Cine de barrio
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Cine de barrio

Uno recurría, primero juntando monedas, luego sacando entrada, y después todo el pavoneo con los héroes cinematográficos. Era una emoción contenida que tenía su inicio cuando las luces cerraban “sus ojos” y todos nos metíamos en la pantalla.

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

El cine que fuera del centro se aposentaba en un barrio, se transformaba en cita idéntica pero diferente. Porque gozaban de calidez absoluta. Conocimiento personal de cada uno de los que trabajaban allí, amigos, conocidos, hasta el mismo operador de proyector del cine, que nos prometía regalarnos algunos fotogramas de celuloide en paso de 35 milímetros, formato en que venían las películas entonces.
Pero, amén de ello, del tuteo con ese monumento del séptimo arte: el cine de gran llegada eran aquellos films destinados a las cosas cotidianas que hablaban lo mismo que nosotros, lo eminentemente popular. O, mejor dicho, compatibles con los sueños casi irrealizables que cada uno tenía in mente, y que la proyección nos alentaba a ser el “ídolo”, el “cantante de moda”, el “triunfador”, el “pirata”, el “cow-boy”. Permitir mirarnos en lo que el cine sugería, ampliado con nuestros sueños. Embelesarnos con la actriz del momento, la “noviecita” producida en Nueva York, Londres, París, Río o Buenos Aires, acortando distancias porque nuestra imaginación era voraz. Mucho más cerca de nuestros “amoríos” platónicos nacidos en pantalla. 
En ese cine de barrio me extasié escuchándola cantar a la rubia de oro, Doris Day, que no solamente hizo cine, sino que comenzó como cantante de importantes orquestas de moda entonces, como la del saxofonista y amigo Les Brown, quien con el clásico “Viaje sentimental”, el país del norte y el mundo la empezaron a conocer. Al igual que la orquesta que poseía el hermano de otro gran cantante, Bing Crosby, el popular Bob Crosby. Doris Day nació en Cincinnati, Ohio, como Doris Mary Ann Kappelhoff. Fue un momento de gloria para el canto que la radio y el disco fomentaron, estableciendo junto con ella nombres de gran valía: Dinah Shore, Billie Holliday, Patti Page, Sarah Vaughan. Ella, Doris Day, accede como estrella de cine por primera vez, dado su gran magnetismo, el ángel de su rostro, la capacidad de canto y la increíble simpatía para con el elenco y el público en general, en el año 1948. Indudablemente que el cine constituía también la posibilidad de escucharla y verla, incrementando su inmensa popularidad.
Sus rasgos naturales le permitieron asumir cualquier tipo de papel; por supuesto, imponiéndose en la comedia musical en particular. Algunos títulos, como “Té para dos”, conjuntamente con Gordon McRae, en base a un famoso tema musical. “Luz y sombra”, que la convoca con el actor Kirk Douglas y la actriz Lauren Bacall. Refiere la vida atormentada de un gran trompetista, Bix Beiderbecke. En la ficción aparecía Douglas tocando la trompeta, pero el verdadero sonido era la trompeta de un grande, el celebrado Harry James.
Se recuerda una gran actuación en que Doris Day descolló en un tema dramático junto al gran James Cagney, ya maduro, “Amame o déjame”. Trabajó exitosamente con James Stewart en “El hombre que sabía demasiado”, y la famosa pareja formada con Rock Hudson. Lo que cabe decir es que Doris Day no solo cantó, ya que su filmografía habla extensamente del trabajo cumplido en el cine. Ella, en toda cartelera impactaba con halo de seguro éxito. Se hacían largas colas para acceder a una platea, porque verla era soñar en la penumbra de la sala.
