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Rafael Costarelli o “el diamante consternado de la noche”

Por El Litoral

Domingo, 26 de abril de 2020 a las 02:54
Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

En el siglo VII a.C. en la Grecia arcaica, más precisamente en Lesbos, nacía Safo, una de las grandes y primeras poetas femeninas (en Occidente) que se atrevió a escribir y a dar a conocer poemas eróticos, en los que los actos de amor respondían a vivencias personales. Los breves fragmentos que llegan a nuestros días bastaron para inscribir a Safo como la gran universalizadora de experiencias amorosas comunes a los seres humanos. 

No ha de extrañar entonces que los poetas venideros se abocaran a seguir sus pasos y así algunos nombres propios de amantes (reales o cambiados) pasaran a la historia de la literatura con mayor o menor fortuna, crudeza o idealización. Veamos algunos: Lesbia de Catulo; Cintia de Propercio; Delia de Tibulo; Beatriz de Dante; Laura de Petrarca; Marie de Ronsard; y en nuestra lengua Claudia de Cardenal; más cerca aún Laura de Bernárdez, Elbiamor de Marechal, etc.

En los años que llevo viviendo en Madrid he tenido la suerte de hacerlo en sitios de la ciudad que de algún modo me han ofrecido la compañía de poetas: en los primeros meses me manejaba con la parada de metro Antonio Machado; luego en el barrio obrero de Vallecas con la de Miguel Hernández y tenía que caminar unas cuadras por la avenida Pablo Neruda. Más tarde viví muy cerca de la plaza Tirso de Molina y tras algunas (o muchas) incursiones en la taberna Quevedo (zona del mismo nombre) me radiqué hasta hoy en día en la calle Pedro Salinas. Debe ser nomás que vivir en la calle del autor de “La voz a ti debida” me trae un puñado hermoso de poemas pertenecientes al poemario inédito “Cancionero de Valeria” de Rafael Costarelli, cuya voz se alza para callarse, para extender un desierto a la medida de la herida: “el amor/ temible y callado”(…) “No tan temible/ por malo,/ sino por solo y callado/ como la brasa que ardiendo/ disimula entre cenizas/ que está viva”.

El título “Cancionero de Valeria” nos remite a la antigua tradición poética española, desde la galaico-portuguesa a inclusive los poetas del siglo XX. Con gran habilidad y decantación los poemas de Costarelli dialogan sutilmente con la tradición pero lo hacen desde el hálito de la voz, no desde las formas. Así la experiencia de vida del poeta halla su cauce propio para contar, grabar a fuego en aquello que en definitiva no se ve pero que se ramifica en el dolor propio e intransferible: “Para que quede/ testimonio de este amor/ escribo:/ arco tenso, flecha y herida,/ raudos y ardientes,/ por el dominio/ del corazón”. 

Cuando en el tono que atraviesa y sustenta los poemas quiere imponerse lo elegíaco surge, se impone de manera natural otro conciliador (también cargado de dolor) que de ninguna manera expresa resignación sino más bien un pacto de amor, un devenir calmo, lleno de luz. 

Y este tono, que aquilata “la función poética del lenguaje” lo logra a través de la transformación de la experiencia amorosa que sabe respirar (nacerse) en el lenguaje: “Para que quede/ voz de ti,/ de tu nombre triunfal,/ Valeria./ Ni el granizo se atreve/ Para que ya/ disipado/ en olvidos/ el cuerpo que fuimos” (…) “hasta que Dios parta/ con su mano/ el pan de los amantes/ y de los siglos”.

 

Muestrario mInimo

1.

Temible y callado

amor,

a prisa se va

la vida…

Yo me quedé con

heridas;

pero atesoré

el amor

temible y callado.

No tan temible

por malo,

sino por solo y callado

como la brasa que 

    [ardiendo

disimula entre cenizas

que está viva.

Temible y callado 

amor,

al silencio profundo 

    [de tus ojos

van mis versos;

ojos, que no por ser 

    [silenciosos,

gritan menos,

y a la pena que hay 

    [en ellos

va mi vida

(Silencio. 

Temible.)

temeraria, tremolante

y atrevida.

(Otra vida.)

2.

Para que quede

testimonio

de este amor

escribo:

arco tenso, flecha 

    [y herida,

raudos y ardientes,

por el dominio

del corazón.

Para que quede

voz

de ti,

de tu nombre triunfal,

Valeria.

Ni el granizo se atreve

a tus campos.

Para que ya

disipado

en olvidos

el cuerpo que fuimos

los dos

tenga su semilla

durmiendo en el macizo

de mi voz,

hasta que Dios parta

con su mano

el pan de los amantes

y de los siglos.

3.

Historia de tus ojos

Las primeras selvas

fueron preludio

no humano

de tus ojos.

Palmeras ancestrales,

verdes plátanos,

extenso pradal.

Fue memoria

no humana también

el sol,

dando color

al mar y a los procelosos     [ríos.

Cuando cambió

su configuración

la tierra

la piedra fraguada

y atesorada

en silencio

fue memoria

no humana,

fue costumbre.

El relámpago

interrumpió el sueño

y alguna vez

la repentina visión 

    [nocturna

conservó la memoria

de las hojas

bañadas de luz.

El árbol, 

los insectos.

la hiedra invasora

fueron un mapa

ilusorio,

una carta radiante

hacia tu luz.

Pero tu mirada 

no creció

en silencio.

El lejano murmullo

del océano y

el canto de las aves

celebrando 

la entrada del sol

interrumpieron también     [el sueño.

Se despeñó el agua

a la distancia.

La luz, la hebra de sonido

y el preludio del canto

fueron memoria no 

    [humana 

    [de tus ojos.

Faltaba entonces

el movimiento,

la traslación nocturna

de los astros,

el repentino cambio

de la llama, 

la cúspide dinámica

de la herida del músculo

exigido por el instinto.

Así existió el párpado, 

repentino y dinámico,

en la memoria

no humana

de todo el dinamismo.

Pero a la materia 

    [de tus ojos

le faltabas tú.  

Una sustancia edificante

los compuso,

reuniendo color,

luz, sonido, movimiento

y los dotó de un lenguaje,

esencia amorosa

con que te miraron

tus padres,

ajena por completo

al infierno de los ojos

y a la culpa.

En tus ojos

creció el anhelo:

memoria perfecta

de la tierra,

dinamismo superior

y apabullante

que al revisar

lo que le rodea

evoca un destino,

un Dios,

una historia de prístinos

colores y sonidos, 

en los que se despliega

el mundo;

a ello van mis ojos,

absortos y entregados,

como vástagos desnudos     [indefensos

que buscan

para siempre en los 

    [tuyos

el pacto

que funda el amor.

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