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Los duendes del Parque Lezama

Uno de los misterios que rodea al Parque Lezama, en el barrio porteño de San Telmo, es la aparición de unos seres pequeños y extraños que vivirían en la parte más frondosa de los árboles. Los vecinos de esa zona cuentan que por las noches se los oye silbar. Es difícil encontrarlos, porque según dicen, tienen el poder de hacerse invisibles.

Escenario. El Parque Lezama, rodeado de frondosos árboles.
Area. Un sector del parque tal como se observa actualmente.

Por Francisco Villagrán
villagranmail@gmail.com
Especial para El Litoral

De las numerosas leyendas que tiene la ciudad de Buenos Aires, la de los duendes que silban en el Parque Lezama ocupa un lugar destacado. Según algunos historiadores, el parque estaría ubicado donde Pedro de Mendoza realizó la primera fundación de Buenos Aires en 1536. Este primitivo asentamiento fue abandonado al año siguiente, luego del asedio de los indígenas locales. Hacia fines del siglo XVIII, parte del actual parque era utilizada por la Compañía de las Filipinas, vendedora de esclavos. En 1802 el lugar pasó a manos de Manuel Gallego y Valcárcel. En 1808 el predio fue comprado en un remate público por Daniel MacKinlay, quien comenzó la forestación del lugar, que finalmente fue vendido por sus herederos tras su muerte, al inglés Charles Horne, en 1846. El nuevo dueño amplió el terreno al comprar tierras vecinas y construyó una mansión sobre la actual calle Defensa, pero en 1852, con la caída de Juan Manuel de Rosas, tuvo que exiliarse en Montevideo. Durante años flameó en la casona el pabellón británico, por lo cual los porteños se acostumbraron a llamarla la Quinta de los Ingleses. El predio fue vendido en 1857 al terrateniente salteño José Gregorio Lezama, quien anexó terrenos hasta la actual calle Brasil. Lezama remodeló totalmente la mansión y la convirtió en un importante parque privado. También funcionó allí un lazareto. Luego de la muerte del estanciero en 1889, su viuda vendió el predio en 1894 a la Municipalidad de Buenos Aires, a un valor simbólico, con la condición de que fuera convertido en un parque público que llevara el nombre de su marido.
Cuando cae la tarde y en el interior de este frondoso paseo, estos pequeños hombrecitos inician sus fantásticas correrías entre la arboleda. Según los testigos, son más de 50 los duendes que salen a vagar por las noches, emitiendo un raro silbido, penetrante y fuerte. Algunos dicen que quienes los observan de cerca, quedan encandilados por sus ojos azules. Afirman los antiguos visitantes que en una época quisieron apoderarse de ese paseo público. También dicen que cuando entran a una casa pueden hacerse invisibles para pasar desapercibidos y una vez adentro, se dedican a cambiar de lugar algunas cosas y a perseguir a los chicos para jugar con ellos. Cuando se cansan, vuelven al parque, a su hábitat natural y hay quienes afirman que se les da por mostrarse y hacerse oír, a veces molestan demasiado e intentan asustar a la gente, quizá para que se alejen de allí.

