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¿La Iglesia debe ser pragmática?

Por El Litoral

Lunes, 22 de agosto de 2005 a las 21:00
Se define universalmente al pragmatismo como un movimiento filosófico iniciado en los Estados Unidos por C.S. Peirce y W. James –a fines del siglo XIX– que busca las consecuencias prácticas del pensamiento y pone el criterio de verdad en su eficacia y valor para la vida.
Dicho en palabras más sencillas: si algo simple está bien, funciona y sirve, no hay necesidad de complicarlo.
El renunciado obispo de Santiago del Estero, Juan Carlos Maccarone, cumplía a rajatabla con los principales mandamientos de la Iglesia: estar junto a los más débiles, protegerlos de las injusticias y los abusos de los poderosos, y luchar para cambiar las cosas que secularmente estuvieron mal en esa afligida provincia.
Sus enemigos –como ya se dijo en esta columna– no le perdonaron semejante atrevimiento y, conociendo su condición homosexual, trabajaron pacientemente para reclutar a un muchacho de 23 años, quien trabó amistad con él y, en el momento oportuno, facilitó las cosas para que lo filmaran manteniendo relaciones y forzaran su renuncia.
La Iglesia Católica pierde así a una de sus figuras más brillantes y prominentes. Maccarone, al menos para la ley de los hombres, no cometió ningún delito. La gran pregunta es quién, dentro de la Iglesia, está en condiciones de lanzar la primera piedra, teniendo en cuenta que no son pocos los sacerdotes que –humanos al fin– se encuadran en esa condición.
Ojo con esto. Una cosa es un religioso que abusa de un menor y que, como cualquier mortal, sea cura o no, tiene que ir preso, y otra muy distinta, un hombre que consiente una relación íntima con un mayor, conducta que, como bien dice la Constitución Nacional, sólo está reservada al juicio de Dios.
Y cuando se habla de Dios, se habla también del Jehová de los judíos (cuyos rabinos tienen esposa) o del Alá de los musulmanes (a los que se les permite tener hasta cuatro esposas) o del Dios de los protestantes y evangélicos, cuyos ministros también las tienen, sin ahondar demasiado en potenciales condiciones de homosexualidad o no.
Es sin duda un tema delicado, e imposible –en el plano de una discusión teológica– resumirlo en este espacio. Pero la gran pregunta, sincera, y despojada de toda hipocresía es si no ha llegado el momento de comenzar a cambiar las cosas y juzgar a los hombres por sus conductas y responsabilidades, especialmente ante la sociedad, más que por sus actos privados e íntimos.
En los dolorosos años '70, la Iglesia Católica calló frente al execrable procedimiento de las desapariciones y la represión ilegal de la guerrilla. Es más, hay documentos precisos que dan cuenta de la colaboración de prominentes hombres de la jerarquía eclesiástica de entonces en esos actos aberrantes, desprovistos tanto de la justicia terrena como de la del Creador.
Y sin embargo, la guillotina cae sobre un buen hombre que luchó como pocos para dignificar a sus comprovincianos, instándolos a creer y a no tener miedo, y a bajar únicamente la cabeza frente a Dios. Pero lo más indignante es que todo es producto de un chantaje, elaborado hábilmente por manos que no dudaron, en el pasado, en cometer las más aberrantes tropelías en perjuicio de sus semejantes, violando a menudo todos los artículos del Código Penal.
No es un secreto para nadie que en los últimos años la Iglesia Católica ha perdido terreno frente a otras confesiones –algunas de ellas francamente discutibles– que han sabido aprovechar los vacíos dejados a menudo por los pastores de Pedro. Todo esto, necesariamente –como se señaló más arriba– obliga a un replanteo que, más tarde o más temprano, será necesario realizar.

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