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La calle grita

La calle se hace oír. Se hace carne. Grita a los cuatro vientos frases memorables escritas con alma y vida. 

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Frases con la capacidad de síntesis. Inteligentes de gran fortaleza. Leyendas fijadas en paredes junto al corazón urbano del pueblo. Ha sido en los países y en Argentina, una forma de llegada masiva a través de la expresión y la capacidad creativa que con muy poco logra decir muchas cosas, sin perder la urgencia ni la elocuencia enfática. 
Quién no recuerda aquella frase callejera que nos ubica en el tiempo: “Ni rusos ni yanquis, neutralidad”, cuando la Guerra Fría instaló en el mundo el tablero donde varias partidas cambiaban permanentemente de frente sin llegar a ninguna guerra en concreto. Pero sí mantenernos ocupados y preocupados porque una jugada cambie de mano.
Argentina desarrolló, al cabo de su historia, una gran capacidad para el humor y la fina ironía para exaltar o defenestrar una causa, un partido, un político, siguiendo las reglas básicas de la creatividad publicitaria: buena imagen y breve texto que argumente directamente una idea, con la facilidad de la comprensión inmediata, con fuerza y determinación.
El 24 de mayo de 1863 se funda el periódico dominical argentino “El Mosquito”, con motivación satírico-burlesca en el que se dieron todas las críticas, muy especialmente al poder, que más de una vez la indignación ganó al carácter de los políticos, por el mensaje de textos y dibujos caricaturescos, que sonaba a descarnada burla pública. Sus consideraciones marcaban de alguna manera como una fiscalía ejercida por los ciudadanos, tomándose en sorna a los indignados poderosos. 
Podría decirse lo mismo de “Caras y Caretas” que inicia, de la mano de Eustaquio Pellicer, en 1898 su prolífica vida. También la revista “PBT” el 24 de setiembre de 1904, instalada por el mismo Pellicer. Cabe agregar que la misma “PBT” fue refundada en enero de 1950, con el lema: “Alegre, política y deportiva”, publicada por Editorial Alea, a cargo de Carlos Aloé, dedicándola enfáticamente a Perón.
La que preocupó y vislumbró una lucha sin cuartel, fue la creación de Juan Carlos Colombres, el chispeante periodista y dibujante cuyo seudónimo era “Landrú”, a través de la publicación de la celebrada “Tía Vicenta”, editada de 1957 a 1966, y de 1977 a 1979.
Landrú fue un empecinado provocador del libre albedrío de una democracia demorada, ya que el humor fiel a su estilo fue registrado de críticas verdaderas y razonables, cuyo peso tenían consecuencias notorias. Dice la crónica, una cuando surgió disidencia entre el presidente Arturo Frondizi con su vicepresidente Alejandro Gómez, referente a la controversia de abrir la explotación petrolera a empresas extranjeras. Fue mucho peor porque “Tía Vicenta” destacaba la discusión poniéndolo al vicepresidente en un recuadro con el texto en forma de pregunta: “¿A mí por qué me miran?”