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Rutas gastronómicas de Túnez, aromas por descubrir

Olivas, queso, vino y mariscos son los productos esenciales de este pequeño país africano ubicado sobre el Mediterráneo. Una tentación que entra por el estómago y complementa la belleza de una tierra inexplorada. 

La Oficina Nacional de Turismo de Túnez presentó en la Feria Internacional de Turismo que se hizo la semana pasada en Madrid sus nuevas rutas culinarias para el 2023 con la intención de hacer crecer en su posición como destino referente en el Mediterráneo. A este país se lo promociona como multidestino y multitarget, con viajes para los 365 días del año. Ubicado en el norte de África, entre Argelia y Libia, y con la capital del mismo nombre, es un pequeño país del mundo árabe bañado por el Mediterráneo en el Norte y con base en el desierto del Sahara en el sur.

Las Rutas Culinarias son el resultado de la colaboración entre las autoridades tunecinas y alemanas, para resaltar la riqueza de su patrimonio culinario desde todas sus perspectivas: humana, cultural, artística y creativa, apoyada en los criterios de calidad y autenticidad. Así proponen un itinerario rico en sabores: el vino del Norte, el queso en Noroeste, la harissa en Cap Bon, el pulpo en Kerkennah, los dátiles en el Sudoeste y las olivas en el centro y Dahar. Es la oportunidad de descubrir al país a través de sus productos estrella, invitando a explorar un patrimonio culinario ancestral combinando inmersión y experiencia gustativa.

Las regiones seleccionadas para esta iniciativa son el Noroeste (Beja), el Cabo Bueno (Nabeul-Hammamet), el Centro y el Dahar (Kairouan, Sfax y Tataouine), el Norte (Bizerta), el Suroeste (Tozeur-Nefta) y las islas (Kerkennah). Y se suma al reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial por la Unesco a la Harissa, la salsa nacional del país. La vía de conexión más rápida es la compañía aérea nacional Tunisair, con vuelos desde Madrid y Barcelona.

Maravillas imprescindibles de Túnez

El resurgir de este país norteafricano inspira un viaje que va desde la costa al interior, pasando por poblados trogloditas y capitales de encanto mediterráneo.

Los oasis del sur

El trayecto hacia los oasis del desierto tunecino se suele realizar en todoterreno. La visita a las aldeas bereberes que motean el sur del país suele regalar atardeceres memorables y vivencias como dormir bajo las estrellas en campamentos de jaimas, aunque hay que decir que la zona cuenta con variada oferta hotelera. Los miradores de estos pueblos invitan a empezar o acabar el día contemplando los mares de dunas. Estos oasis se asientan en un territorio hace miles de años cubierto de agua hasta que el Mediterráneo decidió retirarse hacia el golfo de Gabes, dejando un manto de lagos salados que se conocen como chott. Tozeur preside el mayor de todos, el Chott el-Jerid, un desierto de sal solo cubierto por los reflejos de espejismos y colores casi irreales.

Tozeur es la puerta de entrada y base para explorar los oasis del sur. Este inmenso palmeral nació gracias al agua que mana desde hace siglos de sus fuentes subterráneas, las mismas que ya dieron de beber a beduinos y romanos, y hoy riegan las palmeras datileras que sombrean frutales y huertos de cultivos. En el pueblo, el laberinto de la medina es una joya de ladrillo y adobe que dan forma a pasadizos cubiertos, a plazoletas secretas y a calles con pórticos que cobijan tiendas y cafés.

La carretera que cruza el Jerid llega a Nefta, apodada “la princesa del desierto” y el mayor oasis tunecino. La mejor vista la ofrece la colina de La Corbeille, desde la que se domina un mosaico de casas decoradas con filigranas y varias mezquitas que atestiguan que nos encontramos en la segunda ciudad santa de Túnez tras Kairouán.

Más adelante se halla otro gran palmeral, el de Douz, famoso por sus dunas blancas, que se tornan rojizas al atardecer. Se proponen rutas a camello que recuerdan las antiguas caravanas comerciales del desierto.

Tozeur, Nefta y Douz son oasis vivos, pero también hay los que fueron abandonados a su suerte. Así sucedió con los poblados de montaña de Chebika, Tamerza y Mides, todos nacidos en fértiles laderas o sobre desfiladeros, hoy despoblados y dedicados al turismo que viene a recorrer sus calles vacías o a caminar por sus senderos entre laderas rocosas.

El Djem

A las puertas del sur, la pequeña localidad de El Djem esconde un tesoro descomunal: su imponente anfiteatro del siglo III, el mejor preservado del norte de África. El monumento recuerda que en este lugar se hallaba una de las colonias romanas más ricas del Imperio en ese continente, que prosperó principalmente gracias a las alianzas militares de la época y al comercio del aceite de sus cultivos de olivos. 

El coliseo aparece sin previo aviso al final de la única calle principal. En su visita se puede caminar sobre la arena elíptica de 65 m de largo por 39 m de ancho, imaginando las luchas de gladiadores con esclavos y fieras salvajes. Hasta 30.000 personas presenciaban los espectáculos. Hoy sus gradas se convierten cada julio y agosto en un escenario privilegiado para el Festival de Música Sinfónica de El Djem. La visita se completa en un pequeño museo de arqueología.

Hammamet, Sousse y Monastir

Unos 70 km al sur de Túnez capital se extiende la costa del golfo de Hammamet, alrededor del cual se alinean algunas de las playas más cautivadoras del país. Su belleza ya sedujo a antiguas civilizaciones como la fenicia, que se asentó en esta zona. En época moderna, muchos de estos enclaves han dado origen a poblaciones turísticas, que por fortuna preservan su patrimonio histórico y la esencia mediterránea. 

Una de ellas es la misma Hammamet, que cuenta con la playa más extensa del golfo, limitada por palmeras. El mejor punto para contemplar su suave línea arenosa es el ribat o fuerte que preside la localidad, cuya muralla rodea una medina muy bien conservada que alberga a cielo abierto un pequeño zoco.

La siguiente etapa en esta ruta costera es Sousse, con casas cubiertas de cúpulas blancas frente al mar y un barrio antiguo con una Gran Mezquita declarados Patrimonio de la Humanidad.

El golfo de Hammamet se cierra por el sur en Monastir. El lugar fue elegido por el emperador Julio César como asentamiento en su campaña africana del año 46. El monumento más emblemático es el ribat, en este caso un monasterio fortificado erigido en el siglo VIII junto al mar para defender aquel territorio musulmán de los ataques de cristianos. Estuvo habitado por monjes morabitos, cuyos votos incluían defenderlo hasta la muerte. Dentro del recinto, junto al minarete, se hallaba la Sala de la Oración donde hoy se aloja el Centro de Arte Islámico que exhibe joyas, monedas, papiros y otros objetos datados entre los siglos VIII al X.

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