Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral
Hace apenas unas semanas Raquel volvió a abrir la tranquera de Atalaya y recorrió el camino de eucaliptos que lleva al casco de la estancia de su familia, cerca de Berón de Astada, al norte de Corrientes. Inmediatamente al costado del sendero, volvió a ver la pista de aterrizaje, un espacio grande, llano y vacío donde aprendió a maniobrar el Citroën 3cv de la abuela Marina.
A partir de este momento cada milímetro caminado disparó un recuerdo.
Paso a paso y con la sonrisa de siempre volvió a los lugares de su infancia, el de las vacaciones de verano y de invierno porque Atalaya es para ella el espacio natural donde se reveló la vida y donde volvió a escuchar los acentos familiares.
La casa vieja de la estancia guarda en sus rincones la sensación del sopor de los días calurosos de enero cuando jugar por las galerías en patas era una increíble experiencia en las siestas correntinas del paraje, y “si habían baldeado la felicidad era completa” siempre bajo la mirada atenta de Raquel madre que, tirada en el piso para amortiguar los calores, leía algún libro de su interés.
En la sala larga del casco, junto a las provistas de la abuela, estaba el piano y en esa misma habitación se encontraban las fotos de algunos de los antepasados que “se empecinaban en no sonreírle al fotógrafo”.
Algunas noches después del trabajo, Marcos su papá le daba duro y parejo a las teclas de donde surgía alguna melodía de jazz en la que se destacaba su versión de Blue Moo, mientras Raquel se ponía al cuello algún trozo de tela y bailoteaba algunos pasos ante su mirada que no paraba de reír cariñosamente mientras Pelo el milenario y fiel perro dormía debajo de uno de los muebles en el comedor.Así, al galope llegaron los recuerdos impregnando el corazón de nostalgia, no de tristeza porque Raquel no es triste.
Entre las cosas que nunca se olvida están, sin dudas las idas al almacén de Tres Bocas donde la mirada infantil se posaba en el entrevero de géneros azules, verdes, blancos o floreados sesentosos, junto a las alpargatas y los caramelos.
Entrar al almacén, creado por su abuelo en la arrocera Pelayo, era siempre una sucesión de sorpresas, donde convivían amablemente los cajones grandes con tapas rebatibles de pan con los estantes donde había azúcar, fideos y arroz. La visita a el lugar era retribuida, a veces con un paquete de pastillas Volpis que endulzaba el regreso a la estancia.
El administrador de la arrocera era Don Burke que se empeñaba en tomarle las medidas a los chicos en el marco de la puerta de su oficina donde registraba los progresos de cada uno, aunque los de Raquel nunca fue tan alto. Resulta difícil retener en la memoria los olores sin que el tiempo los destiña lentamente, pero a pesar de esto aún regresan algunos aromas como la leche recién ordeñada (que odiaba tomarla, pero no olerla), el olor a semitin cuando entraba al galpón donde estaban los Heresford Mocho y Guampa, y Husar, un elegante pura sangre que descompaginaba el orden de los criollos del lugar.
Raquel me cuenta que aún oye los terneros llamando a sus mamás durante el destete o el aleteo y el siseo de los gansos en señal de alerta, cuando alguien se acercaba demasiado a los nidos al lado de la laguna.
Aunque ahora vive lejos, cuando cierra los ojos vuelve a ver las patas de las ranas flotando en el tanque australiano o la inconcebible cantidad de cascarudos amontonados al pie de algún farol en épocas de verano.
“Mis retinas todavía conservan las imágenes de la reunión de sapos en la galería que da al Este cuando la luz se encendía y ellos iban llegando a su gran cena. Mis manos sostienen todavía la suave sensación de la lana recién esquilada en el galpón de ovejas, o la cola de un tatú mulita escurridizo que se empecinaba en no convertirse en mi mascota o la tibieza de un huevo recién recolectado del gallinero de abuela Marina” me dice horas antes de volver a su casa en Taos, Nueva México, adonde llegó hace 16 años junto a sus 3 hijos y donde vive junto a su esposo Mark Cowan.
En la entrevista con El Litoral nos cuenta cómo pasó de ver y disfrutar la naturaleza a tratar de atrapar fotográficamente las arenas siempre iguales y distintas del desierto o en los rostros de los migrantes que acarrean sus raíces mejicanas hasta el sur de los Estados Unidos.
—¿Dónde vivís y por qué?
