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La inversión tiene cara de hereje

Por Daniel Montamat *

Publicado en Clarín

Las series largas de la economía argentina elaboradas y publicadas en el libro “Dos siglos de economía argentina” por la Fundación Norte y Sur (pronto estarán en la web con acceso abierto al público), permiten tomar distancia de la coyuntura y comparar tendencias de largo plazo para establecer diagnósticos fundados en datos y hacer propuestas para superar nuestra decadencia secular.

Si hacemos una divisoria de aguas en 1930, año que significó un hito institucional para el país, en un contexto internacional de reacomodamiento del orden mundial, podemos, con fundamento en las series citadas, señalar que entre 1880 y 1930 la tasa de inversión bruta promedio en la Argentina fue del 36 % del producto, y la tasa de crecimiento promedio de la economía fue del 5,5 %.

Desde 1931 hasta 2019 la tasa de inversión promedio fue del 17,78 % (poco menos de la mitad) y la economía creció a un ritmo del 2,62 %. Destaco el rol central de la inversión y su correlación con la tasa de crecimiento económico, sin entrar en disquisiciones sobre la calidad y la productividad de la misma.

En el primer período la Argentina atraía capital físico y humano, y el ingreso per cápita estaba entre los primeros del mundo. A partir del 30 fuimos perdiendo peso relativo en el concierto de las naciones.

Es cierto que de una inserción exitosa en las relaciones internacionales en el primer período, pasamos a una inserción fallida en el segundo; y es cierto que de una política de apertura al mundo el país se replegó hacia el proteccionismo y la autarquía.

Esto volvió más dependiente la inversión interna de la tasa de ahorro doméstica (ahorro público y privado). Es posible especular, como hacen algunos, con que el ahorro doméstico hubiera permitido mayores tasas de inversión si hubiésemos preservado al peso como depósito de valor.

Con inflación crónica y sin moneda a partir de los años cuarenta del segundo período considerado, el “vivir con lo nuestro” empezó a expulsar ahorro nacional al extranjero (huida de capitales). En la última década la tasa de inversión promedio cayó al 15,5 %, y en el último lustro promedió el 14,64 %.

Su caída acompaña la estanflación que nos asfixia. La tasa de inversión este año volverá a mínimos históricos (se estima en alrededor del 12 %), una tasa semejante a la del colapso del 2002 que ni siquiera alcanza a reponer el capital consumido (amortización). Es decir, estamos con tasas de inversión neta negativa, que auguran más recesión, más desempleo y más pobreza.

Por ello, la piedra angular de la búsqueda de consensos básicos en la Argentina de la pospandemia impone recuperar como mínimo tasas de inversión bruta del 18 % (insuficientes para un desarrollo inclusivo) y de allí crecer a tasas de inversión del 23-25 % del producto (necesarias para aumentar el techo de crecimiento potencial).

Algunos imaginarán lograr este objetivo con un plan quinquenal, otros se inclinarán por un planeamiento orientativo con replanteo del modelo productivo (de la sustitución de importaciones al valor agregado exportable), y otros avalarán programas de desregulación y apertura para realinear incentivos que orienten oportunidades de negocio. Hay que dialogar y tender puentes.

La crisis en la que estamos sumidos, lleva, cualquiera sea la postura sobre cómo reactivar la tasa de inversión para sostener el crecimiento, a dos condiciones necesarias de partida: 1) la necesidad de estabilizar la macroeconomía recuperando el acceso al mercado de capitales (renegociar la deuda en default); 2) la necesidad de reconocer la complementariedad del ahorro externo para aumentar la tasa de inversión doméstica.

A partir de estas condiciones básicas y las medidas que involucra habrá que explicitar un conjunto de políticas de largo plazo para restablecer la confianza en el funcionamiento de las instituciones de la república (que comprometen la seguridad jurídica) y en la viabilidad del programa de desarrollo (creación de empleos productivos, reparación del ascensor social). La ideología no puede enmascarar la urgencia de recuperar la tasa de inversión para salir del pozo.

Uno de los más lúcidos apologetas del nacionalismo petrolero fue Arturo Frondizi (“Petróleo y política”, 1954). Sin embargo, en ejercicio de la presidencia libró la “batalla del petróleo” y su “ética de la responsabilidad” lo llevó a hacer una amplia convocatoria de capitales externos para asistir a la YPF estatal.

Se multiplicó la inversión, la producción petrolera nacional creció el 174 % y en sus cuatro años de gobierno el país que importaba el 65 % de sus necesidades alcanzó el autoabastecimiento.

El ejercicio del poder le había permitido distinguir entre el “nacionalismo de fines” que importaba, y el “nacionalismo de medios”, que era secundario. La “soberanía energética” se apuntalaba con más inversiones nacionales y extranjeras.

El propio Juan Domingo Perón, en 1958, en su libro “La fuerza es el derecho de las bestias”, denostó a “los nacionalistas de opereta”, “que han hecho tan mal al país con sus estupideces como los colonialistas con sus vivezas”. La pospandemia precipita escenarios de radicalización o convergencia. Con eje en la inversión productiva, la política debe liderar una agenda de consensos básicos que involucre a los distintos sectores y nos permita recuperar la esperanza en el futuro de la Argentina.

* El autor es economista, contador público y abogado.

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