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Violencia escolar

Por José Ceschi

¡Buen día! Estamos consternados por la frecuencia y la brutalidad de la violencia escolar; protagonizada por adolescentes y hasta por niños. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué está pasando en nuestra familia, en nuestra sociedad? Quisiera acercar la palabra de un especialista, el doctor en educación Mariano Narodowski. Nos ayudará a pensar:
“No idealicemos el pasado: la escuela siempre fue violenta. Cuando aplicaba castigos corporales a los incorregibles; cuando sometía a los niños al miedo y a la amenaza; cuando imponía contenidos y desterraba culturas populares. Cuando excluía (cuando excluye) de sus aulas a miles de chicos pobres”. 
La violencia actual es distinta: no se la ejerce en nombre de la autoridad del maestro o del saber porque es una violencia en varias direcciones (y no sólo de arriba hacia abajo). Y que se expresa en el lenguaje y en la agresión física, pero también en el hastío frente a la falta del futuro o en el cansancio por los bajos salarios docentes. Violencia social a la que no estábamos acostumbrados...
Parece estar en crisis la capacidad de la escuela como espacio de autoridad democrática y legítima frente a los jóvenes: perdió su capacidad de prometer un futuro mejor (ni hablar de asegurarlo), desilusiona y suele ser impotente para manejar conflictos que se desbordan y a veces son incontrolables. 
Para colmo, los dirigentes no dan mensajes claros y aparecen otras violencias: una canción que cantan los adolescentes dice “violencia es mentir”.
No nos engañemos: los argentinos no conseguimos construir una promesa de Argentina para todos. ¿Por qué pretender que los docentes hagan lo que nadie hace?”. 
Al fin de cuentas, vamos a preocuparnos unos días con la historia de los adolescentes armados, a proferir frases para tratar de comprender y juzgar: “Mano dura”, “bajar la edad de imputabilidad y aumentar las penas”, “poner detectores de metal”, propondrán. Sería mejor intentar reconstruir una promesa para nuestros adolescentes. 
No es fácil, pero no queda otra: ellos nos están diciendo, dolorosamente, que siempre podemos estar peor. Y están gritando para que hagamos algo.

¡Hasta mañana!

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Violencia escolar

Por José Ceschi

¡Buen día! Estamos consternados por la frecuencia y la brutalidad de la violencia escolar; protagonizada por adolescentes y hasta por niños. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué está pasando en nuestra familia, en nuestra sociedad? Quisiera acercar la palabra de un especialista, el doctor en educación Mariano Narodowski. Nos ayudará a pensar:
“No idealicemos el pasado: la escuela siempre fue violenta. Cuando aplicaba castigos corporales a los incorregibles; cuando sometía a los niños al miedo y a la amenaza; cuando imponía contenidos y desterraba culturas populares. Cuando excluía (cuando excluye) de sus aulas a miles de chicos pobres”. 
La violencia actual es distinta: no se la ejerce en nombre de la autoridad del maestro o del saber porque es una violencia en varias direcciones (y no sólo de arriba hacia abajo). Y que se expresa en el lenguaje y en la agresión física, pero también en el hastío frente a la falta del futuro o en el cansancio por los bajos salarios docentes. Violencia social a la que no estábamos acostumbrados...
Parece estar en crisis la capacidad de la escuela como espacio de autoridad democrática y legítima frente a los jóvenes: perdió su capacidad de prometer un futuro mejor (ni hablar de asegurarlo), desilusiona y suele ser impotente para manejar conflictos que se desbordan y a veces son incontrolables. 
Para colmo, los dirigentes no dan mensajes claros y aparecen otras violencias: una canción que cantan los adolescentes dice “violencia es mentir”.
No nos engañemos: los argentinos no conseguimos construir una promesa de Argentina para todos. ¿Por qué pretender que los docentes hagan lo que nadie hace?”. 
Al fin de cuentas, vamos a preocuparnos unos días con la historia de los adolescentes armados, a proferir frases para tratar de comprender y juzgar: “Mano dura”, “bajar la edad de imputabilidad y aumentar las penas”, “poner detectores de metal”, propondrán. Sería mejor intentar reconstruir una promesa para nuestros adolescentes. 
No es fácil, pero no queda otra: ellos nos están diciendo, dolorosamente, que siempre podemos estar peor. Y están gritando para que hagamos algo.

¡Hasta mañana!