. Agravada la tensión, el presidente le solicitó la renuncia apenas cumplidos seis meses de su asunción. Lo que fue aún mayor cuando en 1966 el general Juan Carlos Onganía tomó el poder; a partir de ese momento “Tía Vicenta” lo identificaba, a raíz de sus grandes bigotes, como una morsa. Ello determinó el cierre de la revista según un edicto gubernamental. 
Lo que siempre se destacó de este tipo de expresión ha sido, sin duda, la chispa creativa y la construcción del mensaje de característica brillante, fresca, directa, con la brevedad que le confería instantaneidad y rápida masividad a la nota.
Ello es una muestra demostrativa del “arte” de las leyendas callejeras siempre oportunas, ya que los medios asimilaron rápidamente lo que ellas ubicadas en las calles más distantes del país fueron capaces de provocar.
Después del 55, una leyenda callejera peculiar cubría el país, diciendo: “Perón vuelve”, ilustrada con una “P” notoria enclavada en una “V”. Podría decirse que constituía verdaderamente lo que ahora se denomina graffiti, el dibujo o emblema sintetizando lo que apela el texto. Pero cuando decimos leyendas callejeras, hablamos como un inicio primario del graffiti, constituidas solamente por las letras que “dicen”, que expresan la idea, hasta que posteriormente vinieran los dibujos que lo ilustrarían para ser un graffiti completo.
Lo que nunca faltó a ello antes y después, ha sido la elocuencia, esa breve frase que a primera vista pasaba a ser vox populi y que el país lo “cantaba” al encontrarse en las calles que le “daban” letra.
Los cordobeses por su idiosincrasia tan particular, extrovertidos por naturaleza, frescos de humoradas, hacen uso de leyendas callejeras con una finura y una certeza que apabullan: “Por qué callar, si nací gritando”. Acaso, cabe agregar algo más cuando la elocuencia ha sido contundente, de por sí hablan, gritan, se desenvuelven solas.
Esas leyendas son modas porque toman situaciones contemporáneas y, justas o injustamente, corporizan y exponen libremente opiniones. El femicidio que el machismo ignorante provoca alevosamente es un crimen, pero también una ironía en la mirada de algunos: “Marta volvé, no te fajo más”. No lo apunto como ejemplo positivo, sino cómo las expresiones de todos los órdenes apelan a las paredes como el diván salvador del psicólogo.
Lo que más me ha conmovido es la leyenda descubierta en una calle de Europa: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Se cambia haciendo, no existe otra manera.
Es que la calle, cuna de la ciudad que empuja, brinda sus paredes para que la gente se exprese. Porque la calle grita sus verdades. Palabras urgentes, desesperadas, que hacen lo posible por ser montones. La calle grita para que se escuche. En ese grito estamos todos. Gritemos, entonces, todos juntos.

