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Ramón y Raúl, dos ex combatientes unidos por el barrio que los vio volver de Malvinas

En el Víctor Colas, un grupo de vecinos homenajeó a los malvineros Eladio Ramón Galarza y Ciriaco Raúl Medina, nacidos y criados en el vecindario, bautizando con sus nombres la plaza del lugar. Entre dos fechas centrales sobre Malvinas, el 10 de junio (Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas) y el 14 de junio (el fin del conflicto bélico), contaron su historia de amistad barrial. 
 

Gustavo Lescano Gustavo Lescano

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Gustavo Lescano
glescano@ellitoral.com.ar

El joven de 19 años ya era un ex soldado y esperaba en el andén de la estación Mercedes, tenso, casi inmóvil por el frío del invierno de principios de julio de 1982. Por dentro las bombas de Malvinas aún resonaban y la ansiedad por llegar a casa también sacudía su interior, pero le daba vida. En ese instante, en medio de la oscura madrugada en el Paiubre, arribó una formación desde el sur provincial, bajaron decenas de camaradas y uno de ellos llegó desde atrás y lo sorprendió con un efusivo abrazo. La hermandad del barrio se estampó en esa escena de felicidad al saber que sobrevivieron a la guerra, y hoy los une más que nunca, a 37 años del final del horror. 
“Veníamos del regimiento de Monte Caseros, y cuando empezaba a marchar el tren lo veo a Raúl, a unos 50 metros. Estaba medio oscuro porque era de madrugada, y corro y lo saludo. Le digo: ‘Vamos en mi tren’; y me dice que no, que iba a esperar el suyo que también estaba por salir. ‘No, vamos juntos, si nadie controla nada’, le insistí y ahí nos vinimos los dos a Corrientes Capital”, recuerda Eladio Ramón Galarza, el ex combatiente que se reencontró con su amigo del barrio, Ciriaco Raúl Medina, quien era el que esperaba en Mercedes. 
“Me volví a encontrar con él cuando venía para Corrientes y no sabía si estaba vivo o muerto. Esa madrugada alguien se colgó de mi cuello desde atrás y era Ramón. Fijate lo que es la vida. Los dos pensábamos siempre en cuál habrá sido el destino del otro”, reflexiona Raúl.  
“De tanto que me insistió, me colé en el tren de ellos y vinimos hasta Capital. Llegamos juntos al barrio. Pero fijate que estuvimos en Malvinas al mismo tiempo, pero separados. Después, ya de regreso, nos contamos lo que pasamos y las tantas anécdotas que tuvimos. Y como los dos somos del barrio, siempre estuvimos juntos desde chicos y tenemos mucha historia en común”, resalta. 
“Cuando salimos de Caseros -cuenta Ramón-, pensaba cómo haría para ir de la terminal a casa: no tenía un cobre. Cuando llegamos a la estación venía un muchacho de Corrientes acompañado por otros del Chaco, e invitó a quedarnos en su casa, desayunar, almorzar algo y después cada uno seguir su camino. Yo le dije que no, que ya conseguí taxi, jaja: era el hermano de Raúl el que nos esperaba”. 
“Yo ya sabía que tenía que venir con Raúl. Porque cuando subimos al tren en Mercedes me dijo: ‘Galleta nos va a estar esperando en la terminal’, así le decíamos al hermano de él”, recuerda con una sonrisa por el apodo. 
Ramón, Raúl y “Galleta” llegaron en la salida del sol al barrio Víctor Colas, en el noreste de la ciudad, hoy cerca del Campus Universitario, pero que en ese tiempo era la periferia camino al aeropuerto. 
“Cuando llegamos a casa, el hermano de Raúl me deja en la puerta y veo a mi cuñado, Marolo, que se estaba preparando para ir a trabajar. Me ve y entonces le grita a mi hermana y mis padres que era yo: no lo podía creer”, relata aún emocionado Ramón. 
En la casa de Raúl también se celebró su regreso, ahora ya de baja del servicio militar, pues hacía un par de semanas había vuelto de Mercedes, porque les habían otorgado una breve licencia. 
Así, desde ese julio del 82 los amigos del barrio volvieron a las charlas en las veredas, en la esquina, con los amigos, los vecinos... Ya no eran los mismos chicos que antes de Malvinas, pero las raíces barriales los contenía de alguna manera, ante tanta orfandad social y estatal. Las heridas fueron sanando de a poco en estos 37 años, tanto que la plaza del Víctor Colas lleva ahora los nombres de los dos ex combatientes, por decisión de un grupo de vecinos que el pasado 25 de mayo organizaron un acto en el que bautizaron “Ramón Galarza y Raúl Medina” al espacio verde ubicado al lado de la delegación municipal. Este abrazo del vecindario emuló aquel afectuoso saludo de los dos jóvenes en la estación de Mercedes. 
  
