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CORRIENTES:

Los imponderables

Los imponderables son portadores de sorpresas agradables. Y no por cambiarnos destiñen la bondad de darnos otros caminos que creíamos perdidos.

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Son imprevisiones impensadas que su producción pone en movimiento espontáneamente, caminos sorpresivos que muchas veces producen hechos que nos enseñan otras rutas posibles. Por lo tanto lo imprevisible habilita sorpresas impensadas, no programadas. Bajo el cariz de azar no esperado ya que su origen es la espontaneidad, sorpresivamente su salida se torna saludable, revirtiendo nuestras miradas hacia otras soluciones impensadas y positivas. Me han ocurrido. Me ocurren de seguido, por lo tanto no las tomo como negativas sino, que me dejo llevar por ellas porque sus sorpresas me han sido de gran enseñanza.
Un imponderable que me permitió conocer siendo muy chico al locutor de Radio Nacional en vivo, ocurrió en el mes de agosto de 1953, cuando Perón, presidente del país, arribó a Corrientes a bordo del yate presidencial “Tecuara”. Mi ansiedad era conocer al dueño de esa gran voz que identificaba las cadenas nacionales de LRA, la política era lo de menos. Sin embargo, todo duró muy poco, en el momento exacto de comenzar la alocución de Perón, su bienvenida se alteró por un hombre de apellido Moreno que a los gritos le recordaba la agresión cometida a su padre por una tramitación de un tambo de su propiedad. Todo terminó. Las escuelas que estábamos concentradas de hacía ratos. La gente toda comenzó a retirarse mientras el yate presidencial “Tecuara” retomaba su marcha por el Paraná rumbo al Paraguay, donde le serían devueltos los trofeos de guerra ganados en la contienda de la Triple Alianza. Sin embargo, yo había ganado: conocí al locutor de Radio Nacional y tuve muy cerca el preciado micrófono de LRA. Para mí, un feliz imponderable, que me hizo estar muy cerca de esos profesionales, técnicos y periodistas, encargados de producir una emisión radial de cobertura nacional.
El octogenario Ricardo Carozzi, se transformó en mi vida en un imponderable. Un día aparece en uno de mis sacos, un CD con el nombre de Ricardo Carozzi, y una nómina de tangos. Cuando lo escucho, me quedo arrobado por el buen registro tonal y la excelente dicción recitando una cadena de tangos notables, y la pregunta: ¿cómo apareció ese material en mi bolsillo? La repuesta era muy simple, en una de mis transmisiones en vivo que cada fin de semana ponía en el aire por LT7 Radio Corrientes (AM900) y Radio Capital FM (95,3), en directo desde el Café del Sol, el propio Carozzi en su paso por Corrientes lo había depositado en mi saco, porque yo estaba muy ocupado en la conducción en vivo y con público. Era un regalo para los difusores, no dispuesto para la venta abierta, era un berretín, recitar a los grandes que el propio Carozzi había producido, titulando el CD: “Tangos para escuchar”. Estando con el gerente de una reconocida empresa nacional de préstamos, le comento lo que había sucedido y que no sabía cómo conectarlo. Entonces me confiesa que ese señor era oriundo de la ciudad de La Plata, y que actualmente, ya jubilado, se encontraba viviendo en Nueva York. Le pregunté cómo lo sabía, la respuesta era muy clara: Ricardo Carozzi era el dueño justamente de la empresa a la cual yo le hacía publicidad. Mi forma de ser, abierto a la charla, a la amistad espontánea y específicamente a la música, me ha dado imponderables no pensados que sin embargo han llenado mi satisfacción sin preverlas. Haciéndole un reportaje para Canal 13 TV a Ofelia Leiva