Era tanto el fanatismo por el cine, tan cerca de mi casa, que era obligación pasar todos los días y mirar detenidamente cada detalle de las carteleras. Ese colorido anticipo que adelantaba climas y escenas con títulos desbordando esa “magia” envasada que todas las semanas cambiaba de repertorio. Amén de los afiches, algunos de los cuales venían con fotos; otros exhibían la maestría de dibujantes que producían afiches tomando la escena más transcendente de la película. Puedo citar a dos ilustradores argentinos que rubricaban siempre al pie, que me tomaba el trabajo de acercarme más allá de lo lógico para ver la trama del pincel. Los ilustradores argentinos fueron Carlos Freyxas y Narciso Bayón, entre otros que se fueron sumando después, hasta que las fotos los suplantó para siempre en cada una de las impresiones de las carteleras cinematográficas.
Y hablando de casa, siempre recuerdo una película que se parece mucho a la vida común de mis amigos con quienes conformábamos una “barrita” inquieta, muy amante del cine, ya que jugábamos casi de locales por la proximidad con el Cine San Martín de avenida 3 de Abril y Tucumán; de idéntica popularidad otro cine de barrio, el “Itatí”, frente a plaza Libertad. Esa película argentina muy celebrada por nosotros fue “La barra de la esquina”, que no podía ser más oportuna. El 4 de julio de1950 se estrena la película producida en los Estudios “San Miguel”, con dirección de Julio Saraceni, en base al libro de Carlos Goicochea y Rogelio Cardone, guion de Carlos Petit y Rodolfo Schiamarella. Con la música de un consagrado especialista en bandas sonoras de películas, Tito Ribero. El elenco era numeroso y muy importante, muy especialmente por lo popular de cada intérprete: Alberto Castillo, María Concepción César, Pepe Marrone, Iván Grondona, Jacinto Herrera, Julia Sandoval, Ricardo Lavié. Eran los sueños de un grupo de purretes perteneciente a un barrio humilde pero repletos de proyectos, como todos cuando chicos nos desvelábamos. Están los que llegan, los que se fueron, los que desaparecieron por esas cosas de la vida en su permanente evolución. Hermosas canciones, diálogos cómicos, escenas de dramatismo, pero con la suerte de un final feliz, por más que los objetivos hayan modificado su cometido por razones naturales de la vida.
Vivimos una época donde la niñez ya no sueña cosas simples; tal vez, y es muy posible, los progenitores no transmitan ni crean necesario, cuando en realidad son más necesarios que nunca. Se trataba entonces de grupos de niños pobres pero con sueños, lejanos de todo mal porque la disciplina era justa y necesaria. Había una correspondencia que trasuntaba en respeto como elemento primero, las veredas pululaban de niños con juegos primitivos, o soñando ese mañana. Alguien con solvencia que había tenido oportunidad de verla, contaba la película porque muchos no conseguimos monedas para el cine de barrio. Esas narraciones tenían el agregado del sonido que iba desparramando entre cada palabra el “contador” de turno, porque estábamos acostumbrados al audio de la radio, muy en boga, o del propio cine.
Volver a imaginar esos años primeros, de alguna forma, nos conduce a la imperiosa necesidad del amor, el afecto, la hermandad. La potencialidad maravillosa del cine tocando elementos principales: como soñar y no claudicar. 
El tango, como el blues, es la imitación de la vida, cada uno con la síncopa que le corresponde, pero ambos con el mismo problema: el de existir de la mejor manera posible. Hay uno que en su primer verso atestigua ese ámbito contiguo al cine de barrio: “Jugábamos al rango y al dinenti / y un sueño-barrilete remontaba la ilusión, / teníamos la pampa en el baldío, / se respiraba un aire de eucalipto y de cedrón / a las seis menos cuarto, por la radio, / cruzábamos la selva con el grito de Tarzán / y el cielo estaba cerca, en la rayuela, / el cielo que, en la vida, me pregunto dónde está”. Es “Del cincuenta”, un tango de Selles y Pardo que recuerda la audición radial de LR4 Splendid: “Tarzán”, interpretada por César Llanos y Mabel Landó como “Juana”. 

