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Querencia en tierras lejanas

Todo nos acerca. Aromas. Sonidos. Palabras. Una sobremesa que minimiza distancias, porque al calor de los Pons, París sabía más a Argentina poblada de artistas. Banderas erguidas acortando distancias, marcando identidad y orgullosa nacionalidad.

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

La pertenencia no sabe de geografías cuando la nostalgia pinta ojos de ausencia. Es lo que pasó tantas veces con personas que revindican en lugares distantes por diversas razones de su país natal. La cercanía parece más cierta y los motivos sobran para idealizarlo desde países recónditos el propio, lejano y querido. 
Julio Cortázar solía afirmar que si bien vivió en París buena parte de su vida, él estaba junto al suyo porque su obra literaria lo afirmaba constantemente, haciendo de la distancia una dimensión natural. Nunca se fue porque su pensamiento tenía lógica argentina, los gustos y olores eran percibidos como si nunca se hubiera ido aunque la partida tuviera lugar aventurando el regreso triunfal. Se vino brevemente con el advenimiento de la democracia, partiendo con la promesa de volver ante la primera posibilidad. No volvió porque la vida establece nuestra senda, pero con las ganas renovadas le permitió un final sin pena. 
José Pons, un arquitecto mendocino nacido en 1921, se instaló en París en 1960. No volvió definitivamente, pero sus regresos cortos le permitían suplir la distancia gracias a su natural capacidad de anfitrión, salvaguardando su identidad de origen, permitiendo alternar con artistas argentinos amigos que convirtieron su hogar en “embajada”. También cabe aclarar que José Pons asumió la representación de Sadaic en Francia. Eran todos argentinos que colmaron regularmente su departamento de la calle Descartes 16, en pleno Barrio Latino, muy próximo al Sena, donde la comida tenía aromas conocidos y el asado no faltaba cuando debía.
José Pons se había casado con una francesa, hija de un exgobernador de Argelia, Jacqueline, conforme la minuciosa descripción de un asiduo amigo que nunca faltaba a la mesa: Atahualpa Yupanqui. El mismo Don Ata, revela que en 1974, estando en la casa de José Pons, contando cómo se habían conocido sus padres, Don José y Higinia Carmen. Narra que habiéndose escapado un caballo de una tropilla que arriaba Don José entró en “campo ajeno”. Se recuperó el caballo en terreno muy cercano a su casa, pero desde el primer momento se quedó prendado de la hija del morador. Los dueños le dijeron que vuelva cuando quiera que será bienvenido. Don Ata con la fineza de su humor, acota, que su padre le respondió: “No le quepa duda de que voy a volver”. El que lo escuchaba atentamente era Astor Piazzolla, otro de los frecuentes habitués de las veladas argentinas de los Pons en Francia. Astor le dijo a Yupanqui por qué no escribía un poema, que él lo iba a musicalizar. “Me comprometo a escribir el poema para que usted le ponga música, pero… póngale algo sencillo, eh”. El tema titulado “Campo, camino y amor” fue estrenado con la voz de Amelita Baltar en el año 1974, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Integraron el grupo musical: Juan Carlos Cirigliano, en órgano; Horacio Malvicino en guitarra y Adalberto Cevasco en bajo.
