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El primer argentino que vio un plato volador

Cuando el mundo todavía no conocía oficialmente lo que era un Objeto Volador No Identificado -UFO, en inglés- (con esta acepción, ya que comenzó a llamarse así en 1947 luego del avistaje de Kennet Arnold en USA), ya un argentino tuvo una extraña experiencia en los caminos de las serranías de Córdoba y lo que le ocurrió fue realmente impactante.
Testimonio. El cordobés Navarro Ocampo, testigo único de un gran suceso.
Objeto. Así sería el extraño objeto volador visto por Navarro Ocampo.

Por Francisco Villagrán

villagranmail@gmail.com

Especial para El Litoral

La provincia de Córdoba, en el centro geográfico de la República Argentina, comenzaba a mostrar los primeros indicios de la presencia de extraños objetos volantes, que asombraron a los circunstanciales testigos. Y lógicamente, la zona aledaña al cerro Uritorco y la del Valle de Punilla fueron los primeros lugares donde comenzaron a ser vistos estos aparatos voladores, que hasta ese momento no tenían una denominación popular, como ocurre en la actualidad. Extrañas bolas de fuego, carrozas volantes, objetos aéreos desconocidos, como los llamaron inicialmente, comenzaban a aparecer en distintas zonas de las mencionadas serranías cordobesas. Y buceando un poco en la historia y los archivos de investigadores de esa época, nos encontramos con que el primer argentino, por lo menos reconocido oficialmente, fue un comerciante cordobés que viajaba a menudo por esa zona de las sierras de Córdoba, debido a su trabajo. Si bien en 1816 ya había ocurrido un extraño suceso con un aparato volador en nuestro país, no fue considerado “oficialmente” como un caso Ovni.

En efecto, René Navarro Ocampo, de unos 64 años en esa época, fue considerado como el primer argentino que vio un plato volador de cerca, y lo que es más: logró rescatar un pedazo de metal proveniente del extraño aparato, en unas increíbles circunstancias. Es uno de los pocos testigos en todo el mundo que pudo recoger un pedazo de metal perteneciente a la nave, como una prueba irrefutable de lo que había visto de cerca. Don Navarro, como lo llaman sus amigos, es un cordobés culto y amable, muy agradable de tratar, sociable y ameno, quien no tuvo inconvenientes en contar a la prensa cómo fueron los hechos que lo tuvieron como protagonista.

Increíble relato

Consultado por algunos medios de prensa sobre su experiencia, don René contó: “Era allá por el año 1943 y yo viajaba con un auto modelo 38 por la ruta desde Rosario a Córdoba y en plena madrugada me sucedió este extraño incidente. Por ese entonces no había tantos automóviles como ahora, la ruta estaba desierta y no se escuchaba nada, salvo la audición de tango que  había logrado sintonizar en la radio. No me sentía cansado a pesar de que eran las cinco de la mañana. Recién había pasado Laguna Larga cuando observé sobre el pavimento, más o menos a una distancia de unos 400 metros, un extraño avión, o algo así, grande y muy luminoso. No dudé en acercarme y lo iluminé con los faros de mi auto. Vi un aparato totalmente redondo que emitía una luz azulada y un ligero zumbido. Ya comenzaba a clarear lentamente, entonces traté de acercarme aún más, pero en ese momento el objeto lanzó un silbido suave y se elevó a unos mil metros. Recién ahí advertí que algo brillaba bajo la luz de mis faros. Por precaución tomé una franela para levantarlo. Me sorprendí cuando noté el frío del trozo de metal en mis manos. Era un objeto de unos diez centímetros similar a un yunque o un pisapapeles.”

-¿Qué hizo con ese trozo de metal, don Navarro?

“Mire, jamás me dediqué al estudio de los platos voladores, porque no me interesaban y tampoco volví a ver uno nunca más. A pesar de esto paso largas temporadas en las sierras cordobesas, cerca del mismo lugar donde me ocurrió esta extraña experiencia. Una vez le entregué el material a un aviador amigo, que lo hizo analizar en un organismo especializado. A los veinte días me lo devolvió con una escueta respuesta: ‘No se conoce este metal’. Y volvió a mis manos”.

-¿No intentó algo más?

“Sí, allí empecé a empecinarme y lo mandé a la Armada, pero la respuesta fue la misma: material desconocido. Volví a intentarlo con una gran firma de automotores internacional y tampoco pudo aclararme nada. Todo es un misterio, todo esto es un gran misterio.

René Navarro Ocampo recuperó el trozo de metal y lo guardó en su casa. Eso es un mudo testigo de que lo que cuenta es verdad. Acá hay una situación curiosa y a la vez sorprendente: el extraño pedazo de metal quizás proveniente de un objeto más allá de la Tierra, presuntamente extraterrestre, anduvo de mano en mano y volvió a su dueño, al parecer no les interesó mucho a quienes lo revisaron. Evidentemente no tenían mucho interés en tener una prueba contundente al respecto, porque en casos posteriores a esa fecha, que son pocos los que han dejado un testimonio firme y físico de su presencia, los elementos fueron estudiados exhaustivamente e incluso se llegaron a “perder”  y no volvieron a su legítimo dueño. Muchos investigadores y científicos de épocas posteriores, que analizaron restos de presuntas naves extraterrestres, llegaron a la conclusión de que son de titanio, una mezcla de metales desconocidos u otro tipo de aleación, pero dejaron sentado que se trataba de materiales desconocidos en la Tierra. Por ejemplo, el del caso Roswell en 1947, era un material maleable, liviano y variable, que recuperaba su forma original al ser alterado. Nunca se supo qué material era ni cuál era su conformación, muy duro y resistente y a la vez liviano y suave al tacto. Los científicos de las bases donde fueron estudiados los restos no supieron determinar qué tipo de material era, pero a la vez coincidieron que no era original de este planeta. 

Ante tales pruebas aún hoy muchos escépticos siguen negando la posibilidad de vida extraterrestre y que somos visitados desde hace cientos, quizás miles de años por estos viajeros del espacio y el tiempo. 

El caso de Navarro Ocampo fue uno de los primeros en el mundo en que la presencia de un ovni dejó una marca y un resto de la nave como testimonio.

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