Raúl, aferrado 
a la familia 
“Soy nacido y criado en el barrio Víctor Colas”, ratifica orgulloso Ciriaco Raúl Medina, quien recibió a El Litoral en su casa de las Mil Viviendas junto con su esposa María Luisa Giménez. El matrimonio tiene un hijo, Ernesto Raúl, y una hija, María Victoria. También tres nietos: María Pía, Tomás “Tomy” Francisco y Antonella. 
A tres cuadras de la plaza que ahora lleva su nombre y a una de la casa de Ramón, vivieron siempre los Medina. Ciriaco Raúl trabajaba en el Mercado de Concentración cuando le tocó hacer la colimba en Mercedes y luego ir a Malvinas con el Regimiento 12. 
“Cuando volví de la guerra, por suerte, me reincorporé a mi trabajo en el mercado. Poco después conozco a mi señora y ahí me aboqué a ella. Porque al volver de Malvinas me encontré solo, sentía impotencia, no sé... de haberme salvado tal vez... andaba alterado en esos tiempos. Y cuando me puse de novio, ella me sacó adelante. O sea, sin ella, capaz andaba tirado por ahí...”, dice Raúl y su mirada se pierde en una de las paredes del comedor. 
“Fueron años bastante complicados...”, recuerda María Luisa mientras sale al cruce del silencio de Raúl, pero también su voz se va un par de segundos mientras brota una lágrima. “Fue difícil por todo lo que él pasó en las islas, y que de a poco iba contando. A eso sumale que, al poco tiempo de haber llegado de Malvinas, fallece el papá. El se sentía muy culpable de la muerte del padre”, advierte. 
“No tuvimos un noviazgo normal, sino de contención hacia él, de hacerle sentir bien, que él piense de otra manera, que no se sienta culpable de lo le pasó a su papá. Siempre conversábamos, lo distraía y buscaba darle impulso para salir adelante, para seguir viviendo. Era una lucha constante”, indica la esposa. 
Después de casarse nació su primer hijo y también salieron sorteados en las viviendas del Invico y se mudaron a las Mil. 
“Todo ayudó mucho para ser contenido, pero él también aprendió a expresar lo que sentía, era muy introvertido. Su familia, la mía y la nuestra cooperó para que saliera adelante y Raúl aprendió a desahogarse. Eso fue clave”, remarca la mujer. 
“Estuvimos olvidados más de diez años, sin nada. A los ex combatientes nos trataban de locos”, acota Raúl y luego agrega: “Por suerte eso cambió; la sociedad cambió”. 
  
