La ilusión protectora
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La ilusión protectora

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Por Emilio Zola
Especial para El Litoral

Encerrados sí, pero en casas amplias y con ventanales que dejan entrar la luz del día, adornadas con cortinados que se mecen al son de una cadenciosa brisa de otoño, con patios generosos que permiten jugar a los niños. También hay servicios de banda ancha que entregan contenido audiovisual a discreción, consolas de juego para distraer a la familia y aplicaciones para verse de cerca con el ser querido en la pantalla del ordenador.
A pesar del temor latente de un eventual contagio, la cuarentena se sobrelleva en un clima de insospechado sosiego para muchos argentinos. Mas no para todos.
Una larga espera con alacenas llenas no puede ser tan dura comparada con la descarnada realidad de los conurbanos marginales, donde el paisaje salta de la última casita de ladrillos al abismo de un rancherío miserable, cuyas antenas de TV emergen de la ciénaga humana como único vínculo cultural entre los que están adentro y los que están afuera del sistema.
En tiempos de pandemia los bajos fondos de las grandes ciudades argentinas muestran la cruda realidad de un país desigual, donde seis millones de personas carecen de agua potable y baño con sistema de descarga. Sólo letrinas y bidones. Y el peligro de aventurarse a la vereda de una escuela pública para retirar la ración de guiso.
Son los confines adonde el alcohol en gel nunca llegó. Cordones de pobreza sentenciados a una vida de placeres ausentes, habitados por mendicantes que ya ni siquiera tienen la oportunidad de rogar por una moneda en el semáforo.
Aislarse del otro en los ranchos de chapa cartón con piso de tierra es una misión imposible. Frente a la tragedia cotidiana de cohabitar en 10 metros cuadrados sobre un par de camastros, el Covid-19 puede volverse más letal que en cualquier vuelo transoceánico.
El virus obliga a mirar de frente a esa pobreza extrema con algo más que caridad y subsidios. Por empezar, es indispensable tomar conciencia de que en el mundo de los chicos descalzos es preferible la calle antes que la humillación del confinamiento en condiciones de privación. 
¿Cómo mantener aisladas a personas hacinadas? Es un oxímoron sociopolítico. Una aporía de la Argentina 2020 que encuentra en la base de excluidos de su pirámide social el almácigo para la multiplicación exponencial de la peste.
No hay soluciones a la vista frente a la vulnerabilidad de una franja poblacional que vive la diaria mediante la precariedad de los conchabos. Sólo paliativos, como el plan social AUH, instrumentos de asistencialismo que frente al avance del coronavirus parecieran gotas en un mar de desolación.
No hay vueltas. La velocidad de propagación del microorganismo que está diezmando a toda una generación de europeos preanuncia el peligro potencial de una mortandad sin precedentes en los bolsones de indigencia, donde la barrera cuarentenaria sencillamente no funciona.
Las villas donde se concentra este potaje de volatilidad colectiva pueden ser el talón de Aquiles para un Gobierno que empezó a funcionar como tal con la llegada del Sars-Cov-2. Antes de eso la economía importaba más que cualquier catástrofe y el Presidente buscaba por todos los medios una vía de escape para desandar el camino de la crisis. Ya no.
Ahora la prioridad es otra. Sin embargo, lo peor del cuadro de situación anterior a la pestilencia puede activarse con inusitado vigor en medio del pandemónium viral, una vez que empiece a recrudecer el contagio comunitario. Si los asentamientos de emergencia eran una olla a presión en vísperas de cada Navidad, ahora lo serán frente al desamparo sanitario. 
Una alternativa castrense comenzó a ganar las calles de Quilmes en los últimos días. El Ejército desembarcó en las barriadas más azotadas por la malnutrición con la cocina rodante enganchada en los Unimog, para repartir comida. Las filas famélicas se agolparon en torno de los vehículos camuflados, sin cumplir con la distancia recomendada de un metro y medio.
Más visible que nunca, la verdadera grieta quedó al desnudo en plena emergencia. 
Aunque hoy el dispositivo militar muestre un sesgo netamente humanitario, habría que preguntarse cómo deberán obrar los uniformados en caso de una hipotética rebelión de las muchedumbres impedidas de autoprotegerse mediante el quimérico distanciamiento social.
Allí reside el pavor inconfesable del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, quien jamás en su vida de militante keinesiano hubiera imaginado que habría de instalar a las Fuerzas Armadas en las calles para contener a las masas.
El presidente Fernández tiene un diagnóstico claro de la situación. Y por eso aceptó la propuesta de sus aliados de La Cámpora para llevar las milicias en los puntos neurálgicos de la miseria. La idea es detectar lo más temprano posible a las personas con síntomas y aislarlas preventivamente en lugares a definir. Todo con tal de evitar una contraofensiva del coronavirus en las barriadas más desguarnecidas.
Evidentemente la estrategia oficial incluye el uso de la fuerza. Se demostró con múltiples detenciones y secuestros de automóviles pertenecientes a quienes violaron la prohibición de circular. 
