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Gordiola Niella: el fundador de la lírica correntina

Por Rodrigo GalarzaEspecial para El Litoral

Juan Carlos Ramón Gordiola Niella nació en Caá Catí en 1919 y falleció en Corrientes en 1982. Escribió poesía, cuentos, ensayos y obras de teatro. Fundó en su pueblo natal la revista Panambî y el Pequeño teatro. Ejerció como docente en Caá Catí y en la cárcel de Corrientes. Algunos de sus poemarios son: Quietud poblana (1946), La Aldaba Herrumbrada (1953) y Zona de Penumbra (1966). En teatro publicó: Dicen que es teatro (1977). En narrativa: Con matasellos de Caá Catí (1978). En su pueblo una calle lleva su nombre y  su antigua casa es un museo.

Hace más de dos milenios el poeta latino Horacio acuñaba en su Epodo II su: “Beatus ille qui procul negotiis/ ut prisca gens mortalium”…(Dichoso aquel que lejos de los negocios/como la antigua raza de los hombres)…poema que calaría hondo en el imaginario de los poetas venideros en la mayoría de las lenguas occidentales. En la nuestra, se convirtió en uno de los pilares del Renacimiento, es decir su irradiación sirvió para acentuar en el humanismo la luminosidad y gozo del hombre, como centro del universo lejos del oscurantismo de la Edad Media. Así pues fue Fray Luis de León quien en la segunda mitad del S. XVI llevó este concepto hacia el ascetismo en su recordada Oda a la vida retirada. Y a esta altura el “desocupado lector” se preguntará qué tiene que ver esto con Carlos Gordiola Niella,  poeta correntino del siglo XX nacido en un pueblito de rubios arenales, rejas y aleros. Podría decirse que mucho, aunque el maestro Cancho no era precisamente un asceta pero sí un humanista irredento, multifacético y bohemio que hacía del arte su única manera de entender, recibir y despedir la vida, no en vano ya en su lecho de muerte escribió: “Quiero decir que todavía digo/algo que es un vale, un nuevo día…”. Escribió poesía, poesía y más poesía; también narrativa y teatro; pintó cuadros a la manera de Velázquez y Murillo, autorretratos en carbonilla y hasta algunos desnudos (que hasta hace muy poco sacada una sonrisa picarona cuando su modelo ya anciana recordaba aquellos años de maja desnuda).

Desde sus primeros años el Cancho niño parecía estar predestinado a la poesía, y quizá la culpa de esa “manía casi fisiológica” (dicho en sus palabras) la tuvo Alfonsina Storni. Respecto a esto así refirió  el vate al también poeta y periodista Darwy Berti: “Yo era un niño aún, en Caá Catí, mi tierra natal, cuando alguien puso en mis manos La inquietud del rosal (1916). Fue en ese momento que me dije a mí mismo: “Tengo que encontrarme con la autora de este libro. Llegué a la adolescencia y ya con mi primer pantalón largo, a principio de 1938, me fui a Buenos Aires exclusivamente para buscar a Alfonsina Storni”. Total que el supuesto estudiante de Derecho ni pisó la  facultad con tal de frecuentar el café  Tortoni y de empaparse del influjo de la gran poeta de Mundo de siete pozos. 

Dos años más tarde, en 1940, Gordiola publicaría su primer poemario Arcón de ensueños que marcaría un antes y después en la poesía correntina, dándole a la misma un trasfondo lírico moderno en detrimento de la búsqueda de estampas de corte folclórico. A este libro le seguirían seis poemarios, algunos de ellos dotados de una gran calidad formal y estética. Otro insigne poeta correntino David Martínez se refería de este modo a su poesía: “Poseído por el revivir un ayer siempre hondo en sus recuerdos, su voz se unifica en la presencia de las evocaciones de infancia,  en los paisajes sentidamente recreados y en el sucederse tranquilo del tiempo caacatiano, el bello pueblo que nos vio nacer a ambos…”

En La aldaba herrumbrada (1953) su poesía alcanza madurez formal en perfecto equilibrio con el fondo que empieza a perfilar uno de los grandes temas de la lírica de Cancho: la soledad, cuyo punto más alto se ve reflejado en sus diez Sonetos de la soledad aparecidos en Zona de penumbra (1966)  su libro siguiente. 

