Corrientes tuvo muchas víctimas de las guerras civiles o militares correntinas, porque tuvimos la costumbre de armarnos no sólo en defensa de la Patria sino para matar a nuestros cherapichás de tiempo en tiempo, imitando a nuestros colonizadores los españoles que por un brindis armaban una trifulca. En la batalla del Tabaco en el siglo XIX por los campos de Empedrado cerca del límite con San Lorenzo, murieron muchos correntinos a lo macho, bien muertos. Una de esas víctimas era de San Luis del Palmar, su nombre Marcos. Dejó una cuantiosa herencia que sus herederos supieron acrecentar.
Uno de ellos ya en el siglo XX llegó a ser dueño de un negocio de ramos generales en el que vendían desde lámparas a kerosene, telas, zapatos, alpargatas, catres y hasta picadillos.
El hombre medio pintón afirmaba que tenía el payé (magia, hechicería) del cabureí (ave que permite conquistar a una mujer). Con ese don a cuestas, el hombre casado con diez hijos matrimoniales, logró sumar el número de treinta y tres vástagos extramatrimoniales, algunos reconocidos porque pertenecían a familias importantes de la localidad.
“Un revólver 38 largo impone conducta”, dice un refrán.
Los fines de mes una larga cola de hijos reconocidos, más de los otros paridos fuera del matrimonio, formaban en la vereda del negocio, una fila para recibir la ayuda paterna, que consistía en dinero, mercaderías, alguna vaca, oveja etc. todos equitativamente. Como se ha dicho algunos con el apellido paterno por las razones expuestas, los otros sólo por costumbre pueblerina con el fin de evitar que se casen entre ellos, sacrilegio no permitido.
No obstante el hombre progresaba económicamente, era muy ducho en los negocios, aumentaba su fortuna a pleno sol.
Cuando sintió que se acercaba su final, el panteón viejo como el mismo pueblo, de la familia de Marcos, muerto en el combate del Tabaco, recibió la atención del prolífero padre que lo restauró con esmero, dejándolo en condiciones para que su espíritu descanse en él sin muchas intromisiones. Agregó dos cerraduras de las modernas suplantando las viejas grandes llaves, por las nuevas y menos pesadas. Hizo decorar el interior y colocó dos copones de plata que tenían una base cuadrada del mismo metal, bastante grandes.
La vida continuó como la naturaleza la dispone hasta que Doña Muerte viene a cumplir su cometido. El comerciante en un prolijo testamento dejó la consigna que la empresa continúe con los mayores con el cargo de mantener a sus hermanos, ayudarlos en su educación al menos secundaria, brindarles trabajo si fuera posible.
Lo que nadie sabía era que como el difunto no confiaba en los bancos, escondía en los dos cálices en su base, monedas de oro, joyas, billetes de moneda extranjera. O se olvidó o lo hizo adrede.
La intriga estribaba en unas llaves que nadie sabía a qué mueble pertenecían, eran dos de bronce. Probaron en cuanto objeto encontraban. Posiblemente el muerto lo hizo de manera intencional, quién iba a su tumba a cuidarla, limpiarla, en fin quién se acordaba de él.
Una de las hijas naturales que se recibió de maestra, era la más asidua concurrente al cementerio, limpiaba los yuyos, sacaba las flores viejas de los cálices, los limpiaba con limpia metales, brillaba la plata con la cuidadosa paciencia de la señora y sus hijos, nietos del muerto. Una de las niñas frotando el objeto de pronto tocó una especie de botón que permitió que la caja se moviera libremente, llamó a su madre, ésta la retó ubicando bien la caja escuchando un clic de inmovilización.
Al día siguiente los tres niños, (dos varones y una niña) dijeron a la madre que soñaron con el abuelo, éste les mostraba la caja. Soberano reto recibieron, qué sueños raros la de estos niños traviesos.
