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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Un péndulo entre el Olimpo y el Tártaro

Por Sebastián Barbará

Especial para El Litoral

Decía Jorge Luis Borges, en uno de sus tantos apotegmas, que tanto el infierno como el paraíso se le antojaban desproporcionados, en virtud de que las acciones humanas no eran merecedoras de tanto premio o castigo. Pero tales destinos de ultratumba, si existieren han tenido para muchos hombres su parangón en la existencia terrenal; no para Borges, quizás, porque su oficio no despierta pasiones masivas o exacerbadas y por lo tanto no vivió situaciones extremas, aunque imaginó el paraíso como una biblioteca pasando varias de sus horas en algunas de ellas y experimentó, al menos en sus pensamientos, un cierto agobio por esa fama a la que siempre rehuyó. Tal vez otra hubiera sido la historia si, en vez de escritor, hubiera sido futbolista, como Maradona, quien sí transcurrió sus días oscilando dramáticamente entre los extremos del placer y el dolor. Sólo la masiva popularidad del fútbol y todo cuanto provoca puede explicar el fenómeno Maradona, un hombre que por ese y varios otros factores vivió la dicha y la condena de una vida pendular, del amor al odio en todas sus formas, de la carencia material a la ostentación, de la gloria al fracaso, de la felicidad a la desdicha.

Maradona sólo era posible en una sociedad como la argentina, es decir, una masa dominada antes por pasiones irrefrenables que por el raciocinio, capaz de equiparar la tragedia de un enfrentamiento bélico y sus consecuencias con un partido de fútbol; un cuerpo social ávido de relatos que atenúen las consecuencias más duras de la realidad o le confieren un tinte épico a la inauguración de una canilla pública; una caterva de espíritus frívolos y dispuestos a satanizar a una figura con la misma facilidad y presteza con que promovieron su apoteosis; una sociedad, en definitiva, más propensa al pensamiento mágico que a la realidad, que espera siempre una ayuda sobrenatural que se parece a Godot y que por ello provoca alucinaciones propias del desengaño y la frustración, lo cual lleva a conferirle carácter divino a lo común y corriente. Maradona fue apenas un exponente de esa sociedad que, al proyectarse en escala mundial, “viralizó” esa selfie íntima que quisiéramos ocultar y que, una vez expuestos, buscamos ocultar cerrando filas, parapetados en aquello positivo que creemos tener para exhibir, como para equilibrar la balanza.

El ingente talento individual de Maradona para el fútbol, del que sólo él y sus maestros y entrenadores deportivos fueron gestantes, siguió el mismo camino de tantas otras cosas exitosas en este país: todos se apropiaron de él como producto colectivo, marca identitaria y motivo de orgullo sin más justificativo que el de compartir nacionalidad; de allí se derivan los sentimientos más rancios que puede prohijar un pueblo, como el nacionalismo cerril y el idealismo colectivo que, llevado al paroxismo, desemboca en la negación de la realidad, lo cual es, en definitiva, rehuir las propias responsabilidades. Es la misma idiosincrasia que mueve a condenar y satanizar al perdedor;  el que fracasa nos pone en ridículo y traiciona nuestro supuesto destino de grandeza. La glorificación y la condena pueden estar separadas por unos días o incluso horas en una sociedad que se niega a admitir su propia decadencia, su falta de talento, su voluntarismo, su aversión al mérito del esfuerzo y su desdén por el conocimiento, rasgos que se evidencian grotescamente en sus dirigentes y gobernantes. Pero, de algún modo, llegó un punto en la vida de Maradona en que logró romper esa lógica y permanecer en su endiosamiento, incluso en los momentos más tormentosos de sus recurrentes altibajos.

 Y es que, quizás, Maradona se había convertido en el referente de una grandeza perdida. Los recurrentes fracasos de la selección nacional (que incluyen su etapa de director técnico albiceleste) no hicieron sino agrandar su figura ganadora y su aura mágica: perdemos por mala suerte o porque los jugadores de hoy no tienen el “fuego sagrado” de los campeones, y no por la falta de orden y profesionalismo de dirigentes y entrenadores. Por ello, la figura del diez debía ser preservada; era intocable porque mancillar su grandeza y divinidad era destruir el último motivo de orgullo que nos quedaba; Maradona debía seguir siendo el mejor de la historia y, sobre todo, seguir siendo nuestro; él era nosotros y destruirlo sería martillarnos los pies.

Con el acto final de Maradona, acaecido en un tiempo aciago, se cerró el telón de su vida y se abrieron muchos otros. Su muerte nos interpela porque reavivó ese impulso latente en la mayoría de la sociedad, el cual nace de las significativas limitaciones en el campo intelectual, es decir, del uso de la razón crítica a la hora de interpretar los hechos de la realidad; lo cual lleva, a su vez, a refugiarse en el espacio más primitivo que inventó el ser humano para explicar lo inexplicable y alcanzar cierto equilibrio emocional: la mitificación de los hechos y la deificación de los protagonistas. 

Se hacen evidentes, también, cuestiones ligadas a la defensa y justificación del propio ideario o, antes bien, de la propia fe; en definitiva, es un todo que tiene un mismo origen: la imposibilidad de razonar y el atrincheramiento en lo meramente afectivo-emocional cuyo origen remite una y otra vez a la misma causa: la destrucción de la educación en todos sus niveles que ha hecho la pedagogía posmoderna soslayando a la ciencia. Ya dijo Maya Angelou que la gente olvida lo que hiciste, pero no cómo la hiciste sentir. Por eso no sorprende que, por idolatría a esta singular figura del deporte, se haga prevalecer la nimiedad de la alegría temporaria que produce un triunfo deportivo, o la cantidad que fueren, o aun declaraciones y demostraciones de afinidades políticas obscenamente ideologizadas e incongruentes por sobre acciones ramplonas, reñidas con la moral e incluso hechos delictivos atroces cometidos por tal referente. 

No es difícil, entonces, comprender las reacciones que produjo y sigue produciendo el singular hecho, cuyos efectos se ven expuestos masivamente; sucede, también, que el impulso que los provoca se potencia merced a las herramientas comunicativas de estos tiempos, que ofrecen a cualquiera la posibilidad de hacer públicas sus ocurrencias con la promesa de que un golpe de suerte les conceda la dicha de la viralidad, por efímera que sea.

 La sociedad que alumbró el mito del Olimpo como residencia divina, y el del Tártaro, lugar del Hades que era el castigo para los mortales, similar al infierno cristiano, es la misma en cuyo seno nació un hombre que concibió a la virtud como el camino a una vida de excelencia, indicándonos que aquella se encuentra en el medio, un punto equidistante de esos dos extremos que deben evitarse y que, alternativamente, visita el conturbado péndulo.

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