Bohemio y libador…incansable, la personalidad del “maestro Cancho” (tal le llamaban en su pueblo natal) no dejaba indiferente a nadie. Alguna vez Aldo Grasso, el autor teatral, me contó lo siguiente: “Cancho nos había invitado a unos amigos y mí a pasar unos días en Caá Catí y allá fuimos. Resulta que una madrugada de mucho frío, ya bien “oreados” y tras escuchar el por qué Carlos tenía al lado de su cama un ataúd al que llamaba Felipe, salimos  a la calle por iniciativa de nuestro anfitrión portando el cajón. Entre risas y sapucay Vargas Gómez se metió en él y le dimos una vuelta de la manzana; cada tanto nuestro muerto-vivo saludaba a los pocos perros que con sus ladridos quebraban el silencio del pueblo”.

 “Junto al cerco lindero del camino/(…) nutridas con mi sal tengan destino” como alguna vez escribiera este poeta “total” descansan los restos siempre vivos del maestro Cancho quien supo más que nadie “fundarle bocas al desierto” allá…“En caacatiano nido/ de azahar y luna/sobre fechas y olvido/tenga fortuna/mi yo-memoria”…

 

Nocturnillo

Cruz tirada en el suelo: 

tristeza de mariposa muerta. 

Masca la sombra 

voces antiguas que consuelan. 

Tenía yo una guitarra guardadora 

de canciones y ausencias... 

Pero hoy mis manos son de tierra.

(La luna se hace blanda 

para untarles primavera). 

¡Oh, manos ayer sapientes 

de caderamen y trenzas! 

Absurdo estoy bajo la noche,

sólo con una absurda pena. 

Si es por pedir, he de pedir un ala 

para tajar esta quietud pueblera. 

(De La Aldaba Herrumbrada)

Sonetos de la soledad

1

He de frenar la queja y el llamado 

y la ansiedad de voz y compañía, 

así me hiera el beso que se enfría 

desde otro antiguo beso congelado. 

Ni la protesta viva ni el callado 

presentimiento sangrarán mi vía. 

Por esta blanca soledad, tan mía,

a nadie nada le será culpado.

Diré que si estoy solo, buenamente, 

fue porque así lo quise, 

inconsecuente 

con el llanto, la risa y sus espejos... 

Para después, 

mintiéndole distancia, 

entablillar con un ciprés el ansia 

quebrada en horizonte de reflejos.

2

Ya se me da mi soledad entera

con abandono de hembra conseguida: 

sacrificio total y resistida 

tiranía en el paso y su quimera. 

Como derrama tras viñedo y era 

un celarle minutos a la vida, 

se trueca en anhelada y en temida 

cartuja de panales y salmuera. 

Equitativa ronda, numerosa, 

viajando de las espina hasta la rosa 

para fundarle bocas al desierto... 

Y a veces, casi material, 

me envuelve 

con ambiguos enigmas que resuelve

la mesa desde un único cubierto. 

3

Con cal y canto, canto esta clausura 

fronteras al polen y la abeja: 

mi huerto rola una vejez tan vieja 

que el pétalo desmiente singladura. 

Por eso acepta la mirilla oscura, 

sin acortar el paso que se aleja, 

tú que vienes en célula y conseja 

a replicar aldabas de ternura.

Aunque quiera no puedo dar posada 

que se me nombra desposada 

esta amada y odiada soledad. 

No esperes ni aletazo de pañuelo

que, sublimado 

en un dolor sin duelo, 

ya le niego saludo a la piedad.

10

En féretro de vidrios, abolida 

mi existir encerró su primavera,

y esa guarda, lo sé, no es ni siquiera 

aquella de la niña adormecida. 

Nada del beso que le diera vida 

llega desde su fábula a mi espera, 

y al sueño tengo realidad frontera 

en estable vaivén de despedida. 

Ya me puedo tender junto al camino, 

quizá para saber de otro destino

en árbol renaciendo vertical... 

Pero ha de ser si cuando 

el aire ronda 

puedo cantar, 

desde su herida fronda, 

como no pude nunca, por mi mal. 

(de Zona de penumbra)

 

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