Ramón, verborragia 
sanadora 
También nacido y criado en el Víctor Colas, “en Remedios de Escalada al 5300”, especifica, Ramón Galarza formó una familia con Norma López y tiene dos hijas, Ayelén, de 26 años, y Amalia Anahí, de 22. “Me acompañan adonde voy”, señala emocionado. Al volver de Malvinas trabajó primero en una empresa de transporte de carga y descarga. En el ‘87 ingresó a una empresa de materiales de la construcción (Davisa SA) donde se desempeñó por 30 años hasta que se jubiló en 2017. 
En 1981 hizo el servicio militar, “me tocó el 409”, recuerda y relata: “Conversando con Raúl supe que él también tenía que presentarse el mismo día en el Regimiento 9. Como yo era medio tonto, y Raúl era más callejero, me prendo por él. Fuimos a la presentación juntos y después yo voy a Monte Caseros y él a Mercedes”. 
“El 2 de abril del ‘82, prestando servicio militar, a las 6.30 tocaron diana y nos sorprendimos por la forma en que lo hicieron: era totalmente distinto, como algo festivo. Salimos y vimos a los cuadros abrazarse. En la formación finalmente nos informaron lo que pasó: se recuperó Malvinas”, rememora Ramón. “El 10 de abril partió la infantería en tren y el 11 salimos nosotros”, especifica. 
La guerra fue intensa para Galarza. El frío, el hambre y la muerte lo rodearon en los días más oscuros en Malvinas. “Era chofer y el camión que manejaba se me quedó varado y no pudimos sacarlo más. Además, no tenía personal de cuadro, éramos sólo tres soldados: nos teníamos que amañar como sea. Así hasta el final”, subrayó. En esos momentos recuerda una escena de la guerra: “Cuando nos replegamos ante el ataque inglés, lo encuentro a Frutos (un ex combatiente conocido en la ciudad) y me dice: ‘Galarza, tengo hambre, hace días que no como’. Yo lo único que tenía era una cebolla y le di. Te juro, ahí nomás peló la cebolla y comió como si fuera una manzana”. 
Al regresar de Malvinas “estuve dando varias vueltas para conseguir un empleo hasta que mi cuñado me llevó a trabajar en el transporte de carga. Un día casi mato a un tipo porque me escuchó hablar con un colega sobre la guerra, y empezó a reírse de mí. Le dije algo que no me acuerdo y me saltó. Cuando se me viene le doy una patada y casi cae de espaldas sobre un hierro. Me pongo ciego cuando pasa una cosa así, de la bronca, viste. Entonces prefería ya no hablar”, revela Ramón, más calmo después de sanar heridas profundas con el paso de los años.
Comunión vecinal 
Sábado al mediodía y el sol entibia el salón después de las lluvias de la mañana. Con un ánimo emparentado con el estado del tiempo, el murmullo de una docena de personas en el salón de la delegación municipal del barrio Víctor Colas, ofrece una bienvenida ideal al encuentro vecinal. Los invitados especiales son Ramón Galarza y Raúl Medina. Ellos reunieron a sus vecinos para que en la nota con El Litoral contaran sobre la idea de bautizar con sus nombres la plazoleta, un espacio ubicado a pocos metros de allí y en el que un par de chicos patean una desinflada pelota de cuero sobre el único lugar seco del playón. 
Allí estaban Oscar “Toto”, Jorge “Toro”, Ricardo “Largo”, el “Pato” Morales, Horacio, Rubén Medina (hermano de Raúl), Carlos Barrios, Andrea Avasolo (sobrina de Ramón), su esposo e hijo, además de Tomás Alberto Frías, Walter Sosa, y Fernanda Ojeda (quien atendía la delegación municipal). 
Oscar toma la palabra y cuenta: “Este terreno era una donación de la familia Tedesco para un espacio verde del barrio. Con otro muchacho, Walter Araujo, tuvimos la idea de bautizar con un nombre la plaza... y bueno, pensando, pensando, le dije por qué no le ponemos el nombre de Ramón y Raúl. Y así surgió el tema. Hace unos ocho años se estableció la plaza y ahora homenajea a los dos ex combatientes del barrio”. 
Luego de las palabras iniciales empezó una amena charla vecinal en el que todos contaban algo y otros preguntaban sobre Malvinas a los ex combatientes. Pero cada frase estaba siempre ligada al barrio que los vio nacer. “Siempre nos juntamos, nos conocemos de chicos”, comenta uno y surgen anécdotas sobre el fútbol que los unió, y en donde “Ramón era un terrible número 10”, según lo recordaron, y Raúl era otro que se destacaba. 
“Nos criamos todos juntos”, resume Ramón y se acuerda que la casa de los Medina era conocida porque allí se instaló el primer teléfono del barrio. 
“¿Qué recuerdan de cuando ellos fueron a Malvinas?”, preguntó El Litoral y uno de los vecinos-amigos lo resume con una frase contundente: “Fue una época muy triste… nos agarró muy de pibes. Ellos fueron, yo estuve por acá”. Otro admite: “En particular, estábamos en ascuas. Todo era incertidumbre y escuchar lo que te contaban a través de una sola radio y después comentarlo en la esquina, que es donde nos juntábamos. Era estar expectante sabiendo que ellos fueron a la guerra. Y el miedo de los otros muchachos, como ‘Pájaro’ o Ramón ‘El facha’, quienes eran de la clase siguiente, y se preguntaban si los iban a convocar”. 
La vuelta no fue fácil para los ex combatientes y el barrio lo contuvo, pero, como gran parte de la sociedad, hubo varios que les dieron la espalda culpándolos de la derrota en la guerra. Sin embargo, las mismas raíces del vecindario, año a año, les fue devolviendo el reconocimiento público. 
Durante la charla grupal en la delegación del Víctor Colas quedó en claro eso. Es más, surgieron varias preguntas, que tal vez nunca se hicieron, sobre lo que sucedió en la guerra, si recibieron cartas, si sentían miedo de morir cuando cayeron prisioneros, y de cómo fue la vuelta a casa. 
Ramón no para de hablar. Y cuenta escenas que vivió en Puerto Argentino, describe a los Harrier y sus bombas al amanecer, etcétera, etcétera. Todos siguen el relato con atenta mirada y de vez en cuanto surge algún chiste como para descomprimir un poco. Raúl acota descripciones que captan la atención, pero la verborragia de Ramón arrasa el aquelarre. 
Es que el ejercicio de la memoria sobre Malvinas los unió en esa charla, como el barrio y su historia. “¿Valió la pena?”, fue la última pregunta de uno de los vecinos al dúo de ex combatientes: “Sí, por supuesto”, fue la respuesta final mientras recorrían la plaza que eterniza sus nombres...

