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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

El fracaso del Mercosur

POR ALBERTO MEDINA MENDEZ

Los líderes de la región sellaron hace un cuarto de siglo una alianza regional. Tenían la convicción de que la tarea mancomunada de este grupo de naciones permitiría emular experiencias parecidas, y de ese modo obtener resultados similares a los que Europa ya venía consiguiendo.

La historia ha sido lapidaria y no deja lugar a dudas. El tiempo transcurrido no opera por sí mismo y los discursos no son suficientes para obtener progresos significativos. Cuatro naciones, Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina no lograron el objetivo y hoy el Mercosur naufraga a la deriva, sin rumbo alguno.

Sería fácil caer en la simplificación de decir que los gobiernos de estos países no hicieron los deberes, que no se cumplieron los objetivos por mera negligencia política, por desidia, o porque jamás fue una prioridad para ningún gobierno. Algo de eso es cierto, pero no ha sido sólo eso.

Las crisis económicas y políticas existieron. Cuando no ocurría en uno de los países miembros, sucedía en el otro, y nunca parecía ser el momento oportuno para encaminar la tarea por el sendero adecuado.

Pero tal vez las explicaciones tendrían que buscarse en otras cuestiones mucho más profundas. Describirlas servirá, al menos, para comprender qué es lo que realmente ha ocurrido y usar esa experiencia para evitar nuevos tropiezos como el actual, que a estas alturas, ya es inocultable.

El sueño de conformar un bloque regional se sostenía sobre la ilusión de darle cierta escala, una dimensión superior, un mercado más atractivo y seductor, a posibles acuerdos posteriores con otras regiones del mundo.

La primera fase consistía en algo que parecía bastante simple, pero que jamás se logró. La idea era integrar estos mercados, conseguir que se complementen actividades económicas y se combinen talentos de un modo inteligente para luego, desde ahí, recién ir por más.

Eso no se consiguió, porque a poco de andar comenzaron los inconvenientes, las diferencias, las discusiones y ese eterno reflejo defensivo que poco aporta al progreso sustentable.

Habrá que sincerarse y asumir que estas naciones, pero no sólo sus gobernantes, sino fundamentalmente sus ciudadanos, no tienen la suficiente vocación de cooperación. Existe una desconfianza generalizada en la población, que aún razona en términos binarios, donde sólo conviven ganadores y perdedores.

Es imposible lograr una sociedad allí donde la confianza no existe. No se puede crecer, ni triunfar, ni progresar, si no se tiene la determinación de  trabajar en equipo. Si no se entiende qué hacer en forma solitaria es inconducente y que sumando habilidades se obtienen mejores resultados, poco se puede avanzar en materia de integración genuina.

En estos países siempre ha primado esa visión mezquina de mirar cuánto gana el otro, qué beneficios obtiene el de al lado, sin detenerse en el enorme provecho que se logra aquí mismo con esa tarea conjunta. La discusión eterna de ver quién se devora a quien, de poner el foco en lo que se pierde para no ceder un centímetro, en vez de concentrarse en las oportunidades que aparecen como producto de la nueva situación, ha sido definitivamente el gran escollo.

Es evidente que bajo estos paradigmas de recelos y sospechas, nada bueno puede lograrse. No menos cierto es que los intereses locales de muchas corporaciones se han ocupado de poner múltiples trabas a los avances. Es que muchas industrias, en cada una de estas naciones, han sobrevivido en base a privilegios, subsidios, prerrogativas y ventajas arancelarias. Ellos saben que asumir el final de esos favores implicaría extinguirse.

Sobre esa vetusta teoría se sostienen esos sectores ineficientes que someten a los consumidores locales a pagar más dinero por mercancías, inclusive de peor calidad, que se obtienen a menor valor en cualquier otro lugar del planeta.

Este perverso juego en el que los gobiernos domésticos son los principales socios de estas industrias ineficaces y voceros de sus intereses, ha hecho que se prioricen estas prácticas proteccionistas por sobre el bienestar de los ciudadanos, constituyéndose en un obstáculo permanente frente a cada nuevo intento de dar pasos firmes.

Un desvío extra fue el delirio que impulsaron un grupo de líderes de estos países pretendiendo convertir este acuerdo económico en una alianza política regional, sin comprender que el comercio une a los pueblos por sobre las circunstancias políticas de corto plazo.

El modo correcto de relacionarse entre las comunidades de diferentes naciones, no pasa por comulgar idénticas ideas, ni por elegir gobiernos de similares sesgos políticos. Esa no es la función de un acuerdo de esta naturaleza. La misión principal es comerciar, establecer vínculos de intercambio voluntario donde todas las partes obtengan beneficios y la interacción potencie el crecimiento de todos sus integrantes.

Las enseñanzas de la integración florecen. Más allá de los numerosos casos de éxito que existen en el mundo desarrollado, en este continente, Chile es el país que exhibe resultados irreprochables, dignos de ser analizados. El vecino país, tiene más de 50 tratados de libre comercio. Eso le ha permitido liderar casi todos los rankings de América Latina en materia de indicadores de desarrollo en lo económico y también en lo social.

 El camino a recorrer está muy claro. La integración regional y global es inevitable. No hacerlo tiene enormes costos. Los países más aislados son los que menor progreso consiguieron hasta aquí. Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, tienen otras alternativas distintas al fracasado Mercosur. Cada uno de ellos, podrá insistir en lo retórico y emotivo, pero intentarán buscar sus propios senderos para un mejor porvenir.

Para eso, es importante primero tomar una decisión superadora. Integrarse implica hacer esfuerzos, en ese trayecto los mejores pueden triunfar y los sectores ineficaces se tendrán que reconvertir o desaparecerán. Si no se está dispuesto a hacer lo necesario, la realidad hará su parte y condenará a estas naciones a nuevas derrotas y a una pobreza interminable.

ALBERTOMEDINAMENDEZ@GMAIL.COM

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TWITTER: @AMEDINAMENDEZ

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