Sorprendentes testimonios
Pero no todo está dicho sobre estas extrañas apariciones. Un vecino de San Telmo, que vive a una cuadra del parque relató lo siguiente: “Es algo que no me van a creer, pero les confieso que no miento, que lo vi realmente”. El hombre creyó ver a un pájaro posado en uno de los árboles que bordean el parque, y al observarlo con mayor atención, se dio cuenta de que se trataba de una criatura extraña, vestida de colores llamativos. “Era un hombrecito de unos treinta centímetros de alto, -dijo- que me miraba fijamente y que, cuando intenté acercarme, corrió saltando entre las ramas a gran velocidad. Unos instantes después pude oír los silbidos y la llegada de otros seres pequeños que parecían  deslizarse y correr entre las ramas del gran ombú, moviendo todo el follaje, como jugando entre ellos. Me quedé asombrado”.
Una de las calles internas del paseo también está ligada a estas extrañas experiencias en que aparecen los duendes o gnomos, que según precisa la gente, se mueven con bastante soltura entre el tupido follaje de los árboles del parque. Una mujer creyó ver a uno de ellos en el medio de un sendero, pero al acercarse, se trepó a una verja y después escaló por ellas hacia una de las ramas de un gran árbol cercano. “Al atardecer empiezan a silbar, una amiga me lo había dicho hace rato y no le creí hasta que yo misma lo comprobé”, dijo sobresaltada.
La vecina recordó también que años atrás alguien le había contado algo parecido. Un hombre, que realizaba largos trayectos en un camino rural del interior de la provincia de Buenos Aires, narró que una noche cuando iba a caballo con otro amigo, vieron saltar a un ser muy chiquito a la orilla del callejón. Al observarlo en ese sitio tan solitario y en horas inoportunas, ambos se quedaron muy sorprendidos y a pesar de no creer en las apariciones, dudaron un instante y pensaron que bien podría tratarse de algo fantástico e irreal. Entonces bajaron el ritmo de trote de los caballos para ver hacia dónde se dirigía este ser. El duende logró esconderse y no lo vieron más, así reanudaron su viaje, pero a poco de andar se dieron cuenta de que este pequeño ser los seguía a cierta distancia, saltando con una habilidad increíble. El hombre finalizó diciendo que todo este suceso les puso la piel de gallina, que los atemorizó mucho, a tal punto que no querían mirar hacia atrás. Cuando al fin se animaron a hacerlo, ya el duende que los seguía había desaparecido perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Todo lo relatado confirmaría que estos extraños personajes, duendes, gnomos o lo que sean, están en la zona desde la época de fundación de Buenos Aires y aún se mantienen viviendo en la zona del frondoso Parque Lezama, en cuyos grandes y centenarios árboles tienen su hábitat preferido. Existen otras entidades de la naturaleza como gnomos, sílfides, duendes, ondinas, y otros elementos protectores de la naturaleza, que conviven y  coexisten con nosotros sin que nos demos cuenta, pero allí están y en más de una circunstancia se manifiestan para recordarnos que ellos también están allí, son compañeros de viaje en este ajetreado mundo, sólo que están en otros niveles, en otras dimensiones.

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Los duendes del Parque Lezama

Uno de los misterios que rodea al Parque Lezama, en el barrio porteño de San Telmo, es la aparición de unos seres pequeños y extraños que vivirían en la parte más frondosa de los árboles. Los vecinos de esa zona cuentan que por las noches se los oye silbar. Es difícil encontrarlos, porque según dicen, tienen el poder de hacerse invisibles.

Por Francisco Villagrán
villagranmail@gmail.com
Especial para El Litoral

De las numerosas leyendas que tiene la ciudad de Buenos Aires, la de los duendes que silban en el Parque Lezama ocupa un lugar destacado. Según algunos historiadores, el parque estaría ubicado donde Pedro de Mendoza realizó la primera fundación de Buenos Aires en 1536. Este primitivo asentamiento fue abandonado al año siguiente, luego del asedio de los indígenas locales. Hacia fines del siglo XVIII, parte del actual parque era utilizada por la Compañía de las Filipinas, vendedora de esclavos. En 1802 el lugar pasó a manos de Manuel Gallego y Valcárcel. En 1808 el predio fue comprado en un remate público por Daniel MacKinlay, quien comenzó la forestación del lugar, que finalmente fue vendido por sus herederos tras su muerte, al inglés Charles Horne, en 1846. El nuevo dueño amplió el terreno al comprar tierras vecinas y construyó una mansión sobre la actual calle Defensa, pero en 1852, con la caída de Juan Manuel de Rosas, tuvo que exiliarse en Montevideo. Durante años flameó en la casona el pabellón británico, por lo cual los porteños se acostumbraron a llamarla la Quinta de los Ingleses. El predio fue vendido en 1857 al terrateniente salteño José Gregorio Lezama, quien anexó terrenos hasta la actual calle Brasil. Lezama remodeló totalmente la mansión y la convirtió en un importante parque privado. También funcionó allí un lazareto. Luego de la muerte del estanciero en 1889, su viuda vendió el predio en 1894 a la Municipalidad de Buenos Aires, a un valor simbólico, con la condición de que fuera convertido en un parque público que llevara el nombre de su marido.
Cuando cae la tarde y en el interior de este frondoso paseo, estos pequeños hombrecitos inician sus fantásticas correrías entre la arboleda. Según los testigos, son más de 50 los duendes que salen a vagar por las noches, emitiendo un raro silbido, penetrante y fuerte. Algunos dicen que quienes los observan de cerca, quedan encandilados por sus ojos azules. Afirman los antiguos visitantes que en una época quisieron apoderarse de ese paseo público. También dicen que cuando entran a una casa pueden hacerse invisibles para pasar desapercibidos y una vez adentro, se dedican a cambiar de lugar algunas cosas y a perseguir a los chicos para jugar con ellos. Cuando se cansan, vuelven al parque, a su hábitat natural y hay quienes afirman que se les da por mostrarse y hacerse oír, a veces molestan demasiado e intentan asustar a la gente, quizá para que se alejen de allí.