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Los papás malvineros

Tanto Raúl como Ramón tienen bien grabado en su interior a sus papás y en una fecha como la de hoy bien vale destacarlos. “Cuando muere mi viejo, me encontré muy solo, porque era mi compañero de andanzas. Era muy pegado a él y si bien éramos ocho hermanos, desde chico siempre andaba con mi papá, lo acompañaba a todos lados”, recordó Medina. 
“Mi papá murió a los 58 años, un mes después que vine de Malvinas”, indicó y señaló que a partir de ese momento comenzó a vivir los meses más duros de posguerra hasta que conoció a su esposa y ella fue el motor que logró contenerlo y juntos salieron adelante. 
Para Ramón las cosas también fueron muy duras, pese a que él lo pudo tener más años. “Mi papá era la única persona con la que me desahogaba, se llamaba Eladio y falleció en 2004”, rememoró. “Me acuerdo que temprano me hacía un té con un yuyo, creo que era yerba del lucero, porque me decía que, dormido, saltaba de la cama, hablaba... gritaba. Una vez me dijo: ‘Anoche lloraste’, y me servía el té”, contó Ramón. La posguerra fue infernal. “Uno no se da cuenta de todo eso, pero por suerte lo tenía a mi viejo”, concluyó el ex combatiente.

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Ramón y Raúl, dos ex combatientes unidos por el barrio que los vio volver de Malvinas

En el Víctor Colas, un grupo de vecinos homenajeó a los malvineros Eladio Ramón Galarza y Ciriaco Raúl Medina, nacidos y criados en el vecindario, bautizando con sus nombres la plaza del lugar. Entre dos fechas centrales sobre Malvinas, el 10 de junio (Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas) y el 14 de junio (el fin del conflicto bélico), contaron su historia de amistad barrial. 
 

