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Evo: el golpe de su propia ambición

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Por Emilio Zola
Especial para El Litoral

Los liderazgos republicanos pueden ser económicamente exitosos, socialmente inclusivos y políticamente legitimados por las masas a través del voto, pero no pueden cometer el pecado de la eternización a menos que prefieran satisfacer ambiciones mesiánicas a costa de dilapidar el consenso popular que los entronizó. Esa regla ha sido una constante histórica en el devenir de la civilización y todo aquel gobernante que la transgredió, tarde o temprano, terminó desmoronándose.
La caída de Evo Morales se resume en la ruptura de ese axioma sagrado de la democracia moderna. Lo ocurrido en Bolivia puede ser considerado un golpe de Estado, una rebelión civil, una interrupción democrática o una insurrección popular, pero todas esas figuras son meras diferencias semánticas para definir una misma realidad de hecatombe política traducida en la pérdida de vidas humanas, propiedades saqueadas e instituciones vulneradas.
Las reacciones de los gobiernos latinoamericanos coincidieron en condenar la violencia con diferencias de matices y sesgos ideológicos. Sin embargo, ninguna fuerza política con apego democrático ha podido soslayar un detonante medular, una verdad irreductible e incontrastable que aflora en medio del terremoto de sangre y fuego que azota a La Paz, Sucre y Santa Cruz: el responsable número uno de la nube negra que se cierne sobre el pueblo boliviano es el presidente renunciado, en cuya adicción al poder se hallan las causas de su propia decadencia y de la barbarie que rodea su traumático fin de ciclo.
No han sido los militares quienes obligaron a Evo Morales a torcer los preceptos constitucionales para postularse a un cuarto mandato consecutivo para el que no estaba habilitado. Tampoco fueron los opositores Carlos Mesa y Luis Fernando “Macho” Camacho quienes lo atizaron para que se sometiera a un plebiscito con el que buscó -sin éxito- la legitimación democrática para ser candidato en contra de las normas fundamentales que él mismo consagró en sus períodos anteriores. Muchos menos han sido los civiles disidentes quienes lo llevaron a manipular el escrutinio de las elecciones del 20 de octubre, teñidas de sospechas e impugnadas por una misión de la OEA.
Esa cronología de pecados políticos cometidos por Evo Morales, lo condujo a una espiral descendente en la que sufrió una penosa transfiguración. En su momento fue revelación de la política continental en la década pasada, fue el primer presidente indígena de un país que hasta su llegada toleraba un abismo de diferencia en la calidad de vida de las clases altas y el proletariado, y fue el estadista que con los dividendos de los estatizados recursos naturales financió políticas de inclusión social para reducir la pobreza. Pero con el correr del tiempo mutó hasta adquirir el perfil de un gobernante autoritario capaz de interferir en las decisiones judiciales para provecho propio. Finalmente, se convirtió en un cacique autocrático dispuesto a toda clase de estratagemas con tal de perpetuarse.
Pudo más su empecinamiento en continuar asido a la Presidencia, una obsesión que le impidió notar los cambios en el humor social. De hecho, en los últimos tiempos buena parte de la sociedad campesina y los sectores de izquierda que al principio lo avalaban, habían comenzado a tomar distancia de su estilo cuasimonárquico. Dicen en Cochabamba, su bastión cocalero de origen, que llegó a verse a sí mismo como un nuevo Túpac Katari, el líder rebelde del pueblo aimará que protagonizó la última gran sublevación indígena contra los españoles en el sitio a la ciudad de La Paz, a fines del siglo XVIII.
