar a una casa de familia y estudiaré’. Yo sé lo que es la pobreza. Y siempre quise salir adelante”, resume el hoy jubilado doctor Balmaceda en diálogo con El Litoral. 
  
En la ciudad capital 
Como testimonio de sacrificios, de legado familiar, de resumen de vida que le pueda servir de inspiración a alguien, Balmaceda contó su historia, acompañado por su hijo Alejandro, quien hizo de apuntador en el relato de algunos pasajes de la historia del padre que por el paso del tiempo quedan un poco en la nebulosa. 
Cuando “Mento” terminó la primaria y convenció a su familia de que lo dejaran ir a la ciudad de Corrientes, supo muy bien lo que quería: “Dije que quería estudiar y que iba a trabajar para costear mis estudios, y así fue. Entré a una casa de familia, donde hacía los mandados y, de esa manera, pude seguir estudiando”, acota. 
“Estudié en la Escuela Belgrano, en la nocturna, mientras hacía changas de día. Luego me consiguieron un trabajo en el diario El Litoral, como cadete, cuando estaban en la casona de calle Belgrano casi Santa Fe. Allí limpiaba el lugar, hacía mandados y vivía en el barrio Cambá Cuá, en una casa de familia. Yo quería estudiar, ser alguien”, subraya y aclara: “En ese momento no se me cruzaba por la cabeza ser médico, eh”. 
En su paso por la nocturna recuerda que “éramos como trescientos y yo fui el único que pasé a segundo. Luego, rindiendo libre, llegué a tercer año”. 
 A esa altura los cambios en su vida se hicieron constantes, siempre en busca del destino que se había fijado: “El tercero lo cursé en la Regional, pero después, como no quise ser maestro, elegí el bachiller y me fui al Colegio Nacional. En esos momentos trabajaba en El Litoral, pero ya en la oficina. Uno de los empleados me dijo un día: ‘Para qué estudiás bachiller si vos nunca vas a ser profesional…’. Y uno, que siempre la venía luchando, decidió seguir adelante con más ímpetu”. 
Por esos años, de final del secundario, Clemente cosechó muchos amigos, entre ellos Jorge Romero, hijo del ex gobernador Julio Romero. “Con Jorge éramos como hermanos, al igual que con Angel Picasso”, nombra y la emoción lo embarga hasta las lágrimas, como si los volviera a ver. 
La hermandad fue tanta que al recordarlos dispara miles de anécdotas sobre aquel viaje de fin de curso que hicieron en tren a Brasil, en el cual fueron por Paso de los Libres hasta Porto Alegre. “Veníamos ahorrando hacía bastante tiempo, juntábamos fondos haciendo rifas y bailes. Fue inolvidable”, sintetiza aún conmovido por los recuerdos de la adolescencia y juventud. 
Durante esos años de esfuerzos, aquel pibe de Ituzaingó logró su primer gran objetivo y empezó un nuevo desafío: “Me recibí de bachiller y dije: ‘Bueno, tengo que ser alguien’. ¿Abogado? Definitivamente, no. Entonces dije sin muchas vueltas: ‘Voy a ser médico’. Y así comencé a estudiar Medicina y, por supuesto, seguía trabajando para costearme los estudios”. 
  
Vida universitaria 
“En la facultad conocí a mucha gente de otras provincias y hasta a un peruano”, indica y recuerda ese primer año de universidad, no tanto por los libros sino por el trabajo que tuvo que desarrollar en paralelo para costearse los estudios: “Entré a trabajar al Hospital Psiquiátrico mientras estudiaba Medicina, jaja”.  
“Con lo que ganaba me pagaba el estudio. Vivía por Perú y Quintana, en una casa de familia. Iba al comedor universitario, era muy barato, y funcionaba en Córdoba y 9 de Julio. Eran años muy buenos, tenía muchos amigos. No era complicado, había que estudiar nomás”, resume. 
