La lección de Brasil
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La lección de Brasil

La crisis de representación que enfrentan las democracias actuales está desbordada, no distingue entre países ricos del norte global o nuestra Sudamérica, se extiende por todas partes.
 

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Por Guido Risso (*)
En los últimos cinco años los italianos cambiaron tres primeros ministros; España vivió meses sin presidente del Gobierno ratificado por el Parlamento; Alemania, en el mismo sentido, armó gobierno finalmente en coalición con una antigua fuerza; los franceses siendo testigos de la detención policial de su ex presidente Nicolás Sarkozy. Regresando a Sudamérica, Perú, con un presidente preso, otro prófugo, uno indultado y el último recientemente renunciado por sospechas de corrupción; Ecuador, con su actual vicepresidente en la cárcel; y, más cerca de nosotros, en Uruguay, el vicepresidente presentó la renuncia. A su vez, los principales partidos políticos del mundo atraviesan serias dificultades, las grandes mayorías se alejan de la participación tradicional, al punto que si en aquellos países donde el sufragio es obligatorio dejara de serlo, la participación ciudadana sería tan baja que haría crujir la legitimidad del sistema. Los sucesos de Brasil y lo que ocurre en diversos lugares del mundo nos muestra, más allá de las particularidades de cada caso, cierto agotamiento de las formas de gobierno tradicionales y los mecanismos clásicos de intermediación política.
La democracia liberal no consigue actualizar su inteligencia tecnocrática para desarrollar y conceder a la ciudadanía nuevas fórmulas de participación dentro del sistema político.
Una de las principales consecuencias de esta concepción tecnocrática del poder que quedó a destiempo de la complejidad es que terminó, por falta de canales institucionales eficaces, bloqueando legítimas expresiones democráticas de mayorías y minorías, lo que desató la actual crisis de representatividad global.
Ahora, este desacople entre formas rígidas y complejidad social está desdemocratizando a los sistemas políticos, pues a medida que avanza el malestar social, comienzan a surgir liderazgos de tipo autocráticos, una especie de autoritarismos competitivos en donde los propios pueblos enojados con el sistema les brindan apoyo a quienes les prometen ultranacionalismo y seguridad a cambio de ceder libertades, derechos y garantías.
Su estrategia consiste en construir un muro emocional entre el pueblo y la democracia, exhibiendo a las formas de gobernanza tradicionales como verdaderas construcciones obsoletas, como un conjunto de instituciones corruptas y prácticas políticas que no resuelven problemas concretos.
En definitiva, la sociedad comienza a avanzar por sobre la democracia y origina liderazgos antidemocráticos. Nada que la historia no haya visto antes. Un peligroso viaje al pasado.
Esto nos obliga a pensar formas alternativas de gobernanza y nuevos sistemas deliberativos que aseguren los valores de la democracia y el constitucionalismo, y que ratifiquen la centralidad de la dignidad humana y los derechos fundamentales.
Charles Darwin decía: “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta a los cambios”. Esto vale para los sistemas políticos.

(*) El autor es doctor en Ciencias Jurídicas. Especialista en Constitucionalismo. Profesor de Derecho Constitucional, UBA. Nota publicada en infobae.com

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La lección de Brasil

La crisis de representación que enfrentan las democracias actuales está desbordada, no distingue entre países ricos del norte global o nuestra Sudamérica, se extiende por todas partes.
 

Por Guido Risso (*)
En los últimos cinco años los italianos cambiaron tres primeros ministros; España vivió meses sin presidente del Gobierno ratificado por el Parlamento; Alemania, en el mismo sentido, armó gobierno finalmente en coalición con una antigua fuerza; los franceses siendo testigos de la detención policial de su ex presidente Nicolás Sarkozy. Regresando a Sudamérica, Perú, con un presidente preso, otro prófugo, uno indultado y el último recientemente renunciado por sospechas de corrupción; Ecuador, con su actual vicepresidente en la cárcel; y, más cerca de nosotros, en Uruguay, el vicepresidente presentó la renuncia. A su vez, los principales partidos políticos del mundo atraviesan serias dificultades, las grandes mayorías se alejan de la participación tradicional, al punto que si en aquellos países donde el sufragio es obligatorio dejara de serlo, la participación ciudadana sería tan baja que haría crujir la legitimidad del sistema. Los sucesos de Brasil y lo que ocurre en diversos lugares del mundo nos muestra, más allá de las particularidades de cada caso, cierto agotamiento de las formas de gobierno tradicionales y los mecanismos clásicos de intermediación política.
La democracia liberal no consigue actualizar su inteligencia tecnocrática para desarrollar y conceder a la ciudadanía nuevas fórmulas de participación dentro del sistema político.
Una de las principales consecuencias de esta concepción tecnocrática del poder que quedó a destiempo de la complejidad es que terminó, por falta de canales institucionales eficaces, bloqueando legítimas expresiones democráticas de mayorías y minorías, lo que desató la actual crisis de representatividad global.
Ahora, este desacople entre formas rígidas y complejidad social está desdemocratizando a los sistemas políticos, pues a medida que avanza el malestar social, comienzan a surgir liderazgos de tipo autocráticos, una especie de autoritarismos competitivos en donde los propios pueblos enojados con el sistema les brindan apoyo a quienes les prometen ultranacionalismo y seguridad a cambio de ceder libertades, derechos y garantías.
Su estrategia consiste en construir un muro emocional entre el pueblo y la democracia, exhibiendo a las formas de gobernanza tradicionales como verdaderas construcciones obsoletas, como un conjunto de instituciones corruptas y prácticas políticas que no resuelven problemas concretos.
En definitiva, la sociedad comienza a avanzar por sobre la democracia y origina liderazgos antidemocráticos. Nada que la historia no haya visto antes. Un peligroso viaje al pasado.
Esto nos obliga a pensar formas alternativas de gobernanza y nuevos sistemas deliberativos que aseguren los valores de la democracia y el constitucionalismo, y que ratifiquen la centralidad de la dignidad humana y los derechos fundamentales.
Charles Darwin decía: “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta a los cambios”. Esto vale para los sistemas políticos.

(*) El autor es doctor en Ciencias Jurídicas. Especialista en Constitucionalismo. Profesor de Derecho Constitucional, UBA. Nota publicada en infobae.com