Gustavo Lescano
glescano@ellitoral.com.ar

El joven de 19 años ya era un ex soldado y esperaba en el andén de la estación Mercedes, tenso, casi inmóvil por el frío del invierno de principios de julio de 1982. Por dentro las bombas de Malvinas aún resonaban y la ansiedad por llegar a casa también sacudía su interior, pero le daba vida. En ese instante, en medio de la oscura madrugada en el Paiubre, arribó una formación desde el sur provincial, bajaron decenas de camaradas y uno de ellos llegó desde atrás y lo sorprendió con un efusivo abrazo. La hermandad del barrio se estampó en esa escena de felicidad al saber que sobrevivieron a la guerra, y hoy los une más que nunca, a 37 años del final del horror. 
“Veníamos del regimiento de Monte Caseros, y cuando empezaba a marchar el tren lo veo a Raúl, a unos 50 metros. Estaba medio oscuro porque era de madrugada, y corro y lo saludo. Le digo: ‘Vamos en mi tren’; y me dice que no, que iba a esperar el suyo que también estaba por salir. ‘No, vamos juntos, si nadie controla nada’, le insistí y ahí nos vinimos los dos a Corrientes Capital”, recuerda Eladio Ramón Galarza, el ex combatiente que se reencontró con su amigo del barrio, Ciriaco Raúl Medina, quien era el que esperaba en Mercedes. 
“Me volví a encontrar con él cuando venía para Corrientes y no sabía si estaba vivo o muerto. Esa madrugada alguien se colgó de mi cuello desde atrás y era Ramón. Fijate lo que es la vida. Los dos pensábamos siempre en cuál habrá sido el destino del otro”, reflexiona Raúl.  
“De tanto que me insistió, me colé en el tren de ellos y vinimos hasta Capital. Llegamos juntos al barrio. Pero fijate que estuvimos en Malvinas al mismo tiempo, pero separados. Después, ya de regreso, nos contamos lo que pasamos y las tantas anécdotas que tuvimos. Y como los dos somos del barrio, siempre estuvimos juntos desde chicos y tenemos mucha historia en común”, resalta. 
“Cuando salimos de Caseros -cuenta Ramón-, pensaba cómo haría para ir de la terminal a casa: no tenía un cobre. Cuando llegamos a la estación venía un muchacho de Corrientes acompañado por otros del Chaco, e invitó a quedarnos en su casa, desayunar, almorzar algo y después cada uno seguir su camino. Yo le dije que no, que ya conseguí taxi, jaja: era el hermano de Raúl el que nos esperaba”. 
“Yo ya sabía que tenía que venir con Raúl. Porque cuando subimos al tren en Mercedes me dijo: ‘Galleta nos va a estar esperando en la terminal’, así le decíamos al hermano de él”, recuerda con una sonrisa por el apodo. 
Ramón, Raúl y “Galleta” llegaron en la salida del sol al barrio Víctor Colas, en el noreste de la ciudad, hoy cerca del Campus Universitario, pero que en ese tiempo era la periferia camino al aeropuerto. 
“Cuando llegamos a casa, el hermano de Raúl me deja en la puerta y veo a mi cuñado, Marolo, que se estaba preparando para ir a trabajar. Me ve y entonces le grita a mi hermana y mis padres que era yo: no lo podía creer”, relata aún emocionado Ramón. 
En la casa de Raúl también se celebró su regreso, ahora ya de baja del servicio militar, pues hacía un par de semanas había vuelto de Mercedes, porque les habían otorgado una breve licencia. 
Así, desde ese julio del 82 los amigos del barrio volvieron a las charlas en las veredas, en la esquina, con los amigos, los vecinos... Ya no eran los mismos chicos que antes de Malvinas, pero las raíces barriales los contenía de alguna manera, ante tanta orfandad social y estatal. Las heridas fueron sanando de a poco en estos 37 años, tanto que la plaza del Víctor Colas lleva ahora los nombres de los dos ex combatientes, por decisión de un grupo de vecinos que el pasado 25 de mayo organizaron un acto en el que bautizaron “Ramón Galarza y Raúl Medina” al espacio verde ubicado al lado de la delegación municipal. Este abrazo del vecindario emuló aquel afectuoso saludo de los dos jóvenes en la estación de Mercedes. 
  