Esa conversación producida en la mesa de los Pons entre Yupanqui y Piazzolla, dio a luz una poesía simple pero tan llena de amor, bautizándolos por respeto con otros nombres, plasmando el amorío de sus padres por culpa de un caballo rebelde: “Por un caballo perdido se conocieron los dos, María Juana y Juan María, paisanos de Pehuajó. / Los pájaros en el norte, sobre los higos el sol. / María Juan y Juan María, campo, camino y amor. / Arriba la Cruz del Sur, más arriba Tata Dios. / Sobre la pampa, vacaje, el caballo y el ñandú, y un ranchito allá en la loma con flores color punzó, / tristeza de nudo gaucho, cuando bien se quieren dos.” /
Uno se adentra en la historia del joven matrimonio: José Pons y Jacqueline, y no puede menos que vivir con emoción imaginando los cantos, los gestos, el humor y la nostalgia de cuántos argentinos pasaron por el departamento del Barrio Latino en París: Jairo, Mercedes Sosa, Los Quilla Huasi, Ariel Ramírez, Susana Rinaldi, Eduardo Falú, el Sexteto Mayor, Atahualpa Yupanqui, Amelita Baltar, Horacio Salgán, María Elena Walsh, Los indianos, Cacho Tirao, Horacio Ferrer,  y tantos otros. Eran tan honestos que tenían por norma no pedir que interpretaran, solamente que disfruten de la confraternidad argentina donde siempre un plato caliente les brindaba tibieza y nutritiva celebración del país lejano.
Hurgando, leyendo sobre esta “cofradía” de músicos argentinos que siempre se daban cita si coincidían sus tiempos en el departamento de los Pons en París, tuve la oportunidad de dar con un reportaje que en el 2017 le hiciera por vía telefónica el comunicador mendocino, Walter Gazzo, para su programa “El buen salvaje” de Radio Andina, Mendoza, justamente a Jacqueline esposa de José Pons que había fallecido mucho antes. Me llamó poderosamente la atención, lo que dijo Jacqueline, que la urgencia por aprender castellano era para poder compartir íntegramente las vivencias de esos argentinos que pasaron por allí. Inclusive se permite repetir fragmentos de poesías de Yupanqui como de otro mendocino, Armando Tejada Gómez. Es notable cómo se prende con todas sus fuerzas esa forma argentina de la amistad, cálida, afectuosa, sin esperar tiempos para madurar sino mucho antes cuando aún la emoción del afecto intenso está intacto para disfrutarlo con un mate, con una chacarera, con un tango, con la poesía rica y basta. Pero más que nada, por esa nostalgia natural que convierte la saludable amistad en rasgo distintivo de entrañable hermandad.
Sin llegar a ello ni parangonar la dulce ceremonia que la mesa larga de los Pons convertía en bandera, hubo un programa televisivo en la década del 60, que Proartel la productora entonces de Canal 13 de Buenos Aires, ponía al aire todos los domingos al mediodía, un programa donde el asado, la música, el humor y la chanza eran el condimento de argentinidad. Conducían Omar Moreno Palacios, Hugo Díaz, con presencias de notables: César Isella, el Chango Nieto, “El Tehuelche” Echeverría, “Coco” Díaz, etc. Un sin fin de artistas con lo nuestro a cuesta, valorizándolo, poniendo de relieve esa especial calidez que convierte en hermanos, acerca, abraza, se ríe, emociona y llora si es necesario para demostrar si hace falta, para saber que somos argentinos.
Los Pons fueron querencia en tierras lejanas. Sabor, nostalgias, sueños. Es mucho más de lo que parece: instalaron Argentina a viva voz en una tierra donde posteriormente convivieron también y se hicieron famosos, Raúl Barboza y los jóvenes Rudi y Nini Flores. Esa “cabecera de puente” solidaria y hermana, permitió que el argentino con su bagaje artístico, sus sueños de rica cultura latinoamericana revalidara conciencia, comparta con sus similares y cargue pilas con una carbonada al dente, una sopa, un asado, abrigados con amistad en la mesa cálida de los Pons, extendida como en un abrazo, generosa como una madre. Querencia del país lejano.