Entre tantos libros de anatomía logró avanzar con los estudios, hasta que el joven Balmaceda se mudó al Hospital Vidal… literalmente. “Conocí al doctor Nicolini, quien era profesor emérito de la facultad y me quería mucho. Al Vidal me fui a trabajar ad honorem, cuando era practicante, y me metí en la sala uno y dos. Yo quería aprender y cuando se lo dije al doctor Nicolini, me dijo: ‘Bueno, si quiere, acá hay mucho por aprender’. Y así fue: siempre estuve a las 7 de la mañana cuando él llegaba, y me iba a las 13 cuando se retiraba. Fue maravilloso”, acentúa con una amplia sonrisa.  
“En el Hospital Vidal había un pabellón, de tres pisos, y en el último habitaban los que ya estaban por recibirse y tenían todas las materias hechas. Ahí, para vivir, no se pagaba nada. Cuando vieron que trabajaba y estudiaba, me ofrecieron si quería mudarme con los del último año. Yo estaba en el segundo o tercer año de Medicina. Ahí teníamos pieza y comida”, destaca. 
“Esos estudiantes casi recibidos me conocían porque en el primer año yo jugaba al fútbol y salimos campeones ganándoles. Yo jugaba de delantero, corría muy rápido, entonces decidieron llevarme a vivir con ellos y ¡sumarme a su equipo! Jajaja”. 
  
Desde la ventana del Vidal 
El inquieto estudiante de Medicina miraba todos los días la calle desde la ventana de su pieza del pabellón de los “casi médicos”, en las alturas del edificio del Hospital Vidal. Desde allí la vio y se enamoró de Alicia Antonia Kurylowicz, una joven universitaria oriunda del Chaco que cursaba Agronomía, y frente al centro de salud atendía con su madre un almacén. 
 “Hablamos, fuimos amigos y después novios”, cuenta Balmaceda. Con ella formó una familia y tuvieron una hija, la mayor, Silvia Carolina, “Pompi”, y el segundo hijo, Alejandro, quien ya nació estando en Ituzaingó, localidad a la que después se fueron a vivir como familia y donde permanecen hasta la actualidad. Pero antes de eso, la pareja debió afrontar en la capital provincial varias dificultades y carencias, aunque algunos casos ahora ya forman parte del anecdotario familiar. Por ejemplo: el médico pasó su luna de miel en el hospital, porque le salió una guardia de 24 horas y había que cumplir. 
Por su parte, Alicia Antonia no pudo seguir con sus estudios universitarios porque debió continuar trabajando con su madre en el local familiar, y poco después consiguió un puesto en el Ministerio de Agricultura. 
“Me recibí el 21 de mayo de 1973 y luego me casé con ella. Así comenzamos una nueva historia”, indica Clemente. 
“En el Vidal hacía todo tipo de atenciones, no realicé una especialidad médica porque para eso tenía que ir a otra ciudad, a Rosario, por ejemplo, pero no tenía plata”, recuerda “Mento” y resalta que por su cabeza siempre rondaba la idea de volver a Ituzaingó: “Sabía que como médico tenía que hacer de todo y para regresar a mi pueblo tenía que saber hacer de todo”. 
En efecto, a mediados de los 70 decidieron viajar a Ituzaingó con su mujer y probar suerte para radicarse allí. Sin embargo, sólo estuvieron un par de años, porque Alicia no se halló. Entonces, volvieron a la ciudad de Corrientes y en ese tiempo nació su primera hija, “Pompi”: era enero del 76. 
  
La vuelta del doctor
El joven médico continuaba atendiendo en el Hospital Vidal y era profesor de la Facultad de Medicina, “pero mi sueldo era una zoncera, apenas nos alcanzaba para llegar a fin de mes”. La crisis económica se profundizó en el país y la endeble situación provincial hizo que el mayor impacto recayera sobre las clases media y baja. En este contexto, los Balmaceda retomaron la idea inicial de instalarse en Ituzaingó. Por esos años, la construcción de la represa hidroeléctrica Yacyretá generó no sólo una gran migración de trabajadores a la pequeña localidad del norte correntino, sino también un enorme flujo de recursos. “En Ituzaingó gané mejor y ya nos quedamos”, acota Clemente. 
