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Los secretos de una tragedia anunciada

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros  y leyendas”

 

Estando en la radio en la cual participo de un programa de historia de Corrientes con mi amigo Rafael, un señor muy educado y estudiante de arquitectura, me relata la historia de la dama de blanco. Historia una parte, e imaginación mía, la otra. Es sabido que muchos atribuyen en Corrientes como parte de la leyenda urbana a la Dama de Blanco un nombre y apellido, Ana María Meabe de Pampín. Los vecinos de la zona del edificio de un antiguo sanatorio sabemos que se pasea por muros, atraviesa paredes y sale por un estacionamiento de la calle La Rioja, cuando no por la calle 25 de Mayo. Muchos han visto con asombro la figura fantasmal, algunos relatan lo que ven y otros callan por pudor o miedo a que lo tilden de alguna manera no agradable. Yo no puedo callar. Lo que vi, vi, nada más y se acabó. 

En esas circunstancias hicimos migas con Rafael, en el año 2015, la señora Meabe de Pampín cumpliría 115 años de existencia. También es sabido y conocido que la casa en la cual iban a habitar, mandada a construir por los Pampín, nunca fue inaugurada o habitada por ellos, la pareja murió en trágicas circunstancias en las aguas del Paraná, a poco tiempo de casados y antes de que la casona estuviera terminada, historia que todos conocen.

Lo que no saben -me refiero a la gente- es que el sitio en que se levantó la majestuosa casa tuvo y tiene tragedias ancladas desde el pasado, espíritus que reclaman desde antaño justicia. Y la historia suele ser coqueta, misteriosa, oscura, que se presenta sin que la llamen a la memoria los hombres actuales, con el fin de recordarles sus errores y aciertos. 

De inmediato nos viene la pregunta: ¿qué ocurrió en el predio de la zona histórica de Corrientes? Voy a intentar una respuesta. 

Se dice que un coronel que era custodio del gobernador Pampín tenía la mala costumbre de traer niñas indígenas desde los lugares donde habitaban, las violaba y maltrataba, luego de usarlas un tiempo de esclavas de todo tipo, las mataba y las enterraba en una fosa construida al efecto. Una de ellas lo cautivó, el enamoramiento le produjo al militar deleznable, sinsabores porque la mujer altiva, digna en su presidio y sujeta a la violencia del lascivo y criminal hombre, no se doblegó jamás. Esa actitud le generó ataques de furia y le agregó cadenas en las manos sumándolas a las de los pies que arrastraba la pobre mujer, ante la indiferencia de los habitantes de una ciudad para la cual un indio, era nadie, simplemente una cosa como vestigio de la esclavitud a la cual estaban acostumbradas las familias de “bien”. 

La obstinación de la víctima enfureció al milico criminal y tomándola de los pelos la metió en la fosa y cerró la tapa dejándola morir de hambre y sed. 

Atestiguan los que después vivieron en ese predio que en ciertas tardes correntinas se oye un canto de lamentos y tristezas en una lengua extraña que nadie descifró, no era guaraní me aventuro, pudo ser payaguá, toba o guaicurú. 

Los tiempos pasaron, vino la construcción de la esplendorosa casa, luego la tragedia y se fueron agregando espíritus de los muertos en el centro de salud que luego funcionó en el lugar, algunos juran y rejuran que en el patio central observaban mujeres etéreas bailando extrañas danzas y lamentándose delante de un árbol, que por orden de sus dueños fue cortado. Sabido es que el edificio fue desocupado como centro de salud y sus últimos estertores cuando una mujer fue asesinada por un paciente psiquiátrico que era su hijo, impulsado por una furia desconocida, como embrujado diría: “Fui yo”. 

