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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Confusiones y un pase al pasado

El Gobierno luce en general confundido, pero tiene bien en claro que la gente está enojada e inmersa en la frustración que le inspira el desencanto. Por eso, sólo atina a transmitir a diario que si las cosas no le salen mayormente bien es porque tiene que moverse en medio de una conjura destinada a debilitarlo. En la eterna búsqueda de las sombras culpables que justifiquen todo, las contrapartidas más conocidas del léxico oficial son la “paupérrima” herencia, el mundo (pandemia y guerra incluidas), la oposición, los empresarios especuladores que “acaparan ganancias” y el periodismo (por supuesto). Fuera del habitual conteo está el veneno ideológico que le disparan al Presidente desde su propia coalición (La Cámpora le reclamó "valentía"), aunque todos saben que esa es su principal contrariedad: Cristina Kirchner es una colina inexpugnable y él no está dispuesto al asalto.

El problema no son las recurrentes equivocaciones presidenciales, confusiones de todo tipo que le insumen un notorio autodesgaste, sino el agotamiento de la ciudadanía por la palpable inacción que deriva de la inseguridad manifiesta de su ir y volver siempre al mismo lugar. Eso se llama tener un mínimo volumen político. Si la consigna que transmite Fernández fuese únicamente la necesidad de levantarse después de tanta pérdida de tiempo, de algún modo se justificaría el "no nos van a desanimar", colmo de la victimización que expresa la campaña oficial y una suerte de macumba para atraer a la suerte y expulsar a los demonios. 

Sin embargo, no todo parece ser un problema de formas, ni tampoco lo es haber cargado a su billetera la donación para barrer la fiesta de Olivos debajo de la alfombra. La opinión pública esta sensibilizada por otras cosas y a esta altura del deterioro, el tic de mostrase siempre como damnificado de quienes "siembran la desesperanza", como el decir qué se va a hacer y luego no hacerlo, es casi un rasgo irrecuperable de una personalidad que le impide a Fernández seguir un solo camino, aunque él se aparta de la vía no por tener una hábil muñeca, sino por su propia inseguridad.

El verdadero problema del jefe del Estado está primordialmente en que parece no estar convencido nunca de aquello que encara, pero además en que ha sido tan recurrente su proceder que la sociedad no tuvo más remedio que advertir que su Presidente vive en medio de contradicciones, mala praxis, prejuicios, lugares comunes, ambigüedades y subestimaciones, pero sobre todo que padece una suerte de desconocimiento sobre hacia dónde ha ido el mundo exitoso en los últimos 70 años. Este es más o menos el tiempo de las recetas que el Gobierno todavía ensaya bajo el influjo de un kirchnerismo que fracasó con lo mismo en el segundo gobierno de Cristina (más consumo, precios controlados, retenciones, planes sociales, tarifas pisadas y un Estado gigante) mientras él era un furioso crítico de la situación.

La Generación del 80, con el progreso como bandera, atrajo gente a la tierra de promisión mostrando un horizonte. Luego, con aires de igualdad, el peronismo corporativo de la década del 40 se mantuvo "neutral", pero aprovechó la guerra para que las reservas hicieran estallar los pasillos del Banco Central. Más tarde, en los años 90, la Argentina se prendió a la ola globalizadora y generó una década de estabilidad sin emitir pesos, aunque el encanto terminó con una deuda fenomenal. Cada una de esas experiencias luego fue emparchada por quienes siguieron en la historia, pero en todos los casos -en más o en menos equivocados- esos fueron proyectos hacia el futuro, experiencias propias del mundo de cada tiempo.

El último fue un viernes negro para el Presidente. El discurso que pronunció ante los obreros de la Uocra, con un solo gobernador presente (la mayoría está cansado de sus zigzags que se traducen en indefiniciones) y con medio Gabinete ausente pese a la cuasi orden de Juan Manzur de acompañar al Presidente, no resultó ser nada fundacional, tal como se había prometido, ni mucho menos un mensaje con la gastada y totalitaria fórmula de la "unidad", cliché que el peronismo expuso un día después en Mendoza. Lo de Fernández fue también una serie de lugares comunes, plagados de promesas antiguas y además voluntaristas que tienen un pesado lastre a levantar, ya que después de casi 30 meses de gobierno, en los que la ciudadanía ha comprobado más de una vez cómo el viento se lleva invariablemente sus palabras, esa recurrencia le ha dado pasto una y otra vez a aquel refrán que dice que “lo cierto se hace dudoso”.

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