Sorprendentes testimonios
Pero no todo está dicho sobre estas extrañas apariciones. Un vecino de San Telmo, que vive a una cuadra del parque relató lo siguiente: “Es algo que no me van a creer, pero les confieso que no miento, que lo vi realmente”. El hombre creyó ver a un pájaro posado en uno de los árboles que bordean el parque, y al observarlo con mayor atención, se dio cuenta de que se trataba de una criatura extraña, vestida de colores llamativos. “Era un hombrecito de unos treinta centímetros de alto, -dijo- que me miraba fijamente y que, cuando intenté acercarme, corrió saltando entre las ramas a gran velocidad. Unos instantes después pude oír los silbidos y la llegada de otros seres pequeños que parecían  deslizarse y correr entre las ramas del gran ombú, moviendo todo el follaje, como jugando entre ellos. Me quedé asombrado”.
Una de las calles internas del paseo también está ligada a estas extrañas experiencias en que aparecen los duendes o gnomos, que según precisa la gente, se mueven con bastante soltura entre el tupido follaje de los árboles del parque. Una mujer creyó ver a uno de ellos en el medio de un sendero, pero al acercarse, se trepó a una verja y después escaló por ellas hacia una de las ramas de un gran árbol cercano. “Al atardecer empiezan a silbar, una amiga me lo había dicho hace rato y no le creí hasta que yo misma lo comprobé”, dijo sobresaltada.
La vecina recordó también que años atrás alguien le había contado algo parecido. Un hombre, que realizaba largos trayectos en un camino rural del interior de la provincia de Buenos Aires, narró que una noche cuando iba a caballo con otro amigo, vieron saltar a un ser muy chiquito a la orilla del callejón. Al observarlo en ese sitio tan solitario y en horas inoportunas, ambos se quedaron muy sorprendidos y a pesar de no creer en las apariciones, dudaron un instante y pensaron que bien podría tratarse de algo fantástico e irreal. Entonces bajaron el ritmo de trote de los caballos para ver hacia dónde se dirigía este ser. El duende logró esconderse y no lo vieron más, así reanudaron su viaje, pero a poco de andar se dieron cuenta de que este pequeño ser los seguía a cierta distancia, saltando con una habilidad increíble. El hombre finalizó diciendo que todo este suceso les puso la piel de gallina, que los atemorizó mucho, a tal punto que no querían mirar hacia atrás. Cuando al fin se animaron a hacerlo, ya el duende que los seguía había desaparecido perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Todo lo relatado confirmaría que estos extraños personajes, duendes, gnomos o lo que sean, están en la zona desde la época de fundación de Buenos Aires y aún se mantienen viviendo en la zona del frondoso Parque Lezama, en cuyos grandes y centenarios árboles tienen su hábitat preferido. Existen otras entidades de la naturaleza como gnomos, sílfides, duendes, ondinas, y otros elementos protectores de la naturaleza, que conviven y  coexisten con nosotros sin que nos demos cuenta, pero allí están y en más de una circunstancia se manifiestan para recordarnos que ellos también están allí, son compañeros de viaje en este ajetreado mundo, sólo que están en otros niveles, en otras dimensiones.