La noche cómplice de furtivas relaciones, amores y crímenes se presentada fría, límpida de luna llena. Florencia, la hija memoriosa madre de los pequeños a la luz de un velador tejía una bufanda en el proyecto de tres iguales para sus hijos. Lentamente en las penumbras observó palideciendo la aparición de su padre, éste iridiscente con voz que viene de las cavernas por el eco le expresó: -“Florencia, coloqué el dedo de mi nieta en el botón correcto, les hice soñar conmigo avisándole que hay algo valioso para vos que sos la más justa conmigo, tú le retaste. Tengo que cruzar la frontera del más allá para avisarte que el botón en las dos cajas te permitirá acceder a ellas, las llaves que están colgadas innecesariamente juntando cardenillo abren cada una de ellas, hay un regalo para ti”.
La mujer aterida por el impacto del muerto que habla, atinó a decir: “Gracias papá, lo hago por amor no por interés”.
El espectro respondió: “Es para vos y los niños que me deleitan con sus risas, los demás me olvidaron, no les importo. Vé y búscalo, no hables, no exhibas la riqueza te dañarán, despacio se llega a Roma. Saca un crédito simulando pobreza, págalo en cuotas, vete a Corrientes Capital compra una casa medio humilde, cómoda, que tus hijos vayan a la Universidad, si quieres ayuda a tus hermanos pero poquito cada vez”.
La muchacha estaba congelada. Sintió que la besaba en la cabeza como solía hacerlo, desapareciendo del mismo modo que vino, en la nada de las sombras.
Como lo hacía cada sábado a la tarde caminando fue al cementerio, sacó las llaves sin que nadie la observara, siguió las instrucciones del fantasma de su padre, apretó el botón hizo girar el copón la caja mostró la ranura de la cerradura, la abrió… observó su contenido, era una fortuna. Guardó en una bolsa de arpillera en la que llevaba las herramientas, procedió de igual modo con la segunda.
Cerró ambas cajas, colocó flores rezando por la memoria de su padre. Volvió con sus hijos al pueblo, el tesoro la acompañaba.
Con su esposo maestro de campo igual que ella, vinieron a la ciudad de Corrientes obteniendo un crédito del Banco Nación, compraron una casa en un barrio fuera de las cuatro avenidas, la fueron arreglando de a poco.
A sus hermanos nunca les dijo nada, de vez en cuando les dejaba en un sobre dinero por debajo de las puertas, como es de suponer ninguno hablaba, eran bastante mezquinos.
Todos fueron mejorando sus casas, al menos invertían bien.
Una de las viejas casonas de San Luis del Palmar de comienzos del siglo XX, fue alquilada por sus herederos, en ella los inquilinos pusieron una rotisería. Con permiso de los dueños decidieron arreglar el sanitario antiguo, sacaron una bañera empotrada en el piso la que llevaron al depósito del fondo para instalar una ducha con piso nuevo. Al remover el suelo vieron que algunos objetos parecidos a huesos con “brillantina” por la fosforescencia, ordenar tirar esa tierra, los huesos resultaron ser de oro por su mezcla con la plata, los albañiles que descubrieron el secreto progresaron rápidamente, eran barras de oro. Las sombras extrañas que rondaban el lugar, el baño, continuaron allí.
No termina allí la historia, en otra casa que tenía el difunto cerca del cementerio antiguo, sus habitantes escuchaban que en un taller que trabajaba uno de sus hijos, el ruido continuaba cuando dejaban de hacerlo, iban a observar y un niño transparente desaparecía en las viejas paredes, luego aparecía cerca de un mango de viejos tiempos, mostraba un lugar donde antes había una antigua planta de moras.
Dicen los arandú de la zona que el niño es el custodio del tesoro oculto. Una de las testigos que narraba estos relatos fue doña Bernarda García que falleció en 2018, estaba anotada como de 93 años en realidad tenía 110 años, la anotaron muy tarde, era criada de la familia del padre prolífico.
Esos son los secretos que oculta la provincia de Corrientes y afloran en estos tiempos en que la gente se anima a hablar.
El mango sigue en pie, las sombras pasean cerca del baño, el difunto suele conversar con sus nietos profesionales hoy, un niño corretea por el patio.