Un día aparecieron seres extraños, visibles y humanos, en el lugar pidiendo permiso para realizar cierta exploración en el mismo. El dueño estaba al tanto de ello, un hombre de caracteres mestizos, accedió a la finca, recorrió el patio como si tuviera un plano, se ubicó sobre un lugar y con el dedo indicó a los que lo acompañaban, donde debían cavar. Comenzó la tarea y a poco de extraer tierra, luego de romper las baldosas, apareció una tapa de hierro antigua con una argolla, un cerrojo de hierro totalmente herrumbrado, mostraba un grueso hierro que entraba en otra argolla más pequeña del mismo material, que en otros tiempos se corría como tranca para evitar que se abriera desde adentro. Luego de forzar la cerradura, los obreros y el misterioso personaje lograron levantar la tapa, una escalera de material antiguo descendía hacia el fondo del oscuro hueco que iluminado con linternas, convertía el lugar en más sombrío. 

Era de tipo caracol, tenía una baranda que en ciertas partes había desaparecido por efecto del óxido corrosivo, abajo, desafiando el tiempo, innumerables esqueletos se encontraban en lo que parecía un antiguo aljibe. Lo más llamativo era el esqueleto momificado de una mujer en posición fetal con gruesas cadenas en las muñecas y tobillos, un olor raro se levantó en ese momento como si fueran rosas. 

El hombre extraño, avisado por los obreros que salían con sus máscaras protectoras y oxígeno, fue informado de lo observado, se sacó el abrigo, se puso una túnica blanca como de telas tejidas a mano, similares a las fabricadas por los originarios del Chaco, Formosa, Misiones o Paraguay. 

Acompañado solo de uno de los obreros de tez morena, bajó al horrible escenario y realizó ciertos rituales, para mí inentendibles, una oración similar a una letanía fue luego acompañada de un canto que inspiraba paz en el ambiente. 

Como si fuera magia -o ¿lo fue?-, varias sombras fueron ascendiendo por el hueco de la entrada hacia el aire puro, impregnando el lugar de varios aromas, jazmines, rosas y tantos otros. Los restos óseos fueron puestos con mucho cuidado en cajas de madera numeradas y debidamente custodiadas, pues pasaron la noche con el extraño personaje y uno de los obreros, el de tez morena. 

Al día siguiente apareció al atardecer una comitiva de originarios (indios) que según afirmaron vinieron del Chaco, se autodenominaban caciques y le rindieron homenaje al hombre santo. Encendieron ramas aromáticas, danzaron fúnebremente alrededor de las cajas, las cubrían de humo, cuyo aroma era muy parecido al incienso y jazmín. Realizado esto esperaron hasta que, de pronto de la nada, emergió una figura fantasmagórica que emitía un sonido que venía de las profundidades, en el idioma infrecuente, el hombre extraño hablaba con la figura etérea hasta que desapareció. Manifestó al dueño del lugar que no pudo hacer regresar a ese espíritu. Sostuvo: “No quiere ni puede perdonar, dijo”, y seguirá vagando buscando al culpable, con su blanco vestido que, brillante, desde arriba del muro, nos atrajo hasta su desaparición. 

Se cerró el pozo maldito. Cuando ingresaron al edificio, en la planta baja no hubo problemas, pero en el primer piso, fuerzas extrañas lanzaron al hombre de tez morena contra la pared, a pesar de sus oraciones ininteligibles. La retirada fue rápida, con el hombre desmayado, al cual tuvieron que hacerle reanimación. Recuperado manifestó: “Esto necesita un trabajo que no estoy capacitado para hacerlo. Demasiado dolor en este lugar y muchas almas en pena no quieren marcharse”. Dicho esto la comitiva trasladó los restos a un antiguo cementerio indígena ubicado en Empedrado, Corrientes. 

Pasados unos días el propietario del lugar llamó a un exorcista católico, con el fin de buscar una solución al inconveniente planteado. No dio resultado. El pobre hombre con todos sus elementos, tuvo que salir disparando luego de ser arrojado contra una ventana. 

La que sí tuvo éxito fue la Dama de Blanco. Dicen -y yo repito- que la vieron subir la escalera al son de un dulce canto esta vez en guaraní y luego bajar con sombras detrás  de ella que desaparecieron en el patio en un instante. Unos sostienen que escucharon decir en guaraní a la Dama de Blanco: “Este territorio es mío y espero al culpable o a sus descendientes para vengarme, por eso las envíe a la luz a esas almas en pena, no me gusta que ocupen mis espacios y sufrimientos”. 

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