El Presidente sabe que su apuesta a la vida, en el sentido lato de la expresión, va en detrimento de la economía y se traducirá en un alto costo a pagar en el futuro con una recesión tremenda, pero aun así decidió paralizar el país, compelido por un razonamiento que va más allá de lo ideológico: quiere evitar males mayores cuando el pico de contagios llegue, según se cree, al promediar mayo.
El sentido de sus medidas es garantizar por todos los medios posibles no solamente la salud, sino también la seguridad pública, para lo cual no sólo es necesario ralentizar la curva de transmisión del virus, sino también exorcizar el fantasma de un amotinamiento de los abandonados por las políticas meritocráticas que desvistieron el santo de la acción social para vestir al santo del mercado.
Una demostración palmaria de su tenacidad para afrontar tan compleja coyuntura ha sido la determinación de interrumpir la repatriación de los más de 15.000 connacionales que estaban de viaje por el exterior al momento de cerrarse las fronteras internacionales. 
Para los argentinos varados en el extranjero la sensación de orfandad es sin dudas sobrecogedora, pero el Presidente prefirió dejarlos afuera porque suspender su retorno es el mal menor y priorizar la salud de los que nunca se fueron vendría a ser el bien mayor. Según la lógica gubernamental (acertada por cierto) el ingreso masivo de esos millares de turistas procedentes de zonas de riesgo restaría capacidad a los centros asistenciales y elevaría el riesgo de propagación de la enfermedad.
Con el mismo criterio actúa Fernández frente al dilema de los menesterosos. Envía el Ejército para protegerlos, alimentarlos y asistirlos, pero también para impedir que, en caso de precipitarse un escenario extremo, evadan los cerrojos sanitarios que ya se han montado entre municipios, provincias y localidades.
¿Cuál será el mal menor en caso de un brote en los villorrios más desvalidos? ¿Y cuál el bien mayor? Todo indica que el plan gubernamental es generar la ilusión de un Estado protector que vela por cada uno de sus habitantes al mismo tiempo que bloquea, acorrala y restringe al máximo las posibilidades de desplazamiento civil. Recalquemos la palabra: ilusión.
Para comprender que no hay soluciones indoloras en lo que viene, las opciones de Alberto en tan dramático momento pueden reflejarse en el soliloquio de Segismundo, preso de su propio padre: “Sueña el rey que es rey (…) Sueña el rico en su riqueza (…) Sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza (…) ¿Qué es la vida?, una ilusión, una sombra, una ficción, el mayor bien es pequeño y toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

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Por Emilio Zola
Especial para El Litoral

Encerrados sí, pero en casas amplias y con ventanales que dejan entrar la luz del día, adornadas con cortinados que se mecen al son de una cadenciosa brisa de otoño, con patios generosos que permiten jugar a los niños. También hay servicios de banda ancha que entregan contenido audiovisual a discreción, consolas de juego para distraer a la familia y aplicaciones para verse de cerca con el ser querido en la pantalla del ordenador.
A pesar del temor latente de un eventual contagio, la cuarentena se sobrelleva en un clima de insospechado sosiego para muchos argentinos. Mas no para todos.
Una larga espera con alacenas llenas no puede ser tan dura comparada con la descarnada realidad de los conurbanos marginales, donde el paisaje salta de la última casita de ladrillos al abismo de un rancherío miserable, cuyas antenas de TV emergen de la ciénaga humana como único vínculo cultural entre los que están adentro y los que están afuera del sistema.
En tiempos de pandemia los bajos fondos de las grandes ciudades argentinas muestran la cruda realidad de un país desigual, donde seis millones de personas carecen de agua potable y baño con sistema de descarga. Sólo letrinas y bidones. Y el peligro de aventurarse a la vereda de una escuela pública para retirar la ración de guiso.
Son los confines adonde el alcohol en gel nunca llegó. Cordones de pobreza sentenciados a una vida de placeres ausentes, habitados por mendicantes que ya ni siquiera tienen la oportunidad de rogar por una moneda en el semáforo.
Aislarse del otro en los ranchos de chapa cartón con piso de tierra es una misión imposible. Frente a la tragedia cotidiana de cohabitar en 10 metros cuadrados sobre un par de camastros, el Covid-19 puede volverse más letal que en cualquier vuelo transoceánico.
El virus obliga a mirar de frente a esa pobreza extrema con algo más que caridad y subsidios. Por empezar, es indispensable tomar conciencia de que en el mundo de los chicos descalzos es preferible la calle antes que la humillación del confinamiento en condiciones de privación. 
¿Cómo mantener aisladas a personas hacinadas? Es un oxímoron sociopolítico. Una aporía de la Argentina 2020 que encuentra en la base de excluidos de su pirámide social el almácigo para la multiplicación exponencial de la peste.
No hay soluciones a la vista frente a la vulnerabilidad de una franja poblacional que vive la diaria mediante la precariedad de los conchabos. Sólo paliativos, como el plan social AUH, instrumentos de asistencialismo que frente al avance del coronavirus parecieran gotas en un mar de desolación.