La familia se instaló en una casa lindante a la de los padres de “Mento”, quien había pedido su traslado del Vidal al hospital ituzaingueño. Además, “hice mi consultorio particular en una piecita que me dieron del gobierno y estaba frente al hospital. Atendía de todo, porque era médico general: sabía de todo”, insiste en recalcar como si aún viera una larga fila de personas en un pasillo del centro de salud. 
“Ituzaingó era un pueblito de dos mil habitantes, pero después creció mucho a partir de la construcción de la represa. Fue todo de golpe: seis mil obreros llegaron a la localidad casi al mismo tiempo, era como una invasión, no había dónde dormir y muchos lo hacían en las plazas”, recuerda. 
“A medida que se instalaba más gente, empezó a haber mucha más demanda sanitaria y el hospital no daba abasto. Entonces, empecé a desarrollarme en la parte privada. Ahí gané bien y pude abrir mi propio sanatorio”, indica, mientras mira una foto actual de la descolorida fachada del establecimiento médico. Entonces, hace silencio por un par de segundos... piensa... recuerda... se emociona. Luego, se repone rápido y continúa con el relato. 
Aquel sanatorio “San Juan” comenzó como un consultorio: una piecita y un baño. Pero luego se amplió a dos habitaciones, para atender partos, y poco después sumó varias habitaciones más. “Yo solo atendía y después vino otro médico, que necesitaba trabajo y me ayudaba a atender”, señala Balmaceda. 
El lugar era muy familiar. La madre de Clemente era la cocinera del sanatorio, la esposa ayudaba en la oficina, era administrativa, aunque también si era necesario colaboraba en los partos. A ellos se les sumaron enfermeras, que también asistían en todo al galeno (“como Severa, quien estuvo muchos años, además de Cecilia y Antonia”, indica). 
Con los años, Balmaceda instaló una sala de cirugía (“hice la primera cesárea del pueblo”, subraya) y compró equipamiento para radiología y ecografía, con lo cual el sanatorio llegó a su techo de desarrollo.  
“Estaba previsto hacer tres pisos, pero quedó en uno solo, por varias circunstancias”, cuenta el doctor y después sintetiza todo en una sola frase: “Cuando terminó la represa, terminó todo”. 
De todos modos, el médico siguió adelante con su emprendimiento y trabajó “hasta que me dio el cuero”, dice. Hoy está jubilado y disfruta de sus dos pequeños nietos, Nicolás y Agustín (hijos de Alejandro), “pero como médico sigo en actividad, eh”, dice y lanza una carcajada. 
“Suelo encontrarme con pacientes de años y hay algunos que me dicen que les salvé la vida y me agradecen. Eso me genera orgullo y es una muestra de que en mi vida hice muchas cosas”, expresa y vuelven los segundos de silencio en la charla. 
“Ser médico es ser alguien que debe servir sin tener en cuenta la plata del paciente. Yo atendía a mucha gente humilde que no tenía dinero, pero ellos iban al consultorio porque sabía que yo la iba a atender de todas formas. Y muchos, cuando tenían plata, venían y me pagaban, o me traían queso, huevos, miel…”. 
Con esta breve reflexión sobre qué significa para él ser médico y la valorización del paciente, el doctor Clemente Argentino Balmaceda concluye la entrevista sobre su vida.  Una historia de perseverancia congénita se podría decir, por ese empeño innato que afloró al momento de decidir continuar con sus estudios, primero, lograr después ser un profesional y dedicarse de lleno a una actividad a la que también abrazó tenazmente. Y si bien al jubilarse ya colgó el estetoscopio y el guardapolvo, el alma de médico se mantiene hoy en su ser, tanto como aquellos versos inoxidables: “No te sientas vencido, ni aun vencido… No te sientas esclavo, ni aun esclavo…”.