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La calle grita

La calle se hace oír. Se hace carne. Grita a los cuatro vientos frases memorables escritas con alma y vida. 

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Frases con la capacidad de síntesis. Inteligentes de gran fortaleza. Leyendas fijadas en paredes junto al corazón urbano del pueblo. Ha sido en los países y en Argentina, una forma de llegada masiva a través de la expresión y la capacidad creativa que con muy poco logra decir muchas cosas, sin perder la urgencia ni la elocuencia enfática. 
Quién no recuerda aquella frase callejera que nos ubica en el tiempo: “Ni rusos ni yanquis, neutralidad”, cuando la Guerra Fría instaló en el mundo el tablero donde varias partidas cambiaban permanentemente de frente sin llegar a ninguna guerra en concreto. Pero sí mantenernos ocupados y preocupados porque una jugada cambie de mano.
Argentina desarrolló, al cabo de su historia, una gran capacidad para el humor y la fina ironía para exaltar o defenestrar una causa, un partido, un político, siguiendo las reglas básicas de la creatividad publicitaria: buena imagen y breve texto que argumente directamente una idea, con la facilidad de la comprensión inmediata, con fuerza y determinación.
El 24 de mayo de 1863 se funda el periódico dominical argentino “El Mosquito”, con motivación satírico-burlesca en el que se dieron todas las críticas, muy especialmente al poder, que más de una vez la indignación ganó al carácter de los políticos, por el mensaje de textos y dibujos caricaturescos, que sonaba a descarnada burla pública. Sus consideraciones marcaban de alguna manera como una fiscalía ejercida por los ciudadanos, tomándose en sorna a los indignados poderosos. 
Podría decirse lo mismo de “Caras y Caretas” que inicia, de la mano de Eustaquio Pellicer, en 1898 su prolífica vida. También la revista “PBT” el 24 de setiembre de 1904, instalada por el mismo Pellicer. Cabe agregar que la misma “PBT” fue refundada en enero de 1950, con el lema: “Alegre, política y deportiva”, publicada por Editorial Alea, a cargo de Carlos Aloé, dedicándola enfáticamente a Perón.
La que preocupó y vislumbró una lucha sin cuartel, fue la creación de Juan Carlos Colombres, el chispeante periodista y dibujante cuyo seudónimo era “Landrú”, a través de la publicación de la celebrada “Tía Vicenta”, editada de 1957 a 1966, y de 1977 a 1979.
Landrú fue un empecinado provocador del libre albedrío de una democracia demorada, ya que el humor fiel a su estilo fue registrado de críticas verdaderas y razonables, cuyo peso tenían consecuencias notorias. Dice la crónica, una cuando surgió disidencia entre el presidente Arturo Frondizi con su vicepresidente Alejandro Gómez, referente a la controversia de abrir la explotación petrolera a empresas extranjeras. Fue mucho peor porque “Tía Vicenta” destacaba la discusión poniéndolo al vicepresidente en un recuadro con el texto en forma de pregunta: “¿A mí por qué me miran?”. Agravada la tensión, el presidente le solicitó la renuncia apenas cumplidos seis meses de su asunción. Lo que fue aún mayor cuando en 1966 el general Juan Carlos Onganía tomó el poder; a partir de ese momento “Tía Vicenta” lo identificaba, a raíz de sus grandes bigotes, como una morsa. Ello determinó el cierre de la revista según un edicto gubernamental. 
Lo que siempre se destacó de este tipo de expresión ha sido, sin duda, la chispa creativa y la construcción del mensaje de característica brillante, fresca, directa, con la brevedad que le confería instantaneidad y rápida masividad a la nota.
Ello es una muestra demostrativa del “arte” de las leyendas callejeras siempre oportunas, ya que los medios asimilaron rápidamente lo que ellas ubicadas en las calles más distantes del país fueron capaces de provocar.
Después del 55, una leyenda callejera peculiar cubría el país, diciendo: “Perón vuelve”, ilustrada con una “P” notoria enclavada en una “V”. Podría decirse que constituía verdaderamente lo que ahora se denomina graffiti, el dibujo o emblema sintetizando lo que apela el texto. Pero cuando decimos leyendas callejeras, hablamos como un inicio primario del graffiti, constituidas solamente por las letras que “dicen”, que expresan la idea, hasta que posteriormente vinieran los dibujos que lo ilustrarían para ser un graffiti completo.
Lo que nunca faltó a ello antes y después, ha sido la elocuencia, esa breve frase que a primera vista pasaba a ser vox populi y que el país lo “cantaba” al encontrarse en las calles que le “daban” letra.
Los cordobeses por su idiosincrasia tan particular, extrovertidos por naturaleza, frescos de humoradas, hacen uso de leyendas callejeras con una finura y una certeza que apabullan: “Por qué callar, si nací gritando”. Acaso, cabe agregar algo más cuando la elocuencia ha sido contundente, de por sí hablan, gritan, se desenvuelven solas.
Esas leyendas son modas porque toman situaciones contemporáneas y, justas o injustamente, corporizan y exponen libremente opiniones. El femicidio que el machismo ignorante provoca alevosamente es un crimen, pero también una ironía en la mirada de algunos: “Marta volvé, no te fajo más”. No lo apunto como ejemplo positivo, sino cómo las expresiones de todos los órdenes apelan a las paredes como el diván salvador del psicólogo.
Lo que más me ha conmovido es la leyenda descubierta en una calle de Europa: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Se cambia haciendo, no existe otra manera.
Es que la calle, cuna de la ciudad que empuja, brinda sus paredes para que la gente se exprese. Porque la calle grita sus verdades. Palabras urgentes, desesperadas, que hacen lo posible por ser montones. La calle grita para que se escuche. En ese grito estamos todos. Gritemos, entonces, todos juntos.