Evo Morales no leyó las enseñanzas de la historia. Debió haber tenido en cuenta que incluso los imperios más poderosos de la humanidad padecieron finales catastróficos, con magnicidios incluidos. El rey Filipo II de Macedonia, iniciador del proceso de unificación del mundo griego, conquistó numerosas ciudades, concentró un poder omnímodo y se hizo merecedor de la confianza de su pueblo hace 2.400 años, pero terminó asesinado por sus propios lugartenientes, quienes anhelaban una participación más redituable en las campañas bélicas.
Nunca se comprobó quién fue el cerebro que planificó la muerte del rey más carismático de Macedonia, pero los historiadores concluyen que entre los responsables del sorpresivo asesinato pudo haber estado su primogénito y heredero del trono, Alejandro, más tarde conocido como Alejandro Magno, factótum del proceso de expansión helenística que llevó la cultura griega a los confines del mundo conocido, desde Alejandría a Persia.
En otro tiempo y con otros métodos, a Evo Morales le pasó lo mismo que a todo gobernante con aspiraciones de eternización. Sin capacidad para generar cuadros políticos para una sucesión democrática ordenada, el ahora depuesto presidente boliviano terminó refugiado en un domicilio secreto del Distrito Federal de México, como asilado político.
Sus méritos como gobernante quedaron eclipsados por el indigno final de sus casi 14 años de administración, que en su estertor desnudó modismos de una dictadura bananera con olor a fraude electoral.
Al decir de los veedores de la OEA, la manipulación del escrutinio para beneficiar a Evo con un triunfo en primera vuelta pudo haberse perpetrado entre la noche del domingo 20 de octubre y la madrugada del lunes 21, cuando el sistema informático de cómputos se suspendió sin explicaciones.
Los guarismos finales ungieron a Morales para un cuarto mandato, pero al mismo tiempo quebraron el contrato social con el electorado. La gente salió a las calles y el “Macho” Camacho, uno de los empresarios más poderosos del norte rico de Bolivia, aprovechó la revuelta para ponerse al frente de las movilizaciones opositoras con la Biblia como emblema de una avanzada que llegó hasta el palacio de gobierno.
Evo Morales ya había huido hacia Cochabamba para renunciar horas más tarde, víctima de su propia torpeza política y como protagonista de una aleccionadora moraleja para todos los líderes que intentan forzar los límites constitucionales en sus ansias de perdurabilidad. 
Como a Filipo II de Macedonia, al ex presidente boliviano lo tumbó la inviabilidad sucesoria, fruto de su incompetencia para diseñar la continuidad de su modelo a través de una nueva figura que fuera representativa de su propio pensamiento.
No es casual que la democracia más sólida del mundo permita solamente una reelección al presidente en ejercicio. Después de ocho años en el poder, Clinton, Bush, Obama y sus antecesores tuvieron que dedicarse a dictar conferencias, inhabilitados de por vida para una nueva estadía en la Casa Blanca. Y todos ellos aceptaron ese mandamiento esencial de la Carta Magna sin chistar. Esa conducta de respeto irrestricto a las instituciones es, sin dudas, una de las razones por las cuales Estado Unidos sigue siendo una potencia mundial indiscutida.