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Cine de barrio

Uno recurría, primero juntando monedas, luego sacando entrada, y después todo el pavoneo con los héroes cinematográficos. Era una emoción contenida que tenía su inicio cuando las luces cerraban “sus ojos” y todos nos metíamos en la pantalla.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

El cine que fuera del centro se aposentaba en un barrio, se transformaba en cita idéntica pero diferente. Porque gozaban de calidez absoluta. Conocimiento personal de cada uno de los que trabajaban allí, amigos, conocidos, hasta el mismo operador de proyector del cine, que nos prometía regalarnos algunos fotogramas de celuloide en paso de 35 milímetros, formato en que venían las películas entonces.
Pero, amén de ello, del tuteo con ese monumento del séptimo arte: el cine de gran llegada eran aquellos films destinados a las cosas cotidianas que hablaban lo mismo que nosotros, lo eminentemente popular. O, mejor dicho, compatibles con los sueños casi irrealizables que cada uno tenía in mente, y que la proyección nos alentaba a ser el “ídolo”, el “cantante de moda”, el “triunfador”, el “pirata”, el “cow-boy”. Permitir mirarnos en lo que el cine sugería, ampliado con nuestros sueños. Embelesarnos con la actriz del momento, la “noviecita” producida en Nueva York, Londres, París, Río o Buenos Aires, acortando distancias porque nuestra imaginación era voraz. Mucho más cerca de nuestros “amoríos” platónicos nacidos en pantalla. 
En ese cine de barrio me extasié escuchándola cantar a la rubia de oro, Doris Day, que no solamente hizo cine, sino que comenzó como cantante de importantes orquestas de moda entonces, como la del saxofonista y amigo Les Brown, quien con el clásico “Viaje sentimental”, el país del norte y el mundo la empezaron a conocer. Al igual que la orquesta que poseía el hermano de otro gran cantante, Bing Crosby, el popular Bob Crosby. Doris Day nació en Cincinnati, Ohio, como Doris Mary Ann Kappelhoff. Fue un momento de gloria para el canto que la radio y el disco fomentaron, estableciendo junto con ella nombres de gran valía: Dinah Shore, Billie Holliday, Patti Page, Sarah Vaughan. Ella, Doris Day, accede como estrella de cine por primera vez, dado su gran magnetismo, el ángel de su rostro, la capacidad de canto y la increíble simpatía para con el elenco y el público en general, en el año 1948. Indudablemente que el cine constituía también la posibilidad de escucharla y verla, incrementando su inmensa popularidad.
Sus rasgos naturales le permitieron asumir cualquier tipo de papel; por supuesto, imponiéndose en la comedia musical en particular. Algunos títulos, como “Té para dos”, conjuntamente con Gordon McRae, en base a un famoso tema musical. “Luz y sombra”, que la convoca con el actor Kirk Douglas y la actriz Lauren Bacall. Refiere la vida atormentada de un gran trompetista, Bix Beiderbecke. En la ficción aparecía Douglas tocando la trompeta, pero el verdadero sonido era la trompeta de un grande, el celebrado Harry James.
Se recuerda una gran actuación en que Doris Day descolló en un tema dramático junto al gran James Cagney, ya maduro, “Amame o déjame”. Trabajó exitosamente con James Stewart en “El hombre que sabía demasiado”, y la famosa pareja formada con Rock Hudson. Lo que cabe decir es que Doris Day no solo cantó, ya que su filmografía habla extensamente del trabajo cumplido en el cine. Ella, en toda cartelera impactaba con halo de seguro éxito. Se hacían largas colas para acceder a una platea, porque verla era soñar en la penumbra de la sala.