en el propio escenario del Teatro Vera, llevado a cabo durante un ensayo general ante su inminente debut, la presento como lo que es, la hija de un gran cantor que militaba en la orquesta típica de Fernando Mecca, cuyo seudónimo era Luján Leymar. Por supuesto, tuvimos que abortar la nota, porque Ofelia escuchó la referencia que hacía de su padre, no se esperaba que lo mencionara, era un imponderable que ni yo me lo imaginé, ya que fue grande su emoción hasta las mismas lágrimas, con sus manos nos hizo señas de que cortáramos. Protagonizamos un imponderable que, de pronto el afecto, la ternura a su progenitor, hizo de la emoción una ofrenda insospechada dicha con sinceridad y merecida evocación.
Los imponderables la mayoría de las veces me emparentan con la sensibilidad que nunca previene la emoción, por el contrario lo agiganta. Lo ultradimensiona para bien. Es que los imponderables acercan a las personas, los valora, lejos de ser lo opuesto abrigan recuerdos, agigantan afectos, nos abren el panorama de poder recorrer otras vías posibles y que no siempre son malos.
En la década del 90 había venido después de mucho tiempo de su residencia en París, el gran acordeonista Raúl Barboza. Presentes estuvimos en el Hotel de Turismo donde se alojaba para conversar con él. Yo lo había conocido a Barboza joven ante de residir en París, vestía como un gangster, riguroso traje negro a rayas, peinado a la gomina con pelo más bien corto abierto en el medio. Ante mi requisitoria, me dice el conserje que por el momento no lo podía molestar a Raúl Barboza porque “se encontraba meditando” a la orilla del Paraná. Aguardamos, hasta que de pronto veo a un hombre con facciones parecidas a Barboza, pero diferente en su aspecto: cabello largo y totalmente canoso, camisa blanca, bombacha blanca y alpargatas blancas, un personaje verdaderamente místico. Ahora, me parecía bajo, no el supuestamente alto que quedó dibujado en mí cuando en la década del 50 lo vi en el Club San Martín. Ahora parecía más bien un monje proveniente del Himalaya, con una forma serena de expresarse, totalmente espiritualista. Maestro, le digo, bienvenido a Corrientes. Nos dijeron que no le molestáramos, que estaba meditando a orillas del río Paraná. Y, allí, el imponderable, rompió en una risotada contagiosa. Me respondió: ¡Meditando, no! Simplemente me estaba poniendo en contacto con las cosas que añoraba hace rato, el silencio, la quietud, el murmullo del río, los pájaros en su hábitat, el pescador pescando su cosecha. Se imaginan uds. allá en París, donde todo es muy estruendoso, alto volumen, el sodero trayendo su cargamento, los vendedores ambulantes, los automóviles, una partitura latina con diversos y dispares sonidos. Lo que estaba haciendo, era tributar a esta tierra toda mi admiración a la que quiero y amo. Tierra de mi padre Adolfo y la música que felizmente profeso. Otro imponderable que nos llevó a la amistad, a la palabra, a ese ámbito que se logra con el clima, con la humilde sinceridad. Un momento irrepetible. Memorable. En este caso con un río como testigo.
La tomo como ejemplo final de que los imponderables toman otros caminos para andar juntos en la vida, hago referencia a la gran compositora Eladia Blázquez, y hago mío su gran amor: “Hay un algo / Dentro de nosotros / Bello como el cielo / Grande como el mar /Y ese algo / Vive, vive muy callado / En los corazones / De la humanidad / Hasta que un día / encontramos a ese alguien / Que soñábamos despiertos / Y comprendemos que ese algo / es más infinito que la nada / Porque ese algo es / El amor.” / Los imponderables casi siempre tienen el amor como combustible.

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Los imponderables

Los imponderables son portadores de sorpresas agradables. Y no por cambiarnos destiñen la bondad de darnos otros caminos que creíamos perdidos.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Son imprevisiones impensadas que su producción pone en movimiento espontáneamente, caminos sorpresivos que muchas veces producen hechos que nos enseñan otras rutas posibles. Por lo tanto lo imprevisible habilita sorpresas impensadas, no programadas. Bajo el cariz de azar no esperado ya que su origen es la espontaneidad, sorpresivamente su salida se torna saludable, revirtiendo nuestras miradas hacia otras soluciones impensadas y positivas. Me han ocurrido. Me ocurren de seguido, por lo tanto no las tomo como negativas sino, que me dejo llevar por ellas porque sus sorpresas me han sido de gran enseñanza.
Un imponderable que me permitió conocer siendo muy chico al locutor de Radio Nacional en vivo, ocurrió en el mes de agosto de 1953, cuando Perón, presidente del país, arribó a Corrientes a bordo del yate presidencial “Tecuara”. Mi ansiedad era conocer al dueño de esa gran voz que identificaba las cadenas nacionales de LRA, la política era lo de menos. Sin embargo, todo duró muy poco, en el momento exacto de comenzar la alocución de Perón, su bienvenida se alteró por un hombre de apellido Moreno que a los gritos le recordaba la agresión cometida a su padre por una tramitación de un tambo de su propiedad. Todo terminó. Las escuelas que estábamos concentradas de hacía ratos. La gente toda comenzó a retirarse mientras el yate presidencial “Tecuara” retomaba su marcha por el Paraná rumbo al Paraguay, donde le serían devueltos los trofeos de guerra ganados en la contienda de la Triple Alianza. Sin embargo, yo había ganado: conocí al locutor de Radio Nacional y tuve muy cerca el preciado micrófono de LRA. Para mí, un feliz imponderable, que me hizo estar muy cerca de esos profesionales, técnicos y periodistas, encargados de producir una emisión radial de cobertura nacional.
El octogenario Ricardo Carozzi, se transformó en mi vida en un imponderable. Un día aparece en uno de mis sacos, un CD con el nombre de Ricardo Carozzi, y una nómina de tangos. Cuando lo escucho, me quedo arrobado por el buen registro tonal y la excelente dicción recitando una cadena de tangos notables, y la pregunta: ¿cómo apareció ese material en mi bolsillo? La repuesta era muy simple, en una de mis transmisiones en vivo que cada fin de semana ponía en el aire por LT7 Radio Corrientes (AM900) y Radio Capital FM (95,3), en directo desde el Café del Sol, el propio Carozzi en su paso por Corrientes lo había depositado en mi saco, porque yo estaba muy ocupado en la conducción en vivo y con público. Era un regalo para los difusores, no dispuesto para la venta abierta, era un berretín, recitar a los grandes que el propio Carozzi había producido, titulando el CD: “Tangos para escuchar”. Estando con el gerente de una reconocida empresa nacional de préstamos, le comento lo que había sucedido y que no sabía cómo conectarlo. Entonces me confiesa que ese señor era oriundo de la ciudad de La Plata, y que actualmente, ya jubilado, se encontraba viviendo en Nueva York. Le pregunté cómo lo sabía, la respuesta era muy clara: Ricardo Carozzi era el dueño justamente de la empresa a la cual yo le hacía publicidad. Mi forma de ser, abierto a la charla, a la amistad espontánea y específicamente a la música, me ha dado imponderables no pensados que sin embargo han llenado mi satisfacción sin preverlas. Haciéndole un reportaje para Canal 13 TV a Ofelia Leiva en el propio escenario del Teatro Vera, llevado a cabo durante un ensayo general ante su inminente debut, la presento como lo que es, la hija de un gran cantor que militaba en la orquesta típica de Fernando Mecca, cuyo seudónimo era Luján Leymar. Por supuesto, tuvimos que abortar la nota, porque Ofelia escuchó la referencia que hacía de su padre, no se esperaba que lo mencionara, era un imponderable que ni yo me lo imaginé, ya que fue grande su emoción hasta las mismas lágrimas, con sus manos nos hizo señas de que cortáramos. Protagonizamos un imponderable que, de pronto el afecto, la ternura a su progenitor, hizo de la emoción una ofrenda insospechada dicha con sinceridad y merecida evocación.
Los imponderables la mayoría de las veces me emparentan con la sensibilidad que nunca previene la emoción, por el contrario lo agiganta. Lo ultradimensiona para bien. Es que los imponderables acercan a las personas, los valora, lejos de ser lo opuesto abrigan recuerdos, agigantan afectos, nos abren el panorama de poder recorrer otras vías posibles y que no siempre son malos.
En la década del 90 había venido después de mucho tiempo de su residencia en París, el gran acordeonista Raúl Barboza. Presentes estuvimos en el Hotel de Turismo donde se alojaba para conversar con él. Yo lo había conocido a Barboza joven ante de residir en París, vestía como un gangster, riguroso traje negro a rayas, peinado a la gomina con pelo más bien corto abierto en el medio. Ante mi requisitoria, me dice el conserje que por el momento no lo podía molestar a Raúl Barboza porque “se encontraba meditando” a la orilla del Paraná. Aguardamos, hasta que de pronto veo a un hombre con facciones parecidas a Barboza, pero diferente en su aspecto: cabello largo y totalmente canoso, camisa blanca, bombacha blanca y alpargatas blancas, un personaje verdaderamente místico. Ahora, me parecía bajo, no el supuestamente alto que quedó dibujado en mí cuando en la década del 50 lo vi en el Club San Martín. Ahora parecía más bien un monje proveniente del Himalaya, con una forma serena de expresarse, totalmente espiritualista. Maestro, le digo, bienvenido a Corrientes. Nos dijeron que no le molestáramos, que estaba meditando a orillas del río Paraná. Y, allí, el imponderable, rompió en una risotada contagiosa. Me respondió: ¡Meditando, no! Simplemente me estaba poniendo en contacto con las cosas que añoraba hace rato, el silencio, la quietud, el murmullo del río, los pájaros en su hábitat, el pescador pescando su cosecha. Se imaginan uds. allá en París, donde todo es muy estruendoso, alto volumen, el sodero trayendo su cargamento, los vendedores ambulantes, los automóviles, una partitura latina con diversos y dispares sonidos. Lo que estaba haciendo, era tributar a esta tierra toda mi admiración a la que quiero y amo. Tierra de mi padre Adolfo y la música que felizmente profeso. Otro imponderable que nos llevó a la amistad, a la palabra, a ese ámbito que se logra con el clima, con la humilde sinceridad. Un momento irrepetible. Memorable. En este caso con un río como testigo.
La tomo como ejemplo final de que los imponderables toman otros caminos para andar juntos en la vida, hago referencia a la gran compositora Eladia Blázquez, y hago mío su gran amor: “Hay un algo / Dentro de nosotros / Bello como el cielo / Grande como el mar /Y ese algo / Vive, vive muy callado / En los corazones / De la humanidad / Hasta que un día / encontramos a ese alguien / Que soñábamos despiertos / Y comprendemos que ese algo / es más infinito que la nada / Porque ese algo es / El amor.” / Los imponderables casi siempre tienen el amor como combustible.