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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Puente versus tubos, o el llanto de la imprevisión

Por José Luis Zampa

No hay ciudad que supere incólume un cataclismo como el que ayer sufrió Corrientes, pero sí hay explicaciones para tales fenómenos. Hace muchos años, cuando era niño, un tío oriundo de San Cosme que en sus años mozos fue cabo de policía rememoraba durante las charlas de sobremesa que en sus momentos de esparcimiento solía pescar con su novia en el arroyo Poncho Verde.

Ya octogenario, después de unas copas, preguntaba cuál había sido la suerte de la ribera de sus amores juveniles. “Lo entubaron papá”, respondía mi tío Alberto, su hijo mayor. “¿Entubaron? ¿Lo taparon?”, preguntaba el tío Juan en sus añoranzas. “Sí papá, hicieron una avenida que tiene el mismo nombre”, respondía el hijo sin notar que hacía añicos el ánimo de su nostálgico padre.

Los entubamientos y las galerías subterráneas se convirtieron durante el siglo XX en las soluciones tradicionales para enfrentar las inundaciones, pero el cambio climático demostró que no son suficientes para absorber un caudal estratosférico, superior a los 200 milímetros en la hora, como el que ayer castigó a la ciudad más densamente poblada de la provincia.

La catarsis popular hizo foco en las figuras del intendente y del gobernador, pero sobre ellos recaen solamente responsabilidades de coyuntura. Obligaciones que atendieron en su momento con las herramientas correctas. El Plan Hídrico no fue un fracaso sino todo lo contrario. Fue (y sigue siendo) un exitoso procedimiento de limpieza, recuperación y reconstrucción de desagües de la ciudad.

¿Sin Plan Hídrico esta catástrofe hubiera sido peor? A no dudarlo. Como ejemplo se pueden comparar las dos grandes inundaciones de Resistencia, ciudad vecina que por su demografía es equivalente a Corrientes. Veamos: en 1966 una lluvia récord combinada con la eliminación negligente de reservorios naturales de agua (la vecina capital chaqueña tenía lagunas y riachos que fueron taponados en nombre de la urbanización) hizo que el agua llegara a la plaza 25 de Mayo. En 1982, un fenómeno similar provocó efectos devastadores, pero las obras hidráulicas desarrolladas hasta ese momento morigeraron el impacto del vendaval, que solamente anegó barrios periféricos y zonas costeras como Puerto Barranqueras.

Sin embargo, tanto Corrientes como Resistencia compartieron estrategias. En vez de puentes, pusieron tubos. En vez de conservar la vegetación autóctona en los espacios verdes, la erradicaron para construir barrios tipo FONAVI sin preservar pulmones de clorofila. Y lo que es peor: en los años 90, cuando las privatizaciones menemistas produjeron una ola de despidos indiscriminada a lo largo y a lo ancho del país, ambas ciudades (con sus gobiernos de ese entonces) decidieron legalizar los asentamientos precarios en espacios que eran inundables.

En Corrientes, el caso más paradigmático es el barrio La Olla, el más afectado en el diluvio de ayer. ¿Se han preguntado por qué se llama así, y por qué el cordón urbano que rodea ese socavón natural lleva el nombre de Laguna Seca? Es obvio: antiguamente esos puntos neurálgicos de la ciudad fundada hace 5 siglos por Juan de Vera fungían como esponjas que absorbían el agua caída. La contenían y, también, la devolvían al río mediante conexiones ancestrales como eran los arroyos Limita o Poncho Verde.

La geografía de la ciudad fue cambiando durante los últimos 100 años. Los sucesivos administradores municipales no se detuvieron a estudiar debidamente el comportamiento cíclico de las aguas durante los solsticios de verano, cuyas temperaturas se elevaron por fenómenos relacionados con el calentamiento global, pero también debido a la deforestación de vastas superficies boscosas del Litoral argentino.

La soja reemplazó al algodón en el Chaco y los dólares que produjo para el país justificaron el corrimiento de las fronteras agrícolas al punto de que Salta y Jujuy han perdido su mata originaria para suplirla por surcos infinitos del poroto que nadie come pero todos siembran para vender la cosecha a Europa, a cambio de preciadas divisas.

Algunas ciudades del mundo tomaron otros caminos y padecen menos o nulas inundaciones. Aquí en la Argentina, Córdoba con su calicanto es un ejemplo. Ese canal que surca toda la capital mediterránea comenzó a construirse en 1671 para paliar las inundaciones. Por suerte, a nadie se le ocurrió taparlo con hormigón, porque hoy la cañada es un atractivo turístico que además sirve para evacuar las masas líquidas al río Suquía a medida que va lloviendo.

Bastante más lejos, en la península de Escandinavia, Copenaghe es conocida como la ciudad de los puentes. Surcada por decenas de arroyos, la capital danesa construyó a lo largo de los últimos lustros decenas de puentes que dividen automóviles de bicicletas. Hay puentes para vehículos motorizados y otros exclusivos para ciclistas. Y gracias a esa facilidad, actualmente el 50 de la población se mueve en bicicleta, mientras que el otro 50 por ciento se reparte en trenes, buses y autos particulares.

Mi abuelo solía decir que el hombre puede usar el agua como aliada o combatirla. A mediados del siglo XX, inició un emprendimiento hortícola basado en regadíos que se nutrían del viejo río Arazá, en el sur de la desaparecida Colonia Rural El Palmar, en las afueras de Resistencia. Aliado del agua, se valió de aquel sustento líquido para edificar un emporio de lechuga, acelga y pimientos (cultivo que llegó a exportar en calidad de primicia).

Pero el monstruo de cemento pudo más y el milenario Arazá terminó muriendo a principios de los años 90, tapado por movimientos de suelo para construir complejos habitacionales donde no correspondía y, a la vez, sepultado por los desperdicios que arrojaban indiscriminadamente los habitantes, sin distingo de condición social.

Su relato suele presentarse nítido y contestatario en mi memoria, toda vez que, desde una motito de 110 o desde una Toyota Hilux, observo que una mano indolente emerge para tirar un envoltorio a la vía pública, en cualquier esquina de Corrientes. Esa basura tiene un destino único que son los sumideros de la ciudad, taponados cotidianamente por la incultura de miles de vecinos que ayer lloraban sobre su propia mugre.

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