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Niños y violencia

Por José Ceschi

¡Son millones en el mundo -y muchos miles en Argentina- los niños víctimas de violencias! Las hay de todo tipo: físicas, morales, afectivas, laborales, sexuales, criminales, personales, grupales, familiares, sociales, para señalar sólo las más frecuentes.

En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1996, Juan Pablo II denunciaba: “... Hay niños obligados a trabajar, maltratados, remunerados con una paga irrisoria. Otra veces son objetos de compraventa, para ser utilizados en la mendicidad o, peor aún, para ser introducidos en la prostitución, en el ámbito del llamado ‘turismo sexual’, fenómeno absolutamente despreciable que degrada a quienes lo practican y también a todos los que de algún modo lo favorecen. Existen además personas que no tienen escrúpulos en reclutar niños para actividades criminales, especialmente para el tráfico de drogas, con el riesgo, entre otras cosas, de quedar enganchados en el uso de tales sustancias.

No son pocos los niños que acaban de tener como único lugar de vida la calle: escapados de casa, o abandonados por la familia, o simplemente privados para siempre de un ambiente familiar, viven precariamente, en estado de total abandono, considerados por muchos como desechos de los que hay que desprenderse... Además, son muchos los niños que deben soportar los traumas derivados de las tensiones entre los padres o de la misma ruptura de la familia. La preocupación por su bien no logra frenar medidas dictadas con frecuencia por el egoísmo y la hipocresía de los adultos. Detrás de una apariencia de normalidad y serenidad, más convincente aún por la abundancia de bienes materiales, los niños se ven a veces obligados a crecer en una triste soledad, sin una justa y amorosa guía y sin una adecuada formación moral. Abandonados a sí mismos, encuentran habitualmente su principal punto de referencia en la televisión, cuyos programas presentan a menudo modelos de vida irreales o corruptos, frente a los que su frágil discernimiento no es todavía capaz de reaccionar...”.

¡Hasta mañana!

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