Era tanto el fanatismo por el cine, tan cerca de mi casa, que era obligación pasar todos los días y mirar detenidamente cada detalle de las carteleras. Ese colorido anticipo que adelantaba climas y escenas con títulos desbordando esa “magia” envasada que todas las semanas cambiaba de repertorio. Amén de los afiches, algunos de los cuales venían con fotos; otros exhibían la maestría de dibujantes que producían afiches tomando la escena más transcendente de la película. Puedo citar a dos ilustradores argentinos que rubricaban siempre al pie, que me tomaba el trabajo de acercarme más allá de lo lógico para ver la trama del pincel. Los ilustradores argentinos fueron Carlos Freyxas y Narciso Bayón, entre otros que se fueron sumando después, hasta que las fotos los suplantó para siempre en cada una de las impresiones de las carteleras cinematográficas.
Y hablando de casa, siempre recuerdo una película que se parece mucho a la vida común de mis amigos con quienes conformábamos una “barrita” inquieta, muy amante del cine, ya que jugábamos casi de locales por la proximidad con el Cine San Martín de avenida 3 de Abril y Tucumán; de idéntica popularidad otro cine de barrio, el “Itatí”, frente a plaza Libertad. Esa película argentina muy celebrada por nosotros fue “La barra de la esquina”, que no podía ser más oportuna. El 4 de julio de1950 se estrena la película producida en los Estudios “San Miguel”, con dirección de Julio Saraceni, en base al libro de Carlos Goicochea y Rogelio Cardone, guion de Carlos Petit y Rodolfo Schiamarella. Con la música de un consagrado especialista en bandas sonoras de películas, Tito Ribero. El elenco era numeroso y muy importante, muy especialmente por lo popular de cada intérprete: Alberto Castillo, María Concepción César, Pepe Marrone, Iván Grondona, Jacinto Herrera, Julia Sandoval, Ricardo Lavié. Eran los sueños de un grupo de purretes perteneciente a un barrio humilde pero repletos de proyectos, como todos cuando chicos nos desvelábamos. Están los que llegan, los que se fueron, los que desaparecieron por esas cosas de la vida en su permanente evolución. Hermosas canciones, diálogos cómicos, escenas de dramatismo, pero con la suerte de un final feliz, por más que los objetivos hayan modificado su cometido por razones naturales de la vida.
Vivimos una época donde la niñez ya no sueña cosas simples; tal vez, y es muy posible, los progenitores no transmitan ni crean necesario, cuando en realidad son más necesarios que nunca. Se trataba entonces de grupos de niños pobres pero con sueños, lejanos de todo mal porque la disciplina era justa y necesaria. Había una correspondencia que trasuntaba en respeto como elemento primero, las veredas pululaban de niños con juegos primitivos, o soñando ese mañana. Alguien con solvencia que había tenido oportunidad de verla, contaba la película porque muchos no conseguimos monedas para el cine de barrio. Esas narraciones tenían el agregado del sonido que iba desparramando entre cada palabra el “contador” de turno, porque estábamos acostumbrados al audio de la radio, muy en boga, o del propio cine.
Volver a imaginar esos años primeros, de alguna forma, nos conduce a la imperiosa necesidad del amor, el afecto, la hermandad. La potencialidad maravillosa del cine tocando elementos principales: como soñar y no claudicar. 
El tango, como el blues, es la imitación de la vida, cada uno con la síncopa que le corresponde, pero ambos con el mismo problema: el de existir de la mejor manera posible. Hay uno que en su primer verso atestigua ese ámbito contiguo al cine de barrio: “Jugábamos al rango y al dinenti / y un sueño-barrilete remontaba la ilusión, / teníamos la pampa en el baldío, / se respiraba un aire de eucalipto y de cedrón / a las seis menos cuarto, por la radio, / cruzábamos la selva con el grito de Tarzán / y el cielo estaba cerca, en la rayuela, / el cielo que, en la vida, me pregunto dónde está”. Es “Del cincuenta”, un tango de Selles y Pardo que recuerda la audición radial de LR4 Splendid: “Tarzán”, interpretada por César Llanos y Mabel Landó como “Juana”.