Raúl, aferrado 
a la familia 
“Soy nacido y criado en el barrio Víctor Colas”, ratifica orgulloso Ciriaco Raúl Medina, quien recibió a El Litoral en su casa de las Mil Viviendas junto con su esposa María Luisa Giménez. El matrimonio tiene un hijo, Ernesto Raúl, y una hija, María Victoria. También tres nietos: María Pía, Tomás “Tomy” Francisco y Antonella. 
A tres cuadras de la plaza que ahora lleva su nombre y a una de la casa de Ramón, vivieron siempre los Medina. Ciriaco Raúl trabajaba en el Mercado de Concentración cuando le tocó hacer la colimba en Mercedes y luego ir a Malvinas con el Regimiento 12. 
“Cuando volví de la guerra, por suerte, me reincorporé a mi trabajo en el mercado. Poco después conozco a mi señora y ahí me aboqué a ella. Porque al volver de Malvinas me encontré solo, sentía impotencia, no sé... de haberme salvado tal vez... andaba alterado en esos tiempos. Y cuando me puse de novio, ella me sacó adelante. O sea, sin ella, capaz andaba tirado por ahí...”, dice Raúl y su mirada se pierde en una de las paredes del comedor. 
“Fueron años bastante complicados...”, recuerda María Luisa mientras sale al cruce del silencio de Raúl, pero también su voz se va un par de segundos mientras brota una lágrima. “Fue difícil por todo lo que él pasó en las islas, y que de a poco iba contando. A eso sumale que, al poco tiempo de haber llegado de Malvinas, fallece el papá. El se sentía muy culpable de la muerte del padre”, advierte. 
“No tuvimos un noviazgo normal, sino de contención hacia él, de hacerle sentir bien, que él piense de otra manera, que no se sienta culpable de lo le pasó a su papá. Siempre conversábamos, lo distraía y buscaba darle impulso para salir adelante, para seguir viviendo. Era una lucha constante”, indica la esposa. 
Después de casarse nació su primer hijo y también salieron sorteados en las viviendas del Invico y se mudaron a las Mil. 
“Todo ayudó mucho para ser contenido, pero él también aprendió a expresar lo que sentía, era muy introvertido. Su familia, la mía y la nuestra cooperó para que saliera adelante y Raúl aprendió a desahogarse. Eso fue clave”, remarca la mujer. 
“Estuvimos olvidados más de diez años, sin nada. A los ex combatientes nos trataban de locos”, acota Raúl y luego agrega: “Por suerte eso cambió; la sociedad cambió”. 
  