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Querencia en tierras lejanas

Todo nos acerca. Aromas. Sonidos. Palabras. Una sobremesa que minimiza distancias, porque al calor de los Pons, París sabía más a Argentina poblada de artistas. Banderas erguidas acortando distancias, marcando identidad y orgullosa nacionalidad.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

La pertenencia no sabe de geografías cuando la nostalgia pinta ojos de ausencia. Es lo que pasó tantas veces con personas que revindican en lugares distantes por diversas razones de su país natal. La cercanía parece más cierta y los motivos sobran para idealizarlo desde países recónditos el propio, lejano y querido. 
Julio Cortázar solía afirmar que si bien vivió en París buena parte de su vida, él estaba junto al suyo porque su obra literaria lo afirmaba constantemente, haciendo de la distancia una dimensión natural. Nunca se fue porque su pensamiento tenía lógica argentina, los gustos y olores eran percibidos como si nunca se hubiera ido aunque la partida tuviera lugar aventurando el regreso triunfal. Se vino brevemente con el advenimiento de la democracia, partiendo con la promesa de volver ante la primera posibilidad. No volvió porque la vida establece nuestra senda, pero con las ganas renovadas le permitió un final sin pena. 
José Pons, un arquitecto mendocino nacido en 1921, se instaló en París en 1960. No volvió definitivamente, pero sus regresos cortos le permitían suplir la distancia gracias a su natural capacidad de anfitrión, salvaguardando su identidad de origen, permitiendo alternar con artistas argentinos amigos que convirtieron su hogar en “embajada”. También cabe aclarar que José Pons asumió la representación de Sadaic en Francia. Eran todos argentinos que colmaron regularmente su departamento de la calle Descartes 16, en pleno Barrio Latino, muy próximo al Sena, donde la comida tenía aromas conocidos y el asado no faltaba cuando debía.
José Pons se había casado con una francesa, hija de un exgobernador de Argelia, Jacqueline, conforme la minuciosa descripción de un asiduo amigo que nunca faltaba a la mesa: Atahualpa Yupanqui. El mismo Don Ata, revela que en 1974, estando en la casa de José Pons, contando cómo se habían conocido sus padres, Don José y Higinia Carmen. Narra que habiéndose escapado un caballo de una tropilla que arriaba Don José entró en “campo ajeno”. Se recuperó el caballo en terreno muy cercano a su casa, pero desde el primer momento se quedó prendado de la hija del morador. Los dueños le dijeron que vuelva cuando quiera que será bienvenido. Don Ata con la fineza de su humor, acota, que su padre le respondió: “No le quepa duda de que voy a volver”. El que lo escuchaba atentamente era Astor Piazzolla, otro de los frecuentes habitués de las veladas argentinas de los Pons en Francia. Astor le dijo a Yupanqui por qué no escribía un poema, que él lo iba a musicalizar. “Me comprometo a escribir el poema para que usted le ponga música, pero… póngale algo sencillo, eh”. El tema titulado “Campo, camino y amor” fue estrenado con la voz de Amelita Baltar en el año 1974, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Integraron el grupo musical: Juan Carlos Cirigliano, en órgano; Horacio Malvicino en guitarra y Adalberto Cevasco en bajo.
Esa conversación producida en la mesa de los Pons entre Yupanqui y Piazzolla, dio a luz una poesía simple pero tan llena de amor, bautizándolos por respeto con otros nombres, plasmando el amorío de sus padres por culpa de un caballo rebelde: “Por un caballo perdido se conocieron los dos, María Juana y Juan María, paisanos de Pehuajó. / Los pájaros en el norte, sobre los higos el sol. / María Juan y Juan María, campo, camino y amor. / Arriba la Cruz del Sur, más arriba Tata Dios. / Sobre la pampa, vacaje, el caballo y el ñandú, y un ranchito allá en la loma con flores color punzó, / tristeza de nudo gaucho, cuando bien se quieren dos.” /
Uno se adentra en la historia del joven matrimonio: José Pons y Jacqueline, y no puede menos que vivir con emoción imaginando los cantos, los gestos, el humor y la nostalgia de cuántos argentinos pasaron por el departamento del Barrio Latino en París: Jairo, Mercedes Sosa, Los Quilla Huasi, Ariel Ramírez, Susana Rinaldi, Eduardo Falú, el Sexteto Mayor, Atahualpa Yupanqui, Amelita Baltar, Horacio Salgán, María Elena Walsh, Los indianos, Cacho Tirao, Horacio Ferrer,  y tantos otros. Eran tan honestos que tenían por norma no pedir que interpretaran, solamente que disfruten de la confraternidad argentina donde siempre un plato caliente les brindaba tibieza y nutritiva celebración del país lejano.
Hurgando, leyendo sobre esta “cofradía” de músicos argentinos que siempre se daban cita si coincidían sus tiempos en el departamento de los Pons en París, tuve la oportunidad de dar con un reportaje que en el 2017 le hiciera por vía telefónica el comunicador mendocino, Walter Gazzo, para su programa “El buen salvaje” de Radio Andina, Mendoza, justamente a Jacqueline esposa de José Pons que había fallecido mucho antes. Me llamó poderosamente la atención, lo que dijo Jacqueline, que la urgencia por aprender castellano era para poder compartir íntegramente las vivencias de esos argentinos que pasaron por allí. Inclusive se permite repetir fragmentos de poesías de Yupanqui como de otro mendocino, Armando Tejada Gómez. Es notable cómo se prende con todas sus fuerzas esa forma argentina de la amistad, cálida, afectuosa, sin esperar tiempos para madurar sino mucho antes cuando aún la emoción del afecto intenso está intacto para disfrutarlo con un mate, con una chacarera, con un tango, con la poesía rica y basta. Pero más que nada, por esa nostalgia natural que convierte la saludable amistad en rasgo distintivo de entrañable hermandad.
Sin llegar a ello ni parangonar la dulce ceremonia que la mesa larga de los Pons convertía en bandera, hubo un programa televisivo en la década del 60, que Proartel la productora entonces de Canal 13 de Buenos Aires, ponía al aire todos los domingos al mediodía, un programa donde el asado, la música, el humor y la chanza eran el condimento de argentinidad. Conducían Omar Moreno Palacios, Hugo Díaz, con presencias de notables: César Isella, el Chango Nieto, “El Tehuelche” Echeverría, “Coco” Díaz, etc. Un sin fin de artistas con lo nuestro a cuesta, valorizándolo, poniendo de relieve esa especial calidez que convierte en hermanos, acerca, abraza, se ríe, emociona y llora si es necesario para demostrar si hace falta, para saber que somos argentinos.
Los Pons fueron querencia en tierras lejanas. Sabor, nostalgias, sueños. Es mucho más de lo que parece: instalaron Argentina a viva voz en una tierra donde posteriormente convivieron también y se hicieron famosos, Raúl Barboza y los jóvenes Rudi y Nini Flores. Esa “cabecera de puente” solidaria y hermana, permitió que el argentino con su bagaje artístico, sus sueños de rica cultura latinoamericana revalidara conciencia, comparta con sus similares y cargue pilas con una carbonada al dente, una sopa, un asado, abrigados con amistad en la mesa cálida de los Pons, extendida como en un abrazo, generosa como una madre. Querencia del país lejano.