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Homenaje de una nieta a un abuelo especial: Chaque

Mario “Chaque” Mauriño, el dibujante emblema del diario El Litoral fallecido en 2011, cumpliría hoy 96 años. Fermina le dedicó un texto cargado de sentimiento y demostrativo de esa relación especial que siempre hay entre abuelo/a y nieto/a. Un cuento, la base para describir con palabras esos lazos eternos.
 

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Hoy hubieses cumplido años, y como no podía ser menos lo vamos a celebrar, Abu. 
Tuve la suerte de tenerte en mi vida. Es siempre un honor decir que soy tu nieta (y a veces también una presión). 
Aún tengo muy presente una conversación que mantuvimos una vez… creo que yo no tendría más de seis años, pero nos recuerdo recostados en la cama, levantándonos de la siesta que con esfuerzo la abuela me hacía dormir. Ese día hablamos de la muerte, y con ternura me dijiste que no tenías miedo de morir: no te ibas a “ir” hasta que se “vaya” el último que te recuerde. Ahora sé que la frase la tomaste prestada de Jorge Luis. Esa frase me marcó y me ayudó en su momento a mirar desde otro lugar tu supuesta partida, siempre sentí que me preparaste para cuando llegara la hora.  
Hoy todavía estás acá, acompañándome en cada paso que doy, haciéndome sentir tu orgullo cuando acierto, y poniéndome “esa” mirada de reproche tan tuya en los momentos en que…digamos que no doy lo mejor de mí. 
En tu memoria quería compartir un cuento que me contabas de pequeña, “La princesa que quería la luna”, y para no omitir detalles googleé la historia, pues la encontré. Lo cierto es que hay varias versiones, al parecer pertenece al folklore de Portugal o posiblemente sea originaria de tribus africanas, quién sabe. Pero para mi sorpresa, descubrí que me habías contado una versión con un final distinto al original, la volviste mejor y más linda, para mí. Utilizaste el cuento para darle un mensaje a tu amada y mimada princesa, lo llenaste de valor. Te quiero, abuelo. 
Esta es entonces nuestra versión personalizada del cuento “La Princesa que quería la luna”:

“Había una vez una princesita que era muy querida por todo el reino, era muy buena y cariñosa. Le encantaba pasear por el pueblo y hacer amigos. La princesa lo tenía todo, porque sus padres la amaban tanto que se esforzaban por darle lo que ella pedía.  
Un día la princesa le pidió a su padre algo muy especial, quería de regalo la luna, a lo que el Rey con pesar le contestó que no era posible. Unos días después la pequeña dejó de salir a pasear, ya no jugaba con sus amigos y se la veía muy débil. La princesita se enfermó mucho. 
Los Reyes convocaron a los mejores médicos del reino y de los reinos vecinos, pero ninguno pudo curar a niña. Ella cada vez comía menos y ya no quería hablar con nadie. Sus padres estaban destrozados, no había nada que pudieran hacer para salvar la vida de su frágil hija. 
Un día golpeó la puerta del palacio un viejo sabio, quien pidió audiencia con los dueños de la casa. El viejo pedía ver a la princesa y prometía dar solución a su problema. Desesperados, los reyes hicieron lugar a su pedido y llevaron al sabio al cuarto de la princesa, dejándolos a solas.  
Tras observar a la niña por un tiempo, el hombre le preguntó qué era aquello que tanto llamaba su atención al otro lado de la ventana. ‘La Luna’ -dijo ella-, la quiero para mí, pero mis padres no pueden dármela. La quiero con tantas ganas que me pone muy triste no poder tomarla en mis manos. Tan hermosa, redonda, liviana… como si fuera de plata. 
El sabio reconoció enseguida el problema de la princesa, estaba enferma de tristeza y se lo comentó a los Reyes. El viejo tenía una solución para este mal, pero tendría que esperar a la próxima luna nueva para llevar a cabo su plan. 
Llegado el día planeado, el sabio se presentó en el palacio con un globo de plata, y se lo entregó a la princesa: ‘Aquí tienes pequeña, traigo para ti la luna’ – dijo el sabio. La princesa se puso tan contenta que inmediatamente le volvió el color a sus mejillas, la luna en sus manos, no lo podía creer. 
‘Pero tengo que advertirte algo -le dijo el sabio a la princesa-, no siempre podrás tener todo lo que deseas en el momento que lo deseas, y este no es motivo para enfermar. La luna es muy hermosa y nos pertenece a todos. Es tuya, es mía y de otros niños que la quieren igual que tú. Esta vez puedes tenerla, pero deberás dejarla ir para que todas las personas puedan ser felices mirándola, para que todos puedan ser acariciados por su luz. Con esa condición, puedes tener la luna esta noche, pero deberás soltarla mañana por la mañana’. 
La niña comprendió, y aceptó el trato. Pasó la noche con su globo de plata convencida de que era la luna; cenó con sus padres y se sintió mucho mejor. Al día siguiente, sin que nadie necesitara decirlo se acercó a la ventana y sin dudar soltó el globo. El mismo voló alto y se perdió tras una nube. La princesa sonrió. Esa noche al mirar por la ventana observó la luna y se sintió muy feliz de poder mirarla, pero más dichosa aún de poder compartirla”. 