No hay vueltas. La velocidad de propagación del microorganismo que está diezmando a toda una generación de europeos preanuncia el peligro potencial de una mortandad sin precedentes en los bolsones de indigencia, donde la barrera cuarentenaria sencillamente no funciona.
Las villas donde se concentra este potaje de volatilidad colectiva pueden ser el talón de Aquiles para un Gobierno que empezó a funcionar como tal con la llegada del Sars-Cov-2. Antes de eso la economía importaba más que cualquier catástrofe y el Presidente buscaba por todos los medios una vía de escape para desandar el camino de la crisis. Ya no.
Ahora la prioridad es otra. Sin embargo, lo peor del cuadro de situación anterior a la pestilencia puede activarse con inusitado vigor en medio del pandemónium viral, una vez que empiece a recrudecer el contagio comunitario. Si los asentamientos de emergencia eran una olla a presión en vísperas de cada Navidad, ahora lo serán frente al desamparo sanitario. 
Una alternativa castrense comenzó a ganar las calles de Quilmes en los últimos días. El Ejército desembarcó en las barriadas más azotadas por la malnutrición con la cocina rodante enganchada en los Unimog, para repartir comida. Las filas famélicas se agolparon en torno de los vehículos camuflados, sin cumplir con la distancia recomendada de un metro y medio.
Más visible que nunca, la verdadera grieta quedó al desnudo en plena emergencia. 
Aunque hoy el dispositivo militar muestre un sesgo netamente humanitario, habría que preguntarse cómo deberán obrar los uniformados en caso de una hipotética rebelión de las muchedumbres impedidas de autoprotegerse mediante el quimérico distanciamiento social.
Allí reside el pavor inconfesable del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, quien jamás en su vida de militante keinesiano hubiera imaginado que habría de instalar a las Fuerzas Armadas en las calles para contener a las masas.
El presidente Fernández tiene un diagnóstico claro de la situación. Y por eso aceptó la propuesta de sus aliados de La Cámpora para llevar las milicias en los puntos neurálgicos de la miseria. La idea es detectar lo más temprano posible a las personas con síntomas y aislarlas preventivamente en lugares a definir. Todo con tal de evitar una contraofensiva del coronavirus en las barriadas más desguarnecidas.
Evidentemente la estrategia oficial incluye el uso de la fuerza. Se demostró con múltiples detenciones y secuestros de automóviles pertenecientes a quienes violaron la prohibición de circular. 
El Presidente sabe que su apuesta a la vida, en el sentido lato de la expresión, va en detrimento de la economía y se traducirá en un alto costo a pagar en el futuro con una recesión tremenda, pero aun así decidió paralizar el país, compelido por un razonamiento que va más allá de lo ideológico: quiere evitar males mayores cuando el pico de contagios llegue, según se cree, al promediar mayo.
El sentido de sus medidas es garantizar por todos los medios posibles no solamente la salud, sino también la seguridad pública, para lo cual no sólo es necesario ralentizar la curva de transmisión del virus, sino también exorcizar el fantasma de un amotinamiento de los abandonados por las políticas meritocráticas que desvistieron el santo de la acción social para vestir al santo del mercado.
Una demostración palmaria de su tenacidad para afrontar tan compleja coyuntura ha sido la determinación de interrumpir la repatriación de los más de 15.000 connacionales que estaban de viaje por el exterior al momento de cerrarse las fronteras internacionales. 
Para los argentinos varados en el extranjero la sensación de orfandad es sin dudas sobrecogedora, pero el Presidente prefirió dejarlos afuera porque suspender su retorno es el mal menor y priorizar la salud de los que nunca se fueron vendría a ser el bien mayor. Según la lógica gubernamental (acertada por cierto) el ingreso masivo de esos millares de turistas procedentes de zonas de riesgo restaría capacidad a los centros asistenciales y elevaría el riesgo de propagación de la enfermedad.
Con el mismo criterio actúa Fernández frente al dilema de los menesterosos. Envía el Ejército para protegerlos, alimentarlos y asistirlos, pero también para impedir que, en caso de precipitarse un escenario extremo, evadan los cerrojos sanitarios que ya se han montado entre municipios, provincias y localidades.
¿Cuál será el mal menor en caso de un brote en los villorrios más desvalidos? ¿Y cuál el bien mayor? Todo indica que el plan gubernamental es generar la ilusión de un Estado protector que vela por cada uno de sus habitantes al mismo tiempo que bloquea, acorrala y restringe al máximo las posibilidades de desplazamiento civil. Recalquemos la palabra: ilusión.
Para comprender que no hay soluciones indoloras en lo que viene, las opciones de Alberto en tan dramático momento pueden reflejarse en el soliloquio de Segismundo, preso de su propio padre: “Sueña el rey que es rey (…) Sueña el rico en su riqueza (…) Sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza (…) ¿Qué es la vida?, una ilusión, una sombra, una ficción, el mayor bien es pequeño y toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.