Ramón, verborragia 
sanadora 
También nacido y criado en el Víctor Colas, “en Remedios de Escalada al 5300”, especifica, Ramón Galarza formó una familia con Norma López y tiene dos hijas, Ayelén, de 26 años, y Amalia Anahí, de 22. “Me acompañan adonde voy”, señala emocionado. Al volver de Malvinas trabajó primero en una empresa de transporte de carga y descarga. En el ‘87 ingresó a una empresa de materiales de la construcción (Davisa SA) donde se desempeñó por 30 años hasta que se jubiló en 2017. 
En 1981 hizo el servicio militar, “me tocó el 409”, recuerda y relata: “Conversando con Raúl supe que él también tenía que presentarse el mismo día en el Regimiento 9. Como yo era medio tonto, y Raúl era más callejero, me prendo por él. Fuimos a la presentación juntos y después yo voy a Monte Caseros y él a Mercedes”. 
“El 2 de abril del ‘82, prestando servicio militar, a las 6.30 tocaron diana y nos sorprendimos por la forma en que lo hicieron: era totalmente distinto, como algo festivo. Salimos y vimos a los cuadros abrazarse. En la formación finalmente nos informaron lo que pasó: se recuperó Malvinas”, rememora Ramón. “El 10 de abril partió la infantería en tren y el 11 salimos nosotros”, especifica. 
La guerra fue intensa para Galarza. El frío, el hambre y la muerte lo rodearon en los días más oscuros en Malvinas. “Era chofer y el camión que manejaba se me quedó varado y no pudimos sacarlo más. Además, no tenía personal de cuadro, éramos sólo tres soldados: nos teníamos que amañar como sea. Así hasta el final”, subrayó. En esos momentos recuerda una escena de la guerra: “Cuando nos replegamos ante el ataque inglés, lo encuentro a Frutos (un ex combatiente conocido en la ciudad) y me dice: ‘Galarza, tengo hambre, hace días que no como’. Yo lo único que tenía era una cebolla y le di. Te juro, ahí nomás peló la cebolla y comió como si fuera una manzana”. 
Al regresar de Malvinas “estuve dando varias vueltas para conseguir un empleo hasta que mi cuñado me llevó a trabajar en el transporte de carga. Un día casi mato a un tipo porque me escuchó hablar con un colega sobre la guerra, y empezó a reírse de mí. Le dije algo que no me acuerdo y me saltó. Cuando se me viene le doy una patada y casi cae de espaldas sobre un hierro. Me pongo ciego cuando pasa una cosa así, de la bronca, viste. Entonces prefería ya no hablar”, revela Ramón, más calmo después de sanar heridas profundas con el paso de los años.
Comunión vecinal 
Sábado al mediodía y el sol entibia el salón después de las lluvias de la mañana. Con un ánimo emparentado con el estado del tiempo, el murmullo de una docena de personas en el salón de la delegación municipal del barrio Víctor Colas, ofrece una bienvenida ideal al encuentro vecinal. Los invitados especiales son Ramón Galarza y Raúl Medina. Ellos reunieron a sus vecinos para que en la nota con El Litoral contaran sobre la idea de bautizar con sus nombres la plazoleta, un espacio ubicado a pocos metros de allí y en el que un par de chicos patean una desinflada pelota de cuero sobre el único lugar seco del playón. 
Allí estaban Oscar “Toto”, Jorge “Toro”, Ricardo “Largo”, el “Pato” Morales, Horacio, Rubén Medina (hermano de Raúl), Carlos Barrios, Andrea Avasolo (sobrina de Ramón), su esposo e hijo, además de Tomás Alberto Frías, Walter Sosa, y Fernanda Ojeda (quien atendía la delegación municipal). 
Oscar toma la palabra y cuenta: “Este terreno era una donación de la familia Tedesco para un espacio verde del barrio. Con otro muchacho, Walter Araujo, tuvimos la idea de bautizar con un nombre la plaza... y bueno, pensando, pensando, le dije por qué no le ponemos el nombre de Ramón y Raúl. Y así surgió el tema. Hace unos ocho años se estableció la plaza y ahora homenajea a los dos ex combatientes del barrio”. 
Luego de las palabras iniciales empezó una amena charla vecinal en el que todos contaban algo y otros preguntaban sobre Malvinas a los ex combatientes. Pero cada frase estaba siempre ligada al barrio que los vio nacer. “Siempre nos juntamos, nos conocemos de chicos”, comenta uno y surgen anécdotas sobre el fútbol que los unió, y en donde “Ramón era un terrible número 10”, según lo recordaron, y Raúl era otro que se destacaba. 
“Nos criamos todos juntos”, resume Ramón y se acuerda que la casa de los Medina era conocida porque allí se instaló el primer teléfono del barrio. 
“¿Qué recuerdan de cuando ellos fueron a Malvinas?”, preguntó El Litoral y uno de los vecinos-amigos lo resume con una frase contundente: “Fue una época muy triste… nos agarró muy de pibes. Ellos fueron, yo estuve por acá”. Otro admite: “En particular, estábamos en ascuas. Todo era incertidumbre y escuchar lo que te contaban a través de una sola radio y después comentarlo en la esquina, que es donde nos juntábamos. Era estar expectante sabiendo que ellos fueron a la guerra. Y el miedo de los otros muchachos, como ‘Pájaro’ o Ramón ‘El facha’, quienes eran de la clase siguiente, y se preguntaban si los iban a convocar”. 
La vuelta no fue fácil para los ex combatientes y el barrio lo contuvo, pero, como gran parte de la sociedad, hubo varios que les dieron la espalda culpándolos de la derrota en la guerra. Sin embargo, las mismas raíces del vecindario, año a año, les fue devolviendo el reconocimiento público. 
Durante la charla grupal en la delegación del Víctor Colas quedó en claro eso. Es más, surgieron varias preguntas, que tal vez nunca se hicieron, sobre lo que sucedió en la guerra, si recibieron cartas, si sentían miedo de morir cuando cayeron prisioneros, y de cómo fue la vuelta a casa. 
Ramón no para de hablar. Y cuenta escenas que vivió en Puerto Argentino, describe a los Harrier y sus bombas al amanecer, etcétera, etcétera. Todos siguen el relato con atenta mirada y de vez en cuanto surge algún chiste como para descomprimir un poco. Raúl acota descripciones que captan la atención, pero la verborragia de Ramón arrasa el aquelarre. 
Es que el ejercicio de la memoria sobre Malvinas los unió en esa charla, como el barrio y su historia. “¿Valió la pena?”, fue la última pregunta de uno de los vecinos al dúo de ex combatientes: “Sí, por supuesto”, fue la respuesta final mientras recorrían la plaza que eterniza sus nombres...