Hoy tengo ya treinta años abuelo, y soy mamá de una niña a quien con mucho amor le voy a contar nuestro cuento (y seguramente muchos más). Lo cierto es que las cosas están cambiando y ya no vivimos en tiempos de princesas, pero seguramente en nuestras historias aparecerá un viejo sabio de nariz grandota y colorada que nos va a ayudar a encontrar el camino.

Fermina Mauriño

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Un símbolo en la historia del decano de la prensa regional

Mario Mauriño nació el 21 de mayo de 1923 en la localidad de Manantiales, en el departamento de Mburucuyá. Comenzó su trabajo como caricaturista y humorista gráfico en 1958 en el diario La Provincia, en esta capital correntina, con el pseudónimo Young Boy (chico joven), para luego transformarlo en Chaque Mboy (cuidado con la víbora, en guaraní). En 1960 cuando ya trabajaba para el diario El Litoral decidió adoptar el emblemático “Chaque”, que se convirtió en su apodo y firma artística.
Su prolífera producción artística fue la protagonista de diversas exposiciones del género de humor gráfico y político en distintas ciudades de Argentina, Brasil y Paraguay. 

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Homenaje de una nieta a un abuelo especial: Chaque

Mario “Chaque” Mauriño, el dibujante emblema del diario El Litoral fallecido en 2011, cumpliría hoy 96 años. Fermina le dedicó un texto cargado de sentimiento y demostrativo de esa relación especial que siempre hay entre abuelo/a y nieto/a. Un cuento, la base para describir con palabras esos lazos eternos.
 

Hoy hubieses cumplido años, y como no podía ser menos lo vamos a celebrar, Abu. 
Tuve la suerte de tenerte en mi vida. Es siempre un honor decir que soy tu nieta (y a veces también una presión). 
Aún tengo muy presente una conversación que mantuvimos una vez… creo que yo no tendría más de seis años, pero nos recuerdo recostados en la cama, levantándonos de la siesta que con esfuerzo la abuela me hacía dormir. Ese día hablamos de la muerte, y con ternura me dijiste que no tenías miedo de morir: no te ibas a “ir” hasta que se “vaya” el último que te recuerde. Ahora sé que la frase la tomaste prestada de Jorge Luis. Esa frase me marcó y me ayudó en su momento a mirar desde otro lugar tu supuesta partida, siempre sentí que me preparaste para cuando llegara la hora.  
Hoy todavía estás acá, acompañándome en cada paso que doy, haciéndome sentir tu orgullo cuando acierto, y poniéndome “esa” mirada de reproche tan tuya en los momentos en que…digamos que no doy lo mejor de mí. 
En tu memoria quería compartir un cuento que me contabas de pequeña, “La princesa que quería la luna”, y para no omitir detalles googleé la historia, pues la encontré. Lo cierto es que hay varias versiones, al parecer pertenece al folklore de Portugal o posiblemente sea originaria de tribus africanas, quién sabe. Pero para mi sorpresa, descubrí que me habías contado una versión con un final distinto al original, la volviste mejor y más linda, para mí. Utilizaste el cuento para darle un mensaje a tu amada y mimada princesa, lo llenaste de valor. Te quiero, abuelo. 
Esta es entonces nuestra versión personalizada del cuento “La Princesa que quería la luna”:

“Había una vez una princesita que era muy querida por todo el reino, era muy buena y cariñosa. Le encantaba pasear por el pueblo y hacer amigos. La princesa lo tenía todo, porque sus padres la amaban tanto que se esforzaban por darle lo que ella pedía.  
Un día la princesa le pidió a su padre algo muy especial, quería de regalo la luna, a lo que el Rey con pesar le contestó que no era posible. Unos días después la pequeña dejó de salir a pasear, ya no jugaba con sus amigos y se la veía muy débil. La princesita se enfermó mucho. 
Los Reyes convocaron a los mejores médicos del reino y de los reinos vecinos, pero ninguno pudo curar a niña. Ella cada vez comía menos y ya no quería hablar con nadie. Sus padres estaban destrozados, no había nada que pudieran hacer para salvar la vida de su frágil hija. 
Un día golpeó la puerta del palacio un viejo sabio, quien pidió audiencia con los dueños de la casa. El viejo pedía ver a la princesa y prometía dar solución a su problema. Desesperados, los reyes hicieron lugar a su pedido y llevaron al sabio al cuarto de la princesa, dejándolos a solas.  
Tras observar a la niña por un tiempo, el hombre le preguntó qué era aquello que tanto llamaba su atención al otro lado de la ventana. ‘La Luna’ -dijo ella-, la quiero para mí, pero mis padres no pueden dármela. La quiero con tantas ganas que me pone muy triste no poder tomarla en mis manos. Tan hermosa, redonda, liviana… como si fuera de plata. 
El sabio reconoció enseguida el problema de la princesa, estaba enferma de tristeza y se lo comentó a los Reyes. El viejo tenía una solución para este mal, pero tendría que esperar a la próxima luna nueva para llevar a cabo su plan. 
Llegado el día planeado, el sabio se presentó en el palacio con un globo de plata, y se lo entregó a la princesa: ‘Aquí tienes pequeña, traigo para ti la luna’ – dijo el sabio. La princesa se puso tan contenta que inmediatamente le volvió el color a sus mejillas, la luna en sus manos, no lo podía creer. 
‘Pero tengo que advertirte algo -le dijo el sabio a la princesa-, no siempre podrás tener todo lo que deseas en el momento que lo deseas, y este no es motivo para enfermar. La luna es muy hermosa y nos pertenece a todos. Es tuya, es mía y de otros niños que la quieren igual que tú. Esta vez puedes tenerla, pero deberás dejarla ir para que todas las personas puedan ser felices mirándola, para que todos puedan ser acariciados por su luz. Con esa condición, puedes tener la luna esta noche, pero deberás soltarla mañana por la mañana’. 
La niña comprendió, y aceptó el trato. Pasó la noche con su globo de plata convencida de que era la luna; cenó con sus padres y se sintió mucho mejor. Al día siguiente, sin que nadie necesitara decirlo se acercó a la ventana y sin dudar soltó el globo. El mismo voló alto y se perdió tras una nube. La princesa sonrió. Esa noche al mirar por la ventana observó la luna y se sintió muy feliz de poder mirarla, pero más dichosa aún de poder compartirla”. 

Hoy tengo ya treinta años abuelo, y soy mamá de una niña a quien con mucho amor le voy a contar nuestro cuento (y seguramente muchos más). Lo cierto es que las cosas están cambiando y ya no vivimos en tiempos de princesas, pero seguramente en nuestras historias aparecerá un viejo sabio de nariz grandota y colorada que nos va a ayudar a encontrar el camino.

Fermina Mauriño