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Evo: el golpe de su propia ambición

Por Emilio Zola
Especial para El Litoral

Los liderazgos republicanos pueden ser económicamente exitosos, socialmente inclusivos y políticamente legitimados por las masas a través del voto, pero no pueden cometer el pecado de la eternización a menos que prefieran satisfacer ambiciones mesiánicas a costa de dilapidar el consenso popular que los entronizó. Esa regla ha sido una constante histórica en el devenir de la civilización y todo aquel gobernante que la transgredió, tarde o temprano, terminó desmoronándose.
La caída de Evo Morales se resume en la ruptura de ese axioma sagrado de la democracia moderna. Lo ocurrido en Bolivia puede ser considerado un golpe de Estado, una rebelión civil, una interrupción democrática o una insurrección popular, pero todas esas figuras son meras diferencias semánticas para definir una misma realidad de hecatombe política traducida en la pérdida de vidas humanas, propiedades saqueadas e instituciones vulneradas.
Las reacciones de los gobiernos latinoamericanos coincidieron en condenar la violencia con diferencias de matices y sesgos ideológicos. Sin embargo, ninguna fuerza política con apego democrático ha podido soslayar un detonante medular, una verdad irreductible e incontrastable que aflora en medio del terremoto de sangre y fuego que azota a La Paz, Sucre y Santa Cruz: el responsable número uno de la nube negra que se cierne sobre el pueblo boliviano es el presidente renunciado, en cuya adicción al poder se hallan las causas de su propia decadencia y de la barbarie que rodea su traumático fin de ciclo.
No han sido los militares quienes obligaron a Evo Morales a torcer los preceptos constitucionales para postularse a un cuarto mandato consecutivo para el que no estaba habilitado. Tampoco fueron los opositores Carlos Mesa y Luis Fernando “Macho” Camacho quienes lo atizaron para que se sometiera a un plebiscito con el que buscó -sin éxito- la legitimación democrática para ser candidato en contra de las normas fundamentales que él mismo consagró en sus períodos anteriores. Muchos menos han sido los civiles disidentes quienes lo llevaron a manipular el escrutinio de las elecciones del 20 de octubre, teñidas de sospechas e impugnadas por una misión de la OEA.
Esa cronología de pecados políticos cometidos por Evo Morales, lo condujo a una espiral descendente en la que sufrió una penosa transfiguración. En su momento fue revelación de la política continental en la década pasada, fue el primer presidente indígena de un país que hasta su llegada toleraba un abismo de diferencia en la calidad de vida de las clases altas y el proletariado, y fue el estadista que con los dividendos de los estatizados recursos naturales financió políticas de inclusión social para reducir la pobreza. Pero con el correr del tiempo mutó hasta adquirir el perfil de un gobernante autoritario capaz de interferir en las decisiones judiciales para provecho propio. Finalmente, se convirtió en un cacique autocrático dispuesto a toda clase de estratagemas con tal de perpetuarse.
Pudo más su empecinamiento en continuar asido a la Presidencia, una obsesión que le impidió notar los cambios en el humor social. De hecho, en los últimos tiempos buena parte de la sociedad campesina y los sectores de izquierda que al principio lo avalaban, habían comenzado a tomar distancia de su estilo cuasimonárquico. Dicen en Cochabamba, su bastión cocalero de origen, que llegó a verse a sí mismo como un nuevo Túpac Katari, el líder rebelde del pueblo aimará que protagonizó la última gran sublevación indígena contra los españoles en el sitio a la ciudad de La Paz, a fines del siglo XVIII.
Evo Morales no leyó las enseñanzas de la historia. Debió haber tenido en cuenta que incluso los imperios más poderosos de la humanidad padecieron finales catastróficos, con magnicidios incluidos. El rey Filipo II de Macedonia, iniciador del proceso de unificación del mundo griego, conquistó numerosas ciudades, concentró un poder omnímodo y se hizo merecedor de la confianza de su pueblo hace 2.400 años, pero terminó asesinado por sus propios lugartenientes, quienes anhelaban una participación más redituable en las campañas bélicas.
Nunca se comprobó quién fue el cerebro que planificó la muerte del rey más carismático de Macedonia, pero los historiadores concluyen que entre los responsables del sorpresivo asesinato pudo haber estado su primogénito y heredero del trono, Alejandro, más tarde conocido como Alejandro Magno, factótum del proceso de expansión helenística que llevó la cultura griega a los confines del mundo conocido, desde Alejandría a Persia.
En otro tiempo y con otros métodos, a Evo Morales le pasó lo mismo que a todo gobernante con aspiraciones de eternización. Sin capacidad para generar cuadros políticos para una sucesión democrática ordenada, el ahora depuesto presidente boliviano terminó refugiado en un domicilio secreto del Distrito Federal de México, como asilado político.
Sus méritos como gobernante quedaron eclipsados por el indigno final de sus casi 14 años de administración, que en su estertor desnudó modismos de una dictadura bananera con olor a fraude electoral.
Al decir de los veedores de la OEA, la manipulación del escrutinio para beneficiar a Evo con un triunfo en primera vuelta pudo haberse perpetrado entre la noche del domingo 20 de octubre y la madrugada del lunes 21, cuando el sistema informático de cómputos se suspendió sin explicaciones.
Los guarismos finales ungieron a Morales para un cuarto mandato, pero al mismo tiempo quebraron el contrato social con el electorado. La gente salió a las calles y el “Macho” Camacho, uno de los empresarios más poderosos del norte rico de Bolivia, aprovechó la revuelta para ponerse al frente de las movilizaciones opositoras con la Biblia como emblema de una avanzada que llegó hasta el palacio de gobierno.
Evo Morales ya había huido hacia Cochabamba para renunciar horas más tarde, víctima de su propia torpeza política y como protagonista de una aleccionadora moraleja para todos los líderes que intentan forzar los límites constitucionales en sus ansias de perdurabilidad. 
Como a Filipo II de Macedonia, al ex presidente boliviano lo tumbó la inviabilidad sucesoria, fruto de su incompetencia para diseñar la continuidad de su modelo a través de una nueva figura que fuera representativa de su propio pensamiento.
No es casual que la democracia más sólida del mundo permita solamente una reelección al presidente en ejercicio. Después de ocho años en el poder, Clinton, Bush, Obama y sus antecesores tuvieron que dedicarse a dictar conferencias, inhabilitados de por vida para una nueva estadía en la Casa Blanca. Y todos ellos aceptaron ese mandamiento esencial de la Carta Magna sin chistar. Esa conducta de respeto irrestricto a las instituciones es, sin dudas, una de las razones por las cuales Estado Unidos sigue siendo una potencia mundial indiscutida.