—En un pueblo llamado Taos, al noreste de Nuevo México, a una hora al sur de Colorado. Es una zona muy rica culturalmente. Conocí un gringo, me casé y me mudé para allá con mis tres hijos que siguieron la locura de la madre.
—¿Qué pasa en ese lugar?
—Ese lugar atrajo muchísima gente desde la época de la conquista, es uno de los asentamientos más al norte de la colonia española; donde hay una fusión muy grande, una mezcla de culturas que lo hace interesante. Hay desde Anasazi (la raza de nativo americanos de esa zona) a hispanos que conquistaron esa zona y se fueron mezclando con otras culturas. Los anglos actuales llegaron por la tranquilidad y lo idílico del lugar pero más que nada por la luz, los artistas fueron atraídos porque la luz era fantástica para pintar. El nivel de inspiración que te da el lugar es alto y la fusión de culturas lo hizo muy rico.
—¿Cómo comenzaste a hacer fotografía?
—Siempre por algún motivo, alguna cámara andaba dando vueltas en mis manos y sacaba fotos a algún perro, una planta o a mi familia. Siempre me interesó y poco a poco mis cámaras fueron mejorando y empecé a ampliar mi visión hasta que, en época de la pandemia empecé a tomar clases de fotografía. Lo mío era súper amateur, tenía una buena cámara, pero sacaba en automático, osea no sabía nada de la ruedita que tienen arriba, pensé que era un elemento decorativo, porque odio leer los manuales. También sacaba fotos con celular y después me compré una cámara cuando empecé a tomar clases a distancia con Joaquín Meabe en épocas de pandemia.
—¿Se puede hacer cursos a distancia?
—Yo pude porque era Joaquín. Él tenía el tiempo porque estaba encerrado en su casa, yo tenía el tiempo porque estaba encerrada en la mía y virtualmente me enseñó todas las bondades y capacidades que tiene una buena máquina. Puedo decir que de todo el conocimiento de la máquina solo conozco el 60%, por lo tanto, todavía tengo que inspeccionar bastante, pero eso me sirvió para profundizar y amar la actividad, a interiorizarme más y a meterme más en lo que hago ahora.
—Vi dos series tuyas: la de los mexicanos migrantes y las abstracciones naturales. ¿Cuál surgió primero?
—Surgió primero la de las abstracciones, las arenas.
—¿Por qué?
—Porque en mi vida y parte de mi trabajo me lo permite. Paso aproximadamente entre tres y cuatro meses en el golfo de México, en Texas, en una isla que se llama la isla de South Padre.
Con mi marido llevamos allí clientes de pesca con mosca, y me encargo de atender las cuestiones de alojamiento. Una vez que ellos parten a pescar tengo todo el día para mí. Recorrí y recorro mucho, camino la playa y las dunas de esa isla muchas veces y así empecé a observar patrones en la arena con mi celular, me interesó ver detenidamente estas maravillas que la naturaleza me estaba ofreciendo paso a paso, todo estaba frente a mí. A partir de ahí, fotografío e imprimo. Noté que me gustaban cómo quedaban y me di cuenta de que había un potencial y por eso recurrí a una cámara mejor.
Cuando fui a imprimir la primera fotografía que saqué con el celular, el impresor lo hizo con papel de mucha calidad, me dijo “esto que estás haciendo con la cámara de tu teléfono, ahora hacelo con una cámara en serio”. Por eso adquirí una cámara más profesional, ahí fue cuando decidí estudiar con Joaquín y empecé a sacar las fotos recorriendo horas y horas, caminando en esas dunas solo acompañada de mi perro, encontrando las abstracciones que son efímeras porque pueden estar a la mañana, pero si voy a la tarde y sopla el viento o sube una marea ya no están iguales y siento que perdí la oportunidad.
—Lo maravilloso está ahí delante tuyo, pero al rato desaparece o adquiere otra forma.
—Si, está ahí. Lo veo porque camino constantemente, miro y hago un trabajo de meditación. Mi atención está constantemente mirando al piso viendo que puedo encontrar detrás de esa duna, qué puedo encontrar en la orilla y entonces es un doble regalo que recibo. Me calma mucho la mente, hago un ejercicio físico increíble porque camino horas y después tengo una posibilidad de llevarlo conmigo y poder plasmar esa foto en mi computadora. Allí vuelvo a mirar y sorprenderme con lo que la naturaleza me ofreció ese día.
—Este vínculo con la naturaleza, me parece que viene de lejos, porque en Corrientes tuviste esa relación con el campo. ¿Cambió ahora? Porque allá estás en un desierto, acá tenías ríos. ¿Cómo cambió?
—El vínculo creo que siempre existió, obviamente viví en el campo hasta muy pequeña, porque después nos tuvimos que mudar a Corrientes, pero siempre inconscientemente, me llamaron la atención un árbol, las hojas, las plantas o un pájaro. Ahora donde vivo hay montañas y mi casa está en comunión con la naturaleza constantemente. La puerta de mi dormitorio da a un espejo de agua que creamos artificialmente para que los coyotes o ciervos vengan a tomar agua y los puedo ver día a día. Entonces, mi comunión con la naturaleza creció de manera exponencial de una manera increíble.
—¿Tus fotos del desierto están intervenidas?
—Algunas sí están intervenidas y algunas no necesitan porque la naturaleza se encargó de hacer el arte, y yo estaba ahí con la cámara e hice el clic.
—¿Y están en blanco de negro o en color?
—Algunas arenas están con el color natural y la luz natural, algunas en blanco y negro, y algunas ameritan una intervención especial para resaltar el color de los minerales que a veces acompañan a las arenas.
—Supongo que te maravilla la complejidad que tiene ese pedacito de arena donde cada milímetro es una sorpresa. ¿Cómo se atrapa todo eso? ¿A qué hora?
—A diferentes horas salgo a hacer las tomas, aunque a veces no puedo salir porque hay mucho viento y trato de no perjudicar mi equipo. Muchas veces salgo igual, pero sin la cámara y después me arrepiento de no llevarla porque me doy cuenta de que perdí una oportunidad, pero digo: “Mañana será otro día”. Camino temprano a la mañana, pero también a última hora, veo que la luz cae diferente en cada duna y eso hace que pueda tener una diferente profundidad a pesar de que es todo plano y en esos momentos tengo la una sensación de tridimensionalidad.
—¿Cómo comenzó la segunda serie fotografías a migrantes?
—Esto fue un proyecto de relato fotográfico con Joaquín y un grupo de compañeros de fotografía. En ese momento estaba en Texas, justamente en ese lugar donde llevamos a nuestros clientes en límite norte de México, donde noté que hay mucha interacción cultural. Muchos mexicanos que quizás van por el día y después vuelven a su casa u otros que se instalan ahí ilegalmente. Como tengo la oportunidad y el beneficio de hablar el idioma, empecé a investigar y ver a distintos personajes interesantes, algunos estaban siendo beneficiados por el trabajo que cobraban en Estados Unidos, y sin embargo nunca perdieron su cultura, ni la raíz, ni la tradición. Me focalicé en eso, poner la mirada en lo que llevan con tanto orgullo a otro país.
—¿Y qué llevaban?
—La fotografía que más me gusta es la de un grupo de trabajadores que estaba en una obra. Todo comenzó porque había un auto blanco y en la antena de radio había una banderita mexicana; iba a sacar la foto a ese auto con la banderita, pero de pronto veo a un grupo de trabajadores; me acerco y noto que uno de ellos tenía ese pañuelo en el cuello para cubrirse del sol. Le dije: “Quiero pedir permiso para sacar fotos a los autos, pero puedo también sacarte una foto con la bandera que tenes en el cuello”; entonces uno de los amigos le dice: “Levantate la camisa y mostrale lo que tenés en la panza”. Se levanta la prenda y tenía un tatuaje que decía “México”. Esto pasaba justo durante el día de los muertos, entonces fui al cementerio local, en tierra mexicana donde siguen con la tradición de recordar sus muertos, de honrarlos llevando sus ofrendas a pesar de que algunos ya son cuarta o quinta generación en los Estados Unidos.
—El tema de los días de los muertos es potente. ¿Como lo viste?
—Es potente pero no cómo se ven las películas como “Coco”, aclaro. Tuve la oportunidad de estar en dos cementerios en la zona, era uno muy pequeñito al lado de la isla donde estoy y otro en una ciudad un poquito más grande llamada Brownsville que fui a la noche, porque pensé que me iba a encontrar con las velas y los ofrendas. No me encontré con nada de eso, pero sí me encontré con las personas que se disfrazan como las catrinas que van de bar en bar, de restaurant en restaurant. Tengo fotos de eso, y